lunes, 9 de mayo de 2011

Kuroneko (Black Cat) (1968)

Tal vez sea muy pronto para asegurar esto, ya que apenas han pasado 24 horas desde que vi Yabu no naka no kuroneko, pero me arriesgaré a decir que muy probablemente ésta sea la mejor película de terror que haya visto en mi cada vez menos corta vida.

Pocas son las películas que logran desentrañar la esencia del horror y mostrársela al público sin engaños, sin trucos baratos de cámara y sin brutales golpes sonoros, dejándolo desnudo ante la pantalla para que los ojos de los espectadores se recreen en algo verdaderamente horripilante. Kuroneko no solo hace eso de forma ejemplar, sino que además se atreve a presentar una historia de amor tan hermosa y tan desgraciada que pareciera haber sido extraída de la mente de Sófocles.

Kaneto Shindô, el prolífico director japonés autor de la clásica Onibaba, es el encargado de escribir y comandar la realización de esta obra de arte, que narra la desgraciada historia de dos mujeres que son violadas por todo un regimiento de guerreros samurai que encuentran por casualidad su casa al regresar de una batalla. Las dos mujeres asesinadas, unidas por el vínculo de suegra y nuera, hacen un trato con los espíritus oscuros, que les permitirán establecerse como espíritus demoníacos en la tierra con el objeto de que puedan vengarse asesinando a todos los samurai que pasen por la región.

La historia se narra a través de una fantástica serie de secuencias ideadas por Shindô en colaboración con su director de fotografía Kiyomi Kuroda, en las que un omnipresente erotismo, desplegado con asombrosa delicadeza, es la motivación y perdición del cúmulo de desgraciados personajes que pueblan los alrededores del bosque de bambú, en donde las dos mujeres dan rienda suelta a su misantropía.

No puedo describirles el extraordinario nivel de las actuaciones desplegadas en Kuroneko, cuyo elenco cuenta con Nobuko Otowa, una de las más grandes actrices que ha dado Japón, en el papel de la suegra que anhela el reencuentro con su hijo perdido en combate, al que da vida Kichiemon Nakamura, un actor que cuando se lleva al extremo es capaz de desplegar una fuerza escénica digna de un completo animal y momentos después convertirse en el más sensible de los amantes.

Koruda, quien también fue el director de fotografía de Onibaba, se revela como un auténtico maestro de la imagen, conocedor de los ángulos y enfoques necesarios para impactar a la audiencia, con la que se divierte llevándola al borde del asiento durante todo el metraje hasta finalmente darlo todo en la macabra conclusión del filme, que quedará guardada como una de las mejores secuencias de la historia del cine.

Fuertemente influenciada por el teatro kabuki, del que extrae una gran parte de su inspiración estética y narrativa, Kuroneko formó parte de la selección oficial del festival de Cannes de 1968, que no se llevó a cabo por el conocido levantamiento social que vivió Francia bajo el mandato de Charles de Gaulle, sin embargo la película generó gradualmente un sólido culto a pesar de su mala distribución internacional.

Repaso en mi cabeza una y otra vez algunas de las intensas secuencias del filme y me sorprende el relativo anonimato de esta joya extraordinaria de la cinematografía japonesa. Sería un pecado imperdonable que cuando alguna vez encuentren una copia de esta película la dejen pasar de largo.

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