miércoles, 16 de noviembre de 2011

The Adventures of Tintin (2011)

Una profunda crisis conceptual se está apoderando gradualmente del cine de aventuras hollywoodense. Me tacharán de radical y melancólico aquellos que saquen a colación a directores como Tarantino, Nolan, Cuarón o a la productora Pixar, capaces todos de manufacturar cintas tan trepidantes como inteligentes (casi siempre), pero en el fondo saben que lo que digo es cierto. El núcleo del Hollywood millonario está agotando sus ideas y ocho de cada diez filmes de acción se dedican a romper récords de explosiones por minuto, o simplemente a constituir indignos remakes con efectos desaforados.

Esta crisis, que sin duda es motivada en parte por el público que asiste encantado a los tremendos bodrios que se hacen año con año, y que es capaz de sentarse una y otra vez ante ridículos apocalipsis causados por volcanes, tornados, tsunamis, aliens malvados y supervillanos descerebrados, ha generado en mí una reticencia inmediata a todo lo que huela remotamente a cine comercial de aventuras o acción.

Por más que desprecie a Steven Spielberg como personaje mediático y titiritero del núcleo del Hollywood primigenio, no puedo negarle la inteligencia que tiene para crear, asumir y dirigir proyectos, sobre todo después de haber sido el artífice de la perfecta The Color Purple o haber revolucionado el género de acción/aventura con la trilogía de Indiana Jones (olvidemos la nefasta cuarta parte). Es por esto que las intenciones de Spielberg por adaptar una de las aventuras del legendario personaje de Hergé, Tintín, a la pantalla grande, sonaban como un proyecto que podía ser interesante, pero que corría el riesgo de acabar en un fiasco como el regreso de Indiana.

Las dudas que tenía, acrecentadas en gran medida por el trailer, afortunadamente se disiparon durante la proyección de The Adventures of Tintin, un filme que a pesar de contar con las técnicas más avanzadas de animación tridimensional, se convierte en una obra cargada del ritmo y el fondo del cine de aventuras de los años setenta y ochenta con el que creció mi generación.

A diferencia del fallido experimento de J. J. Abrams por revivir el espíritu de The Goonies en Super 8, el Tintín de Spielberg remite con éxito al espectador a la saga del arqueólogo más famoso de la historia del cine, con estupendas secuencias que combinan la acción más frenética con un humor infantil que nunca resulta bobo, y que consigue divertir a espectadores de todas las edades.

Es tal vez la frialdad de los personajes tridimensionales la que limita la conexión emocional de éstos con el público, situación que no necesariamente ocurre con todos los filmes animados en 3D (Pixar), pero que en este caso resulta perceptible a pesar del excelente trabajo vocal de Jamie Bell y Daniel Craig.

Más que digno es el homenaje que Spielberg le rinde al joven reportero e investigador Tintín, creado en 1929 por Hergé y que en esta cinta se enfrenta al misterio del Unicornio, un barco naufragado en algún remoto y desconocido lugar, que encierra el tesoro más grande de la historia y que evidentemente está custodiado por acertijos infranqueables y villanos desalmados.

La saga apenas comienza, Spielberg se reencuentra con la calidad que había extraviado y yo por lo pronto ya espero la segunda parte.

 

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