lunes, 18 de septiembre de 2017

It (2017)

Pocos géneros cinematográficos son tan complejos en su concepción y ejecución como el terror. La idea de generar un producto de consumo masivo que consiga engendrar horror genuino en un espectador que desayuna, come y cena violencia se antoja con el paso de los años cada vez más difícil, en parte por el bombardeo mediático de las atrocidades cotidianas, y en parte porque el horror no instintivo se genera a partir de una miríada de códigos sutiles forjados de forma íntima en la psique de cada espectador. Es por lo anterior que el común denominador del cine de terror contemporáneo suelen ser los sustos instintivos: esos que nos hacen saltar con ruidos fortísimos y súbitas apariciones de engendros demoníacos, mientras que cada vez menos realizadores deciden embarcarse en la tarea de abordar el terror que subyace en las capas más profundas de nuestros códigos morales: ese horror que parte de la estructuración de lo absurdo y del perturbador sentimiento de que algo está terriblemente fuera de lugar.

It, la nueva adaptación de la celebrada novela homónima de Stephen King, tenía la ardua tarea de asustar a las generaciones más jóvenes, pero sobre todo de venderle una renovada mitología a todos aquellos que crecieron con el culto a la miniserie noventera protagonizada por Tim Curry. La estrategia (brillante desde el punto de vista mercadotécnico) fue generar un producto que sacrificara el horror puro y duro de la novela en pos de explotar la potente nostalgia de los consumidores mayores de 35 años por su infancia ochentera –nostalgia que ha probado ser profundamente redituable en los últimos años con productos como Stranger Things o la interminable saga de Star Wars– y al mismo tiempo complacer a las audiencias más jóvenes con un villano de estilización impecable, ensamblado en torno a virtuosos momentos de pirotecnia visual.

Es con esa filosofía que Andy Muschietti construye un filme cuyo atributo más sobresaliente es la sagaz atenuación del horror a través de la nostalgia, consiguiendo un desbordante éxito de taquilla gracias a la impecable reproducción de los códigos que hicieron grandes a las películas de aventura infantiles de los años ochenta como The Goonies y Stand by Me (cosa que no pudo hacer J.J. Abrams con su Super 8), y a la adaptación de dichos códigos a un entorno "adulto" que le impone al espectador una sensación de respeto, sin llegar a incomodarlo con momentos de horror desbordado. La fórmula es perfecta.

Por si fuera poco, el elenco del filme está ensamblado a partir de un equipo inmejorable de actores infantiles, donde los arquetipos clásicos del club adolescente –el bromista, el cobarde, el valiente, la guapa brillante, etc– se ejecutan desde la más entrañable naturalidad, y se muestran en su conjunto como la perfecta contraparte del diabólico antagonista, cuya capacidad para alimentarse de los miedos infantiles lo convierte en la excusa perfecta para elaborar una interesante exploración visual de lo grotesco.

A pesar de que It es una película fuertemente orientada a la manipulación descarada de la nostalgia, que por momentos se desbarranca en alguno que otro cliché, cuenta con dos aciertos innegables que la convierten en una cinta por demás interesante. El primero es su atinada y descarnada representación del mundo adulto que incidentalmente rodea a los protagonistas del filme: un mundo que se reconoce incapaz de comprender la transición de la infancia a la adolescencia a pesar de haberla vivido en carne propia, prefiriendo cerrar los ojos ante la profunda violencia asociada a los ritos de paso hacia la adultez –véase la estupenda secuencia del globo dentro del coche–.

El segundo gran acierto del filme es sin duda alguna su bellísima interpretación visual de lo grotesco, evidenciada en tres momentos verdaderamente sobresalientes: la expresión corporal del malvado payaso –interpretado por el facialmente virtuoso Bill Skarsgård– que llega a su momento más hermoso en la secuencia del desdoblamiento de la alacena; la construcción visual de ese castillo subterráneo sacado de un infernal cuento de hadas, con los cadáveres flotando en una delicadísima danza macabra; y finalmente la hipnótica secuencia del proyector, que se alza como el punto estético más elevado del metraje, gracias a esa transición cuadro por cuadro de un horror pausado que se aleja del salto instintivo para anclarse en lo maravillosamente perturbador.

