sábado, 19 de marzo de 2011

Essential Killing (2010)

Después de diecisiete años de retiro auto impuesto, en los que se dedicó profesionalmente a la pintura en la ciudad de Los Angeles, el director polaco Jerzy Skolimowski regresó en el 2008 a la profesión que le dio renombre con un nuevo filme titulado Cztery noce z Anna. Si en dicho regreso fílmico los diálogos eran escasos, en Essential Killing, su más reciente producción, los destierra por completo.

Puedo entender el por qué Vincent Gallo aceptó ser el foco central de esta cinta, ya que el papel principal es de una notable exigencia tanto física como emocional, sin embargo me parecen extrañas e inexplicables las motivaciones para realizar una película que durante todo su metraje nos presente el escape constante de un individuo, como si de un videojuego se tratase, únicamente para justificar el título de la obra. Si, nos queda claro que el personaje principal mata para sobrevivir.

Desde la primera secuencia del filme, en la que un talibán sin nombre (Vincent Gallo) asesina a un grupo de norteamericanos con un lanzacohetes para luego ser apresado, comienza la extraña tesis del filme, que se expone a través de una interminable secuencia de escape, en la que el personaje principal, que procede de una cultura completamente ajena a los cánones occidentales, vaga sin dirección por una gélida e indeterminada zona de Europa a la que es trasladado durante su breve encarcelamiento.

La ubicación del personaje en un ambiente totalmente desconocido, en el que además cumple el rol de prófugo de la justicia, lo somete a un grado de alienación tan grande que involuciona al estado de una bestia de la tundra, convirtiéndose en un ser que asesina por necesidad.

La explicación del filme termina ahí. Ni siquiera puede decirse que lo que se presenta en pantalla sea una reivindicación de los actos de violencia talibán al justificarlos como una reacción de supervivencia, ya que el director estableció desde un principio que no quería que la cinta se tomara como una declaración política en ese sentido.

Es por esto que el resultado queda como un compendio de secuencias de acción combinadas con algunos momentos estupendos de belleza visual cortesía de Adam Sikora, quien ya había trabajado previamente con Skolimowski y un visiblemente extenuante papel por parte de Vincent Gallo, que le valió el premio a mejor actor en el festival de Venecia. Sin embargo, como conjunto, la obra es un absoluto fracaso narrativo que queda como la filmación de una anécdota simple, cuyo superficial paso por una gran cantidad de temas trascendentales y su posterior incapacidad para abordarlos son una verdadera lástima.


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