martes, 17 de enero de 2012

We Need to Talk About Kevin (2011)

La maldad siempre ha sido un tema asociado de forma recurrente a la expresión social y artística del ser humano. Esa perversidad, que es en cierto modo inherente a nuestra naturaleza, nunca cesa de maravillarnos y ha sido objeto en incontables ocasiones de sesudas disecciones y tratados filosóficos, que intentan comprender esa inclinación que tenemos en mayor o menor medida a hacer el mal.

Es dentro de ese deseo de desenmarañar nuestra  naturaleza que surge el arquetipo de la maldad absoluta, ese Mefistófeles humanamente imposible de alcanzar que nos aterra por su absoluto desprecio a los cánones de convivencia y civilidad que rigen a nuestras sociedades, desprecio que deviene en un desdén por la vida humana y en una obsesión por destruir, sin motivo aparente, todo atisbo de bondad construido a su alrededor.

Es precisamente esa maldad absoluta el punto central de We Need to Talk About Kevin, la celebrada novela escrita por Lionel Shriver y adaptada a la pantalla grande por la poco prolífica cineasta Lynne Ramsay, que centra su narrativa en la vida de un abominable adolescente, cuyo intenso narcisismo y odio por todos aquellos a su alrededor lo llevan a elaborar prácticamente desde su infancia un grotesco plan, basado en la destrucción gradual de su núcleo familiar y finalmente en la ejecución de un acto digno del más alto reconocimiento mediático.

El filme, que desde su secuencia inicial es una experiencia extremadamente visual gracias a la participación del director de fotografía Seamus McGarvey, a quien ya habíamos disfrutado en la maravillosa The Hours, recorre la vida del malévolo pequeño y la tormentosa relación con su devota madre, interpretada por la extraordinaria Tilda Swinton, quien en esta ocasión firma uno de sus papeles de mayor impacto dramático, transmitiéndole al espectador brutales impulsos de ira, desesperanza y terror ante la cruenta historia que debe afrontar una mujer cuyo único deseo era llevar una vida normal.

La salvaje misantropía que el personaje de Ezra Miller pone en evidencia con cada acción cuidadosamente premeditada, es tan extrema y tan carente de matices, que la película, a pesar de no utilizar los cánones clásicos del cine de terror, podría fácilmente clasificarse dentro de este género.

Me es imposible determinar si la adaptación fílmica de la novela es o no fiel, ya que no he leído el libro en cuestión, sin embargo, el acercamiento extremadamente visual que Ramsay hace a la historia, me lleva a pensar que muchos de los estupendos diálogos que John Waters llega a describir en su libro autobiográfico Role Models, en los que Kevin mantiene asombrosos duelos verbales con su madre, fueron penosamente sacrificados en pos de una narrativa mucho más intuitiva y experimental.

"There is no point, that's the point", declara con pasmosa tranquilidad el monstruo, mientras los ojos perplejos de su madre intentan comprender el motivo, buscando causas y patrones inexistentes, sin darse cuenta de que el chico tiene razón; no hay un por qué en la maldad, simplemente es nuestra naturaleza.

3 comentarios:

Monsieur C. Auguste Dupin dijo...

Hola Cherch:

Felicidades por tu crítica, muy bien escrita, como siempre.

Vengo a discutirte lo que dices es una tendencia hacia el mal que todos tenemos en nuestro interior. Creo que ese concepto es erróneo, creo que, salvo los psicópatas, que pueden ser amorales intrínsecamente, esto es, que no siguen las leyes morales objetivas que rigen el mundo (y las subjetivas que impone cada sociedad) y nuestra razón, las personas tienden al bien. Lo hacen, en primer lugar, porque todos buscamos nuestra propia felicidad y, para ello, tenemos la capacidad de elegir entre acciones ya no buenas o malas, sino más adecuadas o menos adecuadas en cada momento (aquí entra a funcionar la experiencia). Al buscar que seamos felices a través de nuestras acciones es cierto que podemos perjudicar a gente, incluso a sabiendas, pero lo hacemos como un mal menor para garantizar nuestra propia felicidad. Si un comportamiento es maligno por sí mismo no llevará a la felicidad del individuo a no ser que se encuentre enfermo psicológicamente, es decir, que sea un amoral, como es el caso de nuestro querido Kevin. O eso o es el demonio, que si existe supongo que se contentará con nuestra desdicha y la suya propia.

Un saludo, bro'!

Fando dijo...

Querido Monsieur:

Me alegro que te haya gustado la crítica.

En cuanto a esa tendencia al mal que menciono en el texto, su justificación es precisamente la que expones tú en el tuyo. Es cierto que el mal absoluto no existe y que todos buscamos nuestra propia felicidad, pero es precisamente esa búsqueda, hasta cierto punto egoista, la que muchas veces nos inclina al mal, prefiriendo afectar a terceros con tal de saciar nuestras propias necesidades, generando un mal que no siempre es menor.

Desde mi punto de vista considero que casi todos queremos vivir en armonía con todo el mundo, pero una parte intrínseca de nosotros es también esa inclinación, en mayor o menor medida, al mal.

¡Un abrazo grande, bro!

Carlos Andrés dijo...

En mi opinión no logra ninguna sensación duradera, ni perturbación ni impacto, por mucho que se esfuerce en plasmar todo eso. Además de un ejercicio estilístico, que si no fuera por las pretensiones de la directora habría funcionado mejor en conjunto con las sensaciones que un argumento tan sugerente supondría. Sólo veo un thriller poco más que interesante, envuelto en cantidad de imágenes llenas de una sordidez innecesaria aunque se empeñe en justificar lo contrario. Lo único modélico en esta película es Tilda Swinton. Ella está admirable.

Saludos. Y pendiente de tus reseñas antes de que muramos.