domingo, 13 de noviembre de 2011

Sleeping Beauty (2011)

Hasta el día de hoy recuerdo con horror el fallido experimento que Gabriel García Márquez tituló Memoria de mis putas tristes. La burda adaptación/plagio que Gabo, en su faceta de santón de la literatura latinoamericana, hizo a la igualmente breve pero perfecta La casa de las bellas durmientes, del extraordinario Yasunari Kawabata, me sigue provocando una rabia especial cada vez que alguien o algo me la recuerda. Y sí, justo ahora la tengo en la mente.

Mi interés por la ópera prima de Julia Leigh apareció gracias a su trailer, el cual desde su publicación fue abriéndose paso por la red y colocándose en gran cantidad de medios electrónicos. El ambiente reminiscente de la magna Salò o le 120 giornate di Sodoma, impreso en el minuto y medio de adelanto fílmico, inmediatamente me enganchó al que aparentemente sería, cuando menos, un interesante esfuerzo cinematográfico.

Si algo consigue Julia Leigh con Sleeping Beauty es transmitir frialdad, una frialdad tan extrema y tan milimétricamente calculada, que el desarrollo de empatía por los personajes retratados en el filme puede resultar una tarea prácticamente imposible para el espectador, que penetrará en un mundo concebido a partir del erotismo masculino, un erotismo que se cimienta en el poder sobre el otro, la dominación de voluntades e irónicamente en el deseo por ser comprendido y acompañado.

El brillante desarrollo compositivo de la imagen, ejercido por Leigh en compañía del experimentado director de fotografía Geoffrey Simpson, es sin duda alguna el punto más fuerte de una película que falla en hilar con coherencia la historia de una joven estudiante que, incapaz de pagar la renta y sus estudios, responde al anuncio de trabajo de una agencia que, aislada del público general, recluta a chicas físicamente perfectas para satisfacer las necesidades sexuales poco ortodoxas de sus acaudalados clientes.

Palpables son los homenajes que Leigh hace a la obra cumbre de Pier Paolo Pasolini y al libro de Kawabata, del que intenta calcar la segunda parte de la cinta. Sin embargo son los pequeños detalles narrativos, en los que el guión de Leigh intenta innovar la conocida temática de las bellas durmientes, los que no terminan por funcionar y actúan en detrimento del filme.

En Sleeping Beauty el drama cae en la exageración, viéndose la protagonista inmiscuida en una trama principal que involucra sus servicios en el peculiar burdel y una subtrama en la que se analiza su extraña relación con un alcohólico, conocido como birdman, quien trata de dar un toque aún más intenso al vacío emocional de la película, pero que termina por convertirse en un un relleno pobre y mal desarrollado.

A pesar de la indudable valía de ciertas escenas del filme, dentro de las que destacan sin duda los visualmente fantásticos encuentros de la bella durmiente con sus clientes, y a pesar de la estupenda actuación de Emily Browning como el vacuo y desenfrenado personaje principal, Sleeping Beauty deja un sabor amargo a decepción, debido al desaprovechamiento de una historia que tenía todos los elementos para convertirse en una cinta muy interesante. 

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