En la crítica de cine suele utilizarse el término "formulaico" como un adjetivo negativo, sin embargo It es un gran ejemplo de que las fórmulas, cuando se usan con inteligencia, pueden engendrar frankensteins hermosos.

lunes, 11 de septiembre de 2017

Ak-Nyeo (The Villainess) (2017)

Mientras Hollywood actúa cada vez más como el abuelo que repite a sus nietos la misma anécdota una y otra vez hasta el hartazgo, en otros países han comenzado ya a conquistar espacios que el gigante fílmico occidental ha comenzado a descuidar. Es tal vez el cine duro de acción uno de los últimos bastiones que el cine estadounidense ha intentado defender como una de sus insignias, sin embargo, la apuesta que los grandes estudios han hecho en torno a franquicias multimillonarias predefinidas con una década de anticipación, es una jugada que corta de tajo cualquier intento de innovación narrativa y le asegura al público una década de los mismos superhéroes rancios que poco o nada tienen que decirnos ya.

Es ahí donde entran los nuevos esfuerzos de países como Rusia, India y Corea del Sur, que con producciones locales han intentado atacar de lleno al monopolio hegemónico del cine de acción, fracasando en la gran mayoría de sus intentos, pero exportando cada vez más (y con mayor éxito en taquilla) películas cargadas de una inusitada fuerza visual, y de una mitología cuya frescura busca contraponerse a los parámetros clásicos del cine de entretenimiento masivo.

The Villainess –uno de los productos de acción más sorprendentes que me ha tocado ver en lo que va de la década– es un claro ejemplo de lo anterior.

Dirigida por el surcoreano Byung-gil Jung, el filme sigue las andanzas de una mujer que en el camino para encontrar a los asesinos de su padre se convierte en una perfecta arma de matar al servicio de una maraña de intereses oscuros. No hace falta mas que ver el espectacular plano secuencia inicial del filme, construido al más puro estilo visual de la fallida pero interesante Hardcore Henry, para percibir que estamos frente a un virtuoso producto de entretenimiento. Sin embargo, el gran acierto de Byung-gil consiste en manufacturar una cinta que dosifica su pirotecnia visual en los momentos adecuados, y construye en los interludios una historia de retruécanos, traiciones, misterios y giros argumentales, que le permiten al filme mantener un estupendo ritmo narrativo y evitar ese embotamiento sensorial tan común en el cine de acción hollywoodense, que termina por aburrir al espectador tras la milésima explosión cataclísmica.

Hipnóticas resultan las coreografías de pelea cuerpo a cuerpo que adornan esta hiperviolenta parábola sobre la indisoluble relación entre amor y traición que, a pesar de dejar algunos cabos sueltos, consigue llegar a buen puerto y regalare al público dos grandes personajes: la femme fatale enamoradiza interpretada por Ok-bin Kim, y su misterioso protector/maestro/esposo, interpretado por una de las caras más interesantes del cine coreano contemporáneo: Ha-kyun Shin.

Vertiginosa y propositiva de principio a fin, The Villainess es una película que exhibe la incompetencia de los esfuerzos hollywoodenses de acción de este año, y cuyo relativo éxito fuera de Corea implica un paso más para la visibilización de estos nuevos panoramas fílmicos en las carteleras internacionales. No todo es MARVEL y DC. No todo está perdido.

martes, 5 de septiembre de 2017

Atomic Blonde (2017)

No hace falta mas que ver Aliens, Terminator 2 o Raiders of the Lost Ark para concluir que acción no es sinónimo de estupidez, sin embargo, durante la última década (o tal vez más) el "cine de acción" hollywoodense ha sido el estandarte por excelencia de la torpeza argumental. Un cine que prefiere invertir su presupuesto en ejércitos de animadores que pasan meses retocando el brillo de un ojo, el vaivén de un cabello al viento, o el fuego de un millar de explosiones, en lugar de reflexionar en torno a nuevos caminos narrativos o historias medianamente interesantes. La perfección técnica ha quedado al servicio de la mediocridad narrativa.

Después de haber evitado con éxito Suicide Squad, Batman v. Superman, Iron Man, y demás productos superheróicos, esgrimiendo la filosofía zen de alejarme de filmes que a todas luces percibo que me generarán enfado, volví a caer en las garras del cine de acción hollywoodense con Atomic Blonde, una película que además de su atractivo reparto (Charlize Theron, James McAvoy, John Goodman, y el brillante Toby Jones) cuenta con la dirección de David Leitch (experto stuntman y diseñador de coreografías) y finalmente con lo que parecía ser una trama de espionaje en plena guerra fría. Los ingredientes se antojaban, y como corderito inocente volví a caer.

