martes, 13 de marzo de 2012

¡Que viva México! (1932)

Tres indígenas mexicanos están de pie sobre un montículo de tierra. Con el torso desnudo y la mirada perdida, los fornidos campesinos se yerguen junto a los agujeros que instantes antes cavaron frente a los rostros de sus captores. ¿Habrá una sensación más desoladora que la de cavar con las propias manos la tumba que instantes después recibirá tu cuerpo inerte? Pero ellos la cavan, tragándose el dolor y la desesperación del instinto que les ruega que huyan cuanto antes, mientras los verdugos, que instantes atrás violaron con saña a la mujer de uno de los forzados mártires, los empujan uno a uno dentro de sus respectivos huecos.

Impertérritos ante la barbarie y con la resignación de la muerte inevitable, los tres hombres descienden dentro de la tierra que los vio nacer, bajo un cielo nublado de soberbia belleza, para inmediatamente sentir los puñados de tierra que terminarán por enterrarlos de pie hasta los hombros. Es este funesto y solemne preámbulo el que prepara al espectador para presenciar uno de los derroches de genialidad más maravillosos que se han visto en la historia del cine. Una secuencia despiadada y hermosa, en la que se resume de forma catártica la eterna lucha del pueblo mexicano contra la injusticia, encarnada por aquellos que desde tiempos inmemorables se envuelven en la bandera de la libertad, únicamente para pisotear con pezuñas asesinas las cabezas de los desposeídos.

Maravillado por el cruento sino de México, pero al mismo tiempo por su gran riqueza cultural, el legendario director ruso Sergei Eisenstein, conocido como el padre del montaje moderno, decidió embarcarse en la filmación de un ambicioso proyecto en el que, mediante relatos breves, pudieran contextualizarse de manera global los cimientos y la historia del México de los años treinta.

El ambicioso proyecto, que surgió en la mente de Eisenstein justo después de haber declinado una serie de ofertas planteadas por Chaplin y Paramount Pictures para filmar en Estados Unidos, nunca pudo ser editado por el director ruso debido a una serie de complicaciones con el revelado del filme, que incluía más de cuarenta horas de metraje y los derechos sobre él. Por fortuna, en la década de los setenta, un intercambio entre el MOMA y Rusia permitió que la película cayera en manos de Grigori Aleksandrov, fiel colaborador de Eisenstein, quien consiguió montar una copia terminada basándose en las notas del director ruso y en sus recuerdos del concepto original.

El resultado es una película extraordinaria, compuesta de un prólogo, un epílogo y cuatro núcleos principales llamados Sandunga, Fiesta, Maguey y Soldadera, en los que se analiza de forma muy visual y mediante relatos cortos, en algunos casos expuestos de forma documental y en otros mediante actuaciones, diversos aspectos culturales y sociales que dan origen al complejo panorama del México contemporáneo.

Una boda, la fiesta de la Virgen de Guadalupe, la desgraciada historia de un campesino asesinado después de que su mujer es violada por los caciques del pueblo, y un relato sobre el día de muertos, son los principales elementos de este filme que, a pesar de que nunca pudo concluirse y de que algunos de los segmentos, en especial el de Soldadera, quedaron demasiado incompletos, consigue acercarse a la visión de la cinta terminada que tenía Eisenstein, gracias al montaje de Grigori, que da al espectador una idea de lo que podría haber sido una de las obras más ambiciosas y visualmente preciosistas de Eisenstein.

¡Que viva México! es una película fabulosa, en la que Eisenstein utiliza todo su talento visual para exponer las mayores alegrías y desgracias de un pueblo milenario, con la capacidad de soportar el más despiadado sufrimiento y sin embargo reírse día con día, sin el menor remordimiento, frente a la cara de la muerte.

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