lunes, 20 de junio de 2011

Jûsan-nin no shikaku (Thirteen Assassins) (2010)

Es un hecho que Takashi Miike es uno de mis directores favoritos y sin duda uno de los más prolíficos y versátiles de la historia. Fantástica es la habilidad de este artista japonés para dirigir cualquier cosa que se le venga a la mente, sin importarle en lo más mínimo ese prestigio artístico tan efímero que muchos directores cuidan a capa y espada.

La gran noticia es que Miike, creador tan ridículo en algunas ocasiones como profundo en otras, ha filmado finalmente la obra que muchos estábamos esperando y que lo inscribirá en letras doradas en ese catálogo de artistas, que gracias a una indisoluble combinación de talento y suerte, logran trascender el arte común y conectar con las musas para crear un producto sin parangón.

Preparado un poco por algunos comentarios que habían llegado hasta mis oídos, esperaba grandes cosas de Thirteen Assassins, sin embargo debo decir que nada puede anticiparle al espectador lo que es esta grandísima experiencia audiovisual, en la que Miike decide enfrentarse cara a cara con el Kurosawa más inspirado y con el propio Eiichi Kudo, director del filme homónimo de 1963 de donde se calca prácticamente toda la historia, para crear un relato que se alimenta en su conjunto de los clásicos japoneses, pero al que Takashi conduce a su propio territorio fílmico y creativo.

El creador de Audition y Visitor Q, se aventura esta vez por terrenos infinitamente más clásicos que los que había recorrido en sus previas incursiones cinematográficas, sin embargo esta historia, basada en un hecho real ocurrido durante la era feudal japonesa, se ubica justo en la frontera que le permite a Miike descargar sus consabidos placeres sádicos y sin embargo limitar esa locura creativa que muchas veces termina por perderlo.

Trece samuráis venidos a menos por vivir en una época en la que los guerreros de élite ya no son necesarios, se organizan bajo las órdenes del consejero del Shogun para asesinar al hermano de éste, que se ha convertido en un líder poderoso e increíblemente sádico que se dedica a cometer atrocidades y a buscar la reinstauración de los tiempos de la guerra en Japón.

Apasionante es la forma en la que Miike presenta poco a poco a los personajes que apostarán sus vidas en la casi suicida misión, utilizando un largo prólogo que da las pautas del carácter de muchos de ellos, entre los que reconocemos al gran Kôji Yakusho y a Takayuki Yamada, quien ya había trabajado con Miike en Crows Zero y que junto a todo el elenco sufrirá una transformación extraordinaria desde el pausado desarrollo inicial de la cinta hasta la catártica y espectacular conclusión.

El inquebrantable honor del samurái y la lealtad que debe profesar a su amo sin importar que tan corrupto sea, constituye uno de los cientos de temas con los que Miike juega a placer en esta cinta que se debate incluso entre el mundo de los vivos y el de los muertos, fusionándolos de forma increíblemente lírica y demostrando el talento del que se ha convertido en mi director nipón contemporáneo favorito.

El clasicismo que impregna a la historia no le impide a Miike crear secuencias visualmente memorables e incluso innovadoras junto a Nobuyasu Kita, director de fotografía con el que ya había trabajado anteriormente y que se luce completamente en la segunda mitad del filme, destacando sobre todo una secuencia desde los ojos de un moribundo que debería ser de obligatorio análisis en las escuelas de cine.

Thirteen Assassins será la película del año para los fanáticos de Miike y sin duda impactará a todos aquellos espectadores que consigan ver esta obra indispensable de la cinematografía moderna, plagada de honor, violencia, poesía y por extraño que parezca, sonrisas.


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