La película, ubicada días antes de la caída del muro de Berlín, narra las peripecias de una espía que debe recuperar un reloj que en su interior guarda los nombres de todos los agentes secretos infiltrados en territorio alemán. ¡De revelarse la información la guerra fría podría prolongarse otros diez años! Exclama uno de los personajes para que nos quede claro de qué va la trama. Órale pues.

Es mediante esa excusa que Leitch nos embarca en un viaje lineal de dos horas, repleto de patadas y karatazos, que a pesar de presumir la encomiable anécdota de que Charlize Theron actuó sus propias escenas de acción sin el uso de dobles, termina siendo un espectáculo vacío que, por si fuera poco, cae en el peor pecado que puede cometerse en una cinta de espías: ser predecible.

Un elenco brillante se desperdicia en escenas carentes de interés dramático, que redundan en montajes de acción cuyo único punto a favor es que recurren lo menos posible a efectos especiales, demandando sin embargo una maestría en artes marciales que Theron no logra alcanzar, y que la pone en evidencia con movimientos lentos y demasiado calculados a lo largo de todo el metraje. Vamos, en cuestión de secuencias de acción cuerpo a cuerpo Atomic Blonde está a años luz de cintas como The Raid o Enter the Dragon.

Tal vez lo único verdaderamente disfrutable del filme sea su banda sonora, que funciona como un gran mixtape con Depeche Mode, David Bowie y The Clash en sus puntos más memorables. Sin embargo, las canciones no potencian las secuencias que musicalizan, quedándose el compendio de canciones como poco más que un agradable mixtape.

No desastroza pero inconsecuente, Atomic Blonde es un intento fallido de blockbuster que olvidaremos por completo en un mes (o tal vez menos).

martes, 29 de agosto de 2017

Alien: Covenant (2017)

I didn't steal Alien from anybody.
I stole it from everybody.
-Dan O'Bannon

¿Qué se requiere para producir un fenómeno cultural pop? o en pocas palabras, para concebir una obra cuya principal característica sea la de conquistar audiencias décadas (o siglos) después de haber sido creada. En cierto sentido, y forzando un poco el concepto, las pinturas de Rembrandt podrían ser consideradas como fortísimos fenómenos pop, cuya potencia visual sigue maravillando a hombres nacidos cuatro siglos después. Pero ¿qué ha generado el hombre moderno que tenga el potencial pop de Rembrandt? El juicio, que en este momento resulta imposible y que ejercerán los hombres del año 2400, nos deja con la gran limitante de imaginar con nula objetividad lo que creemos que ha trascendido a lo largo de los siglos XX y XXI.

Hablando de cine podemos pensar en Kubrick, Kurosawa, Wilder, Fellini, Bergman, y en un puñado de directores que creemos sobrevivirán impolutos hasta el fin de los tiempos (aunque en 1000 años a lo mejor no se recuerda a ninguno), y en algunas sagas cinematográficas cuyo impacto cultural ha superado a sus creadores para tomar vida propia. Y claro, nos guste o no, la saga Alien es una de ellas.

Ese depurado compendio de ideas prestadas, reutilizadas y adaptadas que Dan O'Bannon transformó en uno de los monstruos más fascinantes y grotescos que ha parido el cine, se ha convertido con el paso del tiempo en una saga cuyo núcleo principal está formado por seis largometrajes, pero que ha permeado a través de ramificaciones referenciales a una cantidad descomunal de filmes, libros y productos de ciencia ficción en general.

La noticia de que Ridley Scott sería el encargado de revivir la saga después de la fallida incursión directorial de Jean-Pierre Jeunet en Alien: Resurrection emocionó a más de uno (me incluyo), bajo la premisa de que la mente que coordinó aquella brillante cinta de 1979 era la única que podía colocarnos de nuevo en el epicentro de ese emocionante y grotesco terror espacial. Luego llegó Prometheus y dudamos. Ahora llega Covenant y lloramos.

La premisa/promesa de Alien: Covenant parecía sugerir que, una vez explicada en Prometheus toda la nueva mitología del universo Alien, con sus ingenieros, sus protoaliens y sus paupérrimos intentos de conceptualizar el origen de la vida a través de un misticismo francamente rancio, en Covenant finalmente podríamos disfrutar un thriller sin tantas "ambiciones", con un trasfondo narrativo que en el trailer se antojaba como una especie de remake de la primera cinta de la saga. Volví a alegrarme, imaginando que Scott al menos podría hacer una buena copia de lo que hizo más de tres décadas atrás. Volví a equivocarme.

