sábado, 12 de marzo de 2011

À bout de souffle (Breathless) (1960)

Terminaba la década de los cincuenta cuando un grupo de jóvenes franceses, que trabajaban como críticos de cine en la renombrada revista Cahiers du cinéma, decidieron sustentar sus duros ataques al cine comercial francés, al que acusaban de falso y burgués, tomando ellos mismos el control de las cámaras y enseñando al mundo una nueva serie de filmes que cambiarían la historia del cine.

À bout de souffle es la primera película del extraordinario director Jean-Luc Godard, quien junto a François Truffaut y Claude Chabrol fundarían el movimiento cinematográfico-filosófico conocido como Nouvelle Vague, cuyo discurso pondría los cimientos de lo que ahora conocemos como cine de autor y revolucionaría tanto los paradigmas clásicos del estilo narrativo, como las temáticas a tratar en las cintas.

La crítica y el público quedaron asombrados con la historia de amor entre un maleante francés, obsesionado con emular a Humphrey Bogart, y una joven periodista norteamericana cuyo principal trabajo era vender el New York Herald Tribune en las calles de París.

El complejo e innovador desarrollo del romance entre los dos personajes antagónicos, que se construye debido al tiempo que debe pasar oculto el joven ladrón en el apartamento de la periodista al ser buscado por la policía, es tan impredecible y tan carente de lugares comunes, que medio siglo después no parece haber envejecido en absoluto.

Un joven y en ese momento prácticamente desconocido Jean-Paul Belmondo, encarna a uno de los personajes más emblemáticos de la cinematografía mundial, cuya visión existencialista de la vida lo lleva a un callejón de insatisfacción que, aunque se oculta hábilmente bajo su estudiada fachada de galán, termina siendo su perdición.

Jean Seberg, quien nunca volvería a acercarse a la calidad interpretativa que demuestra en este filme, funciona como la contraparte de Belmondo. Una mujer independiente que lucha por conseguir trabajos como reportera, pero que a pesar de la abrumadora fuerza vital de la que hace alarde en toda la película y del estupendo momento en el que toma las riendas de la historia, finalmente no consigue escapar a su sino de mujer sumisa y dependiente.

Todos los acontecimientos en À bout de souffle tienen la esencia del azar vital impregnada en ellos, desde el absurdo asesinato que comete Belmondo en contra de un policía, hasta la hermosa secuencia final cuyo diálogo ha sido motivo de infinidad de artículos que debaten su significado. Sin embargo este azar no se limita únicamente a las imágenes que vemos, ya que toda la filmación de À bout de souffle estuvo inmersa en él gracias a que Godard improvisaba los diálogos en el momento del rodaje, e incluso muchos de los geniales avances estéticos y narrativos que se atribuyen a la cinta se debieron a carencias presupuestales, como los cortes secuenciales, que surgieron de una recomendación que hizo Jean-Pierre Melville para acortar la cinta a la hora y media de metraje requerido.

Es gracias a éste filme, que ya ha sido inscrito en letras doradas como una indiscutible obra maestra, que el mundo conoció el genio de Jean-Luc Godard, quien a la fecha sigue sin traicionar sus motivaciones iniciales y que esperemos continúe empujando los límites narrativos del cine muchos años más.