miércoles, 30 de noviembre de 2011

Bellflower (2011)

Sundance es uno de los pocos festivales que al día de hoy conservan su esencia y reputación prácticamente intactas. Un lugar en el que el núcleo de cineastas norteamericanos verdaderamente independiente, etiqueta que cada vez se utiliza de forma más inapropiada, presenta sus últimos esfuerzos ante un mercado despiadado que disfruta de descuartizar todo aquello que no lleve el símbolo de dólares impreso en cada fotograma.

Bellflower es la joya povera de la última edición de Sundance, un filme hecho por un grupo de amigos comandado por el hasta ahora anónimo Evan Glodell, quien con un presupuesto aproximado de 17,000 dólares fue capaz de crear una vibrante cinta de acción y romance, valiéndose de una historia inteligente y de desarrollos tecnológicos propios, que disimulan de forma ejemplar la falta de presupuesto.

La desesperanza, el descontrol y el vacío emocional de la juventud en la clase media norteamericana son el objeto de estudio de esta película, que toma al amor como el funesto detonante de la debacle psíquica de un joven que, interpretado por el propio Evan Glodell, representa un eslabón más en la cadena de chicos sin futuro que ha engendrado el sistema social occidental. Hombres presas de una adolescencia perene, que viven sus vidas como autómatas y que al ser conscientes de su intrascendencia social, simplemente ven pasar el tiempo cerveza en mano.

Resulta indudable que la cinta está especialmente diseñada para incendiar los sentimientos de la juventud visual, clasificación dentro de la que me incluyo, la cual se verá atraída desde el primer segundo por los fantásticos experimentos cinemáticos del fotógrafo Joel Hodge, quien utilizando la cámara diseñada y construida por el propio Glodell (una combinación de partes de cámaras antiguas y un grupo de viejos lentes rusos empotrados sobre una cámara digital), consigue texturas y efectos que terminan por crear una ambientación espectacular.

El festín visual que Glodell y Hodge arman durante poco más de hora y media de metraje, en el que el espectador ve cumplirse los más tristes augurios para la pareja de amigos que protagoniza el filme, se graba con fuego en la retina y en los oídos, ya que la película cuenta con una espectacular banda sonora que, además de mezclar a artistas consagrados como Lykke Li o Ratatat, presenta un soundtrack original compuesto por Jonathan Keevil, un desolador músico y poeta que es el responsable de elevar el tono melancólico de ciertas secuencias a niveles prácticamente intolerables para el corazón.

Imposible no sentir escalofríos y meterse instantáneamente en la cinta con esa secuencia inicial de créditos, que sin duda es la mejor que he visto este año, y con la historia de ese par de inocentes amigos, cuyo fanatismo por la mítica serie de películas de ciencia ficción Mad Max centra, de forma increíblemente patética, todas las metas de su vida en construir un lanzallamas y un auto dignos de garantizarles la popularidad en caso de que ocurra el apocalipsis. Imposible también no sentir admiración por ese grupo de jóvenes comandado por Glodell, cuyo valor y talento muestran las grandísimas posibilidades que tiene el cine independiente en los tiempos que corren.

Al final todos vivimos en un mundo de fantasía creado a partir de nuestros deseos, nuestros anhelos y nuestros fracasos, pero lo único que queda claro es que, si un día despierto en medio del apocalipsis, rezo al cielo para que junto a mí esté el negro y llameante MEDUSA con las llaves puestas y el motor encendido.

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