Covenant, que al igual que Prometheus lleva el nombre de la nave que conduce a sus tripulantes al matadero, repite la misma estructura narrativa de dicha precuela:
1. Nave cargada de incautos busca planeta para establecer una colonia.
2. Incautos llegan a planeta capaz de sustentar vida.
3. Aparecen bichos malos.
4. Forzados detalles pseudofilosóficos rellenan el vacío argumental.
5. Incautos mueren.
6. Fin.

Esos seis pasos serían suficientes para crear una cinta medianamente entretenida y efectiva, sin embargo Scott engendra un grotesco amasijo sci-fi que continúa la obsesión de la película anterior por la historia evolutiva de los aliens, presentando una nueva camada de protoaliens cuya belleza formal queda opacada por el lamentable manejo que Scott y su equipo hacen de ese gore virtual que salta a la vista por su falsedad.

No contento con lo anterior, Covenant nos receta un penoso hilo conductor enfocado en el personaje robótico de Michael Fassbender, y en los dilemas que encuentra al enfrentarse a una versión de sí mismo que tiene la habilidad no sólo de seguir órdenes sino también de improvisar y crear. Es precisamente esa torpe conceptualización del androide creador, que Asimov exploró en incontables ocasiones con resultados fantásticos, el último clavo en el ataúd de esta película cuya única función es sustituir la decepción de Prometheus por la risa y el enojo.

El impacto pop de la saga Alien sigue siendo innegable, pero al diseccionarlo encontramos que está cimentado en dos películas sobresalientes, una mediocre y tres francamente olvidables. Lo que comenzó como una serie de revolucionarios filmes de terror se ha convertido ya en un insoportable cúmulo de refritos incestuosos, que engendran aberraciones cada vez más penosas. Tal vez lo más triste del asunto es que Scott, el padre del Alien original, es ahora el encargado de enterrarlo. El ciclo de la vida. Ni modo.

lunes, 21 de agosto de 2017

Kimi no na wa (Your Name) (2016)

A pesar de que los procesos globalizadores del capitalismo permean ya todos y cada uno de los aspectos de la vida moderna, la distribución y el consumo de productos culturales alrededor del mundo funcionan como una especie de penoso monopolio controlado por las principales potencias económicas. Ejemplo extremo de lo anterior es el cine. No hace falta mas que acudir a cualquier complejo cinematográfico y contar el número de filmes no estadounidenses en cartelera, para percibir la completa falta de visibilidad de casi cualquier postura fílmica que no se construya en torno a la inversión masiva de capital estadounidense.

De la descomunal cantidad de cintas que se producen alrededor del mundo año con año, sólo recibimos en salas cinematográficas una minúscula probadita escogida por las grandes corporaciones estadounidenses, y en menor medida por los festivales internacionales de cine. Sin embargo, ese sistema que muchas veces oculta a directores de gran valía y encumbra a otros francamente detestables, en ocasiones se ve fracturado por cintas que, fuera del mainstream hollywoodense, consiguen abrirse camino gracias a un impredecible impacto en la cultura pop.

Tal es el caso de Your Name, el nuevo filme del director japonés Makoto Shinkai, quien tras haberse forjado una sólida carrera en Japón con películas de animación como The Place Promised in Our Early Days, y Five Centimeters Per Second, finalmente logró romper la barrera internacional con una atípica historia de amor entre dos jóvenes que establecen una poderosa conexión espacio-temporal a través de sus sueños. La cinta se convirtió en el segundo filme más visto de la historia de Japón después de Spirited Away, y la novela homónima, también escrita por Shinkai, vendió 1,029,000 copias en apenas tres meses.

Detrás de ese desaforado fenómeno pop se encuentra una película profundamente efectiva, que a pesar de sus inevitables secuencias cursis, y de ese manejo musical tan propio del anime que puede descolocar a algunos espectadores occidentales, presenta un desarrollo narrativo atípicamente complejo para una historia de amor, que Makoto cierra con gran habilidad, anudando cada uno de los cabos sueltos de esa historia fundada en la unión amorosa de dos personajes que no sólo se encuentran separados por la distancia geográfica sino también por el plano temporal.

