jueves, 6 de septiembre de 2012

The Hills Have Eyes (1977)

Cinco años pasaron desde que Wes Craven aterrorizó a propios y extraños con su brutal y despiadado filme debut, The Last House on the Left, con el que rompió una buena cantidad de paradigmas relacionados con el nivel de violencia aceptable en una pantalla de cine, para que Craven volviera a concebir una película que lo reposicionara en los gustos del público que había quedado completamente alienado con The Fireworks Woman, su segunda incursión como director, la cual narraba el escandaloso romance entre un chico con intenciones de tomar los hábitos y su hermana.

Utilizando como estructura narrativa el roadtrip terror que ya había puesto de moda Hooper con su Texas Chain Saw Massacre, Craven arma, con apenas $230,000 USD (casi tres veces el presupuesto de The Last House on the Left), una historia en la que una típica familia de vacacionistas con rumbo a California se desvían ligeramente de la carretera principal, contra las atemorizadas advertencias de un peculiar anciano que manejaba la única tienda en kilómetros a la redonda, quedando varados en medio del desierto al chocar su casa rodante contra unas rocas, que casualmente forman parte de una zona de alto nivel radioactivo utilizada por el gobierno de los Estados Unidos para probar todo tipo de armamento.

Por desgracia para la apacible familia, ellos no son los únicos varados en el remoto paraje. Una tribu de violentos humanos con mutaciones se encuentra recluída en las montañas, asaltando convoyes de soldados que llegan a pasar por la zona y cambiando los bienes robados por un poco de comida que apenas les es suficiente para sobrevivir, con lo que la familia se convertirá en el blanco perfecto para que estos seres hagan de las suyas y satisfagan el voraz apetito que han cultivado durante años.

El guión, que presenta dejos de una crítica social bastante interesante, así como del análisis de los efectos del aislamiento en las sociedades organizadas, de la barbarie que es capaz de generar la precariedad en los seres humanos y de la implacable inevitabilidad de la selección natural, termina siendo un completo desastre formal que vaga por los lugares más comunes y predecibles del cine de terror tradicional, desperdiciando una premisa que en las manos correctas podía haberse transformado en una descarnada y compleja cinta de horror.

Disfrutables son algunas de las secuencias que Craven construye, sin embargo éstas se aprecian desde el gozo que genera rememorar los trucos y estilos del cine de serie B, más que por su éxito conceptual o por el buen uso del terror, el cual se ausenta prácticamente de toda la película y es sustituido por la risa maliciosa del que ve una obra a la que el tiempo ha tratado con crueldad.

De manera anecdótica, lo único sobresaliente de las actuaciones es la inclusión en el reparto de Michael Berryman, actor que posteriormente se convertiría en un pilar del cine de horror ochentero de bajo presupuesto, cuya perturbadora apariencia natural, provocada por una rara enfermedad que le imposibilitaba el desarrollo de cabello, uñas o sudor, lo convierten en el personaje icónico del filme.

A pesar de sus inconsistencias, su pobre desarrollo argumental, sus precarias actuaciones y su falta de imaginación, The Hills Have Eyes fue un éxito de taquilla que le permitió a Craven consolidarse como uno de los directores de terror más exitosos del momento, al mismo tiempo que desarrolló un culto de seguidores que la veneran, de forma inexplicable, hasta el día de hoy.

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