jueves, 13 de septiembre de 2012

Hellraiser (1987)

I have seen the future of horror, and his name is Clive Barker. -Stephen King

El horror es un género extraordinario precisamente porque carece de límites creativos y desconoce el significado de la palabra "mesura". Ambas características son las causantes de que año tras año se estrenen películas que muevan, aunque sea milímetro a milímetro, la gigantesca pared que condiciona y limita lo que el espectador está dispuesto a tolerar. Frontera que desde los tiempos de White Zombie se ha desplazado de forma kilométrica, perfilando metodologías estéticas maravillosas y transmitiendo al público sensaciones que hace menos de un siglo habrían sido inconcebibles.

Cansado del poco cuidado con el que se adaptaban a la gran pantalla los guiones que escribía, Clive Barker, artista plástico y escritor oriundo de Liverpool, decidió incursionar en la dirección fílmica adaptando su novela The Hellbound Heart, apenas publicada un año antes, la cual constituía el tercer volumen de su serie literaria de terror titulada Night Visions. El proyecto, en el que Barker volcó todo su genio creativo, evolucionó hasta dar como resultado Hellraiser, una cinta que desde su estreno llamó poderosamente la atención del público fanático del cine de terror, tanto por su propuesta estética como por su trasfondo filosófico.

Fundamentada en el deseo obsesivo que tiene el ser humano por experimentar el máximo nivel de placer físico, Hellraiser narra la búsqueda de un deleznable personaje por desafiar los límites del goce erótico, contactando para tal efecto a un misterioso vendedor que le entrega un cubo metálico con la capacidad de invocar a un grupo de demonios llamados Cenobites, cuyo placer es mostrar la última frontera sensorial a aquellos que los invoquen, destruyendo por completo sus cuerpos durante el proceso.

Enfrentado a los Cenobites, el villano de la cinta muere en la primera secuencia del filme, desapareciendo irremediablemente en un grotesco portal dimensional y condenado a una eternidad de torturas indescriptibles. Tiempo después, su hermano decide ocupar el hogar donde vivía el desaparecido personaje, sin saber que su esposa había sido amante de éste y que el portal dimensional se encuentra en el ático de la casa, esperando a alguien dispuesto a liberar los horrores que en él habitan.

Con dichos ingredientes, Clive Barker arma una experiencia audiovisual fabulosa, creando a una serie de personajes que pasarían años después a formar parte del imaginario colectivo del cine de terror, construidos no a partir de una maldad homicida sin sentido, sino a partir de esa búsqueda obsesiva por reinventar y empujar los límites del placer, deviniendo esto en una progresión conceptual que, al ser tan radical y extrema, termina por asociarse más con la maldad pura que con la búsqueda sensorial original.

Encomiable es el esfuerzo estético que Barker hace en Hellraiser, utilizando al gore como un aliado imprescindible para conseguir el impacto deseado en la audiencia, pero eliminando cualquier posibilidad de crear una comedia involuntaria, riesgo que siempre se presenta con el uso del gore, al dotar de una apabullante solemnidad a sus villanos y al crear una atmósfera terriblemente oscura y perturbadora, la cual termina grabándose en el estado anímico del espectador y lo compenetra de forma extraordinaria con el desarrollo argumental.

Una ecléctica pero acertada mezcla de actores ingleses y norteamericanos dan vida a los integrantes de la incauta familia, a los cuatro Cenobites y al sanguinoliento villano, quien escapa del portal dimensional con el cuerpo destruido, obligándose a actuar como una especie de vampiro para regenerar su cuerpo a través de la sangre de otros.

Por desgracia, una gran parte del genial planteamiento que se construye a lo largo de la primera mitad del filme, termina por perder su ímpetu en la conclusión, la cual, de forma irreflexiva y con grandes errores de continuidad, cierra con torpeza el relato. Sin embargo, a pesar de sus deslices, ese universo que Barker plantea, donde el dolor y el placer son indivisibles, donde el erotismo se mezcla con el terror y donde la sexualidad surge como el último y más cruento demonio dentro del ser humano, quedará por siempre como una de las grandes manifestaciones artísticas dentro del género del horror.

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