Poco más se debe decir de la trama de un filme que es mejor ver desde el desconocimiento total. Sin embargo resulta digna de mención, además de su virtuosismo técnico, la habilidad con la que Makoto hila los códigos clásicos de las mal llamadas chick-flicks con un trasfondo metafísico que bien podría pasar por el esqueleto de un gran cuento de Ray Bradbury. El resultado, que inicialmente se percibe como un peculiar amasijo conceptual, deviene en una estupenda pieza de entretenimiento capaz de conectar con un amplísimo rango de espectadores, que va desde el quinceañero cursi hasta el fanático de la ciencia ficción más recalcitrante.

En este momento Shinkai Makoto debe estar nadando en una piscina repleta de yenes. Me alegro.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Der müde Tod (Destiny) (1921)

Chacal, esqueleto, parca, hombre siniestro o mujer hermosa, la muerte ha tenido tantas representaciones como culturas han poblado la Tierra, y es a través de esos arquetipos que el hombre a intentado dotar de sentido al mayor de sus temores: la desaparición del ser.

Esa compleja mitología metafísica, cuyo objetivo primordial es mitigar la angustia que deviene de imaginar la súbita transformación de nuestros cuerpos en composta, ha sido uno de los temas más recurrentes en la historia del arte. Este fenómeno resulta entendible dadas las infinitas posibilidades estéticas de ese más allá que nadie ha visto, y también porque a través del arte buscamos combatir al segundo gran temor del ser humano después de la muerte: el olvido. Sentimiento encarnado en la idea (bastante probable) de que en un siglo nadie nos recordará, y de que nuestro paso por esta vida será a la vez tan importante y tan intrascendente como el de un minúsculo engrane en una maquinaria monstruosa.

Es la muerte en toda su funesta magnificencia el tema central de Der müde Tod, el primer filme verdaderamente trascendente en la carrera del director austriaco Fritz Lang, que coescribió junto a su esposa Thea von Harbou (antes de separarse de ella tras su conversión al fascismo), y que protagonizó Bernhard Goetzke: una de las caras más potentes del cine alemán silente.

La visión de Lang, que se ancla en el mito germánico tradicional de la muerte representada como un hombre lúgubre y silencioso, tiene la particularidad de mostrar al famoso recolector de almas como un ser agobiado por su trabajo y por la brutalidad con la que debe ejecutarlo, encontrando en la protagonista del filme –una mujer felizmente enamorada que sufre la inesperada muerte de su prometido– la excusa perfecta para relajar sus reglas inquebrantables, prometiéndole el regreso del ser amado con la condición de que consiga evitar el fallecimiento de una de las próximas tres personas que morirán alrededor del mundo.

Es entonces que la cinta se transforma en un bellísimo tríptico en el que Lang se desplaza a Medio Oriente, a Venecia y finalmente a China, construyendo en cada locación un idilio romántico que irremediablemente termina con el triunfo de la muerte y con la devastación emocional de la protagonista.

Más allá de los meticulosos sets en los que Lang reconstruye con obsesividad milimétrica las atmósferas predominantes de cada una de las ciudades y culturas que aborda, y más allá de la riqueza de cada uno de los microrrelatos, que se ensamblan desde la poética del deseo y que a pesar de construirse en torno al romanticismo se alejan por completo de los clichés típicos del género, lo verdaderamente sobresaliente del filme es reconocer la profunda influencia que tuvo en la representación de la muerte dentro de cintas que se verían décadas después: ahí tenemos a Bernhard Goetzke como un antecedente innegable de la célebre muerte bergmaniana de The Seventh Seal; ahí tenemos también a la mítica cueva de Macario, repleta de tantas velas como almas, que filmaría con virtuosismo Gabriel Figueroa cuarenta años después; e incluso efectos especiales como el de la alfombra voladora, que tres años más tarde se haría famoso en The Thief of Bagdad, son aspectos que Lang antecede en esta cinta verdaderamente epifánica.

Película fundacional para la carrera de Fritz Lang y para el cine en general, Der müde Tod es una de esas cintas que no goza de la fama que debería tener, tal vez por la desmedida cantidad de obras maestras en la filmografía de su creador, o por esos golpes del destino que convierten al juicio artístico en un verdadero misterio. Sea como sea, esta obra es obligada para cualquier amante, no del cine, sino de la belleza en general.

miércoles, 9 de agosto de 2017

The Beguiled (1971)

Pocas falacias tan recurrentes en la actualidad como la mal llamada "libertad de expresión". La idea generalizada de que vivimos en una época que respeta más que cualquier otra el derecho de exponer ante la opinión pública cualquier punto de vista, es una falsedad que ha inoculado de forma gradual pero persistente a toda la cultura occidental que, en un obsesivo esfuerzo por percibirse bondadosa, se ha colocado a sí misma las etiquetas de tolerante y diversa.

