jueves, 10 de mayo de 2012

Titicut Follies (1967)

Olvidemos por un momento el hecho de que Titicut Follies, primer largometraje del prolífico documentalista norteamericano Frederik Wiseman, sufrió la censura institucional del gobierno de los E.U.A. durante 24 años hasta su estreno en 1991, y concentrémonos en el desgarrador grito de uno de los pacientes de la institución psiquiátrica que Wiseman retrata con pasmoso realismo en el filme, un grito originado en los pliegues de un cerebro inexplicable como el de cualquier ser humano, pero radicalmente diferente al promedio, anómalo.

Centrémonos en ese cuerpo desnudo, maduro, que grita con el poder vocal que sólo se consigue al ejercitar lo más profundo de las entrañas. Un aullido que sale directamente del estómago y que encierra en su sonoridad la infinita barrera que existe entre el mundo que se desarrolla en la cabeza del recluso y aquel que se encuentra en la del espectador, el cual permanecerá estático a pesar de la violencia con la que el alarido cacofónico y desesperado retumba en las paredes del cine, confinado en su butaca individual, perplejo ante el dramatismo de la anormalidad, sintiéndose más normal que nunca.

Se requiere una sangre extremadamente fría y un deseo casi perverso por perseguir el objetivo final de una obra, para mantener firme la cámara frente a una escena como la anteriormente descrita, sin embargo Wiseman y su camarógrafo John Marshall permanecen con la vista fija en esos hombres que pululan el hospital de Bridgewater en Massachusetts, habitantes de una realidad paralela completamente inalcanzable para el hombre común, de la cual forman parte crucial los custodios que, habituados a la rutina del lugar, se relacionan frente a la demencia con un desapego tan radical, pero al mismo tiempo tan completamente normal, que no puede causar en el espectador otro sentimiento mas que el horror.

Con un hilo narrativo prácticamente nulo en apariencia, Titicut Follies relata mediante un conjunto de viñetas la forma en la que se conduce la rutina dentro de una institución psiquiátrica, en la que la enorme brecha entre pacientes y cuidadores genera una completa ausencia de empatía entre ambos grupos, situación que convierte al lugar en un grotesco zoológico donde el trato humano brilla por su ausencia.

Estudiante de leyes y posteriormente converso a la cinematografía, Wiseman consiguió el permiso verbal de los integrantes de la institución y de los tutores de los pacientes, situación que genera una evidente colaboración y un tono siempre cordial de parte de los custodios, que nublados por la rutina de su trabajo, acogen al entonces joven director como uno de los suyos, enseñándole sin reparo todos los horrores que posteriormente se quisieron cubrir poco antes del estreno del filme, situación que devino en más de veinte años de censura basada en el demérito que la cinta hacía de una institución pública, convirtiéndose ésta en la primera película norteamericana censurada por otra cosa que no fuera obscenidad, inmoralidad o un atentado contra la seguridad nacional.

Casi tan culpable como los guardias que ridiculizan a las decenas de locos que habitan el psiquiátrico, Wiseman se regodea con las caras, con los detalles y con las historias de aquellos privilegiados que a pesar de su locura poseen el don del habla, proporcionándole al espectador auténticas dosis de adrenalina e incomodidad, tales como la entrevista con un pedófilo compulsivo, alegre de que finalmente haya sido recluido y alejado de la posibilidad de satisfacer sus terribles inclinaciones sexuales.

Filmada en blanco y negro, estilo que aunado a la oscuridad de los escenarios dota al filme de una textura sucia, que encuentra por evidentes razones un maridaje perfecto con la temática de la película, Titicut Follies es un relato desgarrador, cuya carencia de guión lo hace funcionar como una especie de documental puro, que describe con maestría a esas controvertidas instituciones en las que los considerados dementes son aislados de la sociedad y sentenciados a cadena perpetua, condena que la mayoría termina viviendo dentro de un cuerpo que  responde únicamente a sus instintos primordiales y a la crueldad de los autodenominados normales.

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