lunes, 22 de octubre de 2012

Frankenweenie (2012)

Antes de Big Fish, Batman o la genial Ed Wood, y antes de convertirse en el santón de hordas de insoportables adolescentes atormentados, Tim Burton era apenas un joven de 24 años que acababa de terminar la filmación de Vincent, un estupendo cortometraje de apenas 6 minutos, narrado por el mismísimo Vincent Price, en el que establecería la estética que posteriormente mostraría en la mayoría de sus trabajos fílmicos y mediante el que se daría a conocer en Disney, la casa productora que casi siempre acogería con brazos abiertos sus proyectos, a pesar de la divergencia estética de Burton con la industria de las princesas animadas y Mickey Mouse.

Fue a partir de Vincent que las ambiciones de Burton, quien en ese entonces tenía un modesto trabajo como animador, comenzaron a consolidarse lentamente hasta concebir, dos años después, un cortometraje de nombre Frankenweenie. La obra, que dejaba de lado la animación cuadro por cuadro que lo había catapultado a la fama, contaba la historia de un niño que decidía revivir a su mascota atropellada, utilizando las mismas técnicas que el célebre Victor Frankenstein implementó en la novela de Mary Shelley para dar vida a uno de los monstruos más conocidos de la historia. Filmado en blanco y negro, el modesto cortometraje tuvo poca distribución debido a su irrelevante estilo y a su monótono desarrollo, quedando como uno de los intentos más fallidos dentro de la filmografía de Burton.

Resulta evidente que Burton consideraba la idea primigenia del corto como un gran argumento, ya que  28 años después reescribe el guión original junto a su habitual colaborador John August, para estrenar un largometraje homónimo que subsana las carencias narrativas del corto original y que, mediante el cuidadísimo desarrollo visual al que Burton nos tiene acostumbrados en sus trabajos de animación, nos comprueba que es en este rubro donde el director norteamericano mantiene su mayor estándar de calidad.

Duras críticas se han emitido contra el hecho de que Frankenweenie funciona como una planta de reciclaje de conceptos burtonianos utilizados sin cesar a lo largo de su filmografía, y a pesar de que dichas acusaciones son completamente ciertas, esa avalancha de múltiples leitmotiv de alguna forma consigue hilar una historia que, analizada como producto individual, en ningún momento se siente como un collage, funcionando de forma fluida y capturando tanto al espectador promedio como al fanático desbocado de Burton, mediante el planteamiento de una trama divertida y visualmente estupenda.

Una vez más la cinta se encuentra plagada de los personajes atípicos del director con menos peines de todo Hollywood, personajes que irónicamente se han convertido en una especie de estándar gracias a su sobre exposición mediática, y dentro de los que destaca por encima de todos el maravilloso profesor de ciencias interpretado por Martin Landau, reminiscente en todo momento de la interpretación extraordinaria que éste hizo de Bela Lugosi en la más grande película de Burton, el cual motiva a Victor, personaje principal de la cinta, para ejecutar su descabellado experimento.

Plagada de referencias evidentes pero manejadas con cierta inteligencia, la historia sigue los avatares del pequeño Victor Frankenstein, habitante de New Holland, quien después de revivir a su perro atropellado debe enfrentar, con lujo de acción Sci-Fi de los cincuentas, a un grupo de infantes malvados que intentarán ganar el concurso de ciencias mediante la resucitación de sus fallecidas mascotas.

Con un exquisito soundtrack compuesto por Danny Elfman, con una estupenda producción visual que opta por el look analógico de la animación tradicional cuadro por cuadro y con una historia que, a pesar de ser un refrito burtoniano, se erige en sí misma como un delicado cuento repleto de personajes entrañables y de situaciones extraídas de esa peculiar mente formalmente oscura pero profundamente sentimental, Frankenweenie es la prueba de que Burton encuentra la mejor versión de sí mismo en esas cintas que lo devuelven de una u otra forma a sus orígenes.

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