Para ejemplificar lo anterior no hace falta mas que comparar las temáticas del cine comercial de los años setenta con las del cine contemporáneo. Sí, en los setenta también había comedias románticas y pésimas producciones, sin embargo, al contemplar las apuestas más arriesgadas de los grandes estudios de aquella lejana década encontramos que no hay parangón con lo que hoy en día se ve en la gran pantalla. Cintas como Bring Me The Head of Alfredo Garcia, The Deer Hunter, A Clockwork Orange, Deliverance, y muchas más, hoy serían cintas infilmables, cuyas espinosas temáticas y su estilo fílmico sin concesión alguna para el espectador provocaría calificativos como "sexista", "machista", "racista", "ofensiva", y alejaría de inmediato a cualquier estudio medianamente grande del siglo XXI.

The Beguiled es precisamente una de esas bellísimas cintas que hoy serían infilmables. Dirigida por Don Siegel en el pico de sus habilidades directoriales –ese mismo año estrenaría la legendaria Dirty Harry, también de la mano de Clint Eastwood– el filme, ambientado en la Guerra Civil Estadounidense, relata la reclusión de un soldado de La Unión en un internado de mujeres dentro de territorio confederado, tras ser rescatado al borde de la muerte por una de las alumnas y curado en el interior del recinto.

El cónclave femenino, inicialmente dispuesto a entregar al soldado a las autoridades confederadas tras sanar sus heridas, reconsidera su posición al experimentar los encantos físicos del joven símbolo masculino, que interpretado por un encantador Clint Eastwood se convierte en objeto del deseo de maestras y discípulas por igual, despertando en ellas una posesividad sexual que inicia como un inocente juego pero que deviene en terrible brutalidad.

Siegel adapta la novela homónima de Thomas Cullinan en clave de brillante estudio de la manipulación sexual, presentando a un grupo de personajes femeninos que inicialmente se exhiben como inocentes arquetipos de la represión sexual, pero que gradualmente se adueñan del destino del soldado (que inicialmente se percibe como amo y señor de la situación) con un poderío y una perversidad vengativa que por momentos pareciera rayar en lo psicótico, pero que en ningún momento se presenta como un "trastorno histérico", sino más como una violenta y aterradora emancipación femenina.

Siegel construye a sus personajes con inusitada maestría –las actuaciones de Geraldine Page, Elizabeth Hartman y el propio Eastwood son dignas de guardarse en la memoria– y la atmósfera del filme está completamente construída en torno a una sexualidad prohibida, casi animal, capaz de excitar tanto a la decana del lugar como a la más pequeña de las alumnas, construyéndose a lo largo del metraje un discurso que parte de un machismo recalcitrante y termina en un violento manifiesto feminista. Inconcebible sería ahora una cinta con esa secuencia inicial en la que Eastwood, herido y al borde del colapso físico, encuentra a la pequeña de ¿13? ¿14? años que lo salva, y encendido por la cercanía de la muerte y la sexualidad del soldado que no ha visto a una mujer en meses comienza a besarla apasionadamente. Inconcebible sería también esbozar en esta época a un colectivo femenino con las características de esa maravillosa jauría irredenta comandada por Geraldine Page. ¡Maldito machista! gritarían algunos ¡maldito feminista! gritarían otros. Don Siegel nos volvería locos.

Ni qué decir de las virtudes de la banda sonora de Lalo Schifrin, o de la maravillosa fotografía de Bruce Surtees, que en su extraordinaria secuencia inicial pasa de los tonos sepia de las fotografías clásicas de la guerra civil al glorioso technicolor, para luego construir ese ambiente campirano de prístina pureza sexual, que gradualmente se ensombrece conforme avanza el metraje.

Después de ver esta pieza sobresaliente de cine resulta deprimente leer que pronto se estrenará un remake dirigido por Sofia Coppola. El cine hollywoodense descafeinado y deslactosado vuelve a hacer de las suyas. Esperemos lo mejor, pero temamos lo peor.