jueves, 20 de marzo de 2014

Coffy (1973)

Los años setenta fueron tiempos de rebeldía en la historia del cine. Completamente alejados de esa corrección política que en pleno siglo XXI ha impuesto límites al humor, a la sátira, e incluso a ciertas palabras, los realizadores del cine de serie B de los setenta ejercían su derecho para hablar de lo que les viniera en gana, siempre y cuando recaudaran en taquilla lo suficiente para recuperar el dinero invertido en sus baratísimas cintas. Dicha libertad creativa le permitió a los directores suplir las carencias económicas de sus producciones con tramas que, buscando atraer al público mediante el shock puro y duro, abordaban con total desparpajo temas que en aquella época eran tabú, pero que ahora, curiosamente, pasarían por muchas más complicaciones para filmarse y exhibirse.

Divididos en un sinfín de subgéneros tales como sexploitation, slasher, cannibal, carsploitation, etc., los filmes agrupados bajo el prolífico género exploitation dieron pie, en su afán por aprovechar el mayor número de mercados posibles, a la creación de un subgénero adicional diseñado para venderse en el mercado afroamericano, el cual sería posteriormente conocido como blaxploitation.

Dirigida por el legendario Jack Hill, autor de cintas icónicas como Spider Baby o Foxy Brown, Coffy rápidamente se convirtió en una de las obras insignia del movimiento blaxploitation norteamericano. Protagonizada por Pam Grier, una de las mujeres más sensuales que ha dado el cine a lo largo de su historia, Coffy relata el tortuoso camino que una enfermera clasemediera debe seguir para cobrar venganza por la muerte de su hermana a manos de las drogas.

Incapaz de saber quién fue el que le proporcionó la dosis fatal de heroína a su joven hermana, Coffy emprende una cruzada para acabar con todos los capos de su ciudad, pasando de ser una enfermera convencional a una despiadada asesina capaz de fingirse prostituta, adicta, o cualquier otra cosa necesaria para acercarse lo suficiente a algún narcotraficante mayor y volarle la cabeza de un escopetazo.

Desbordante en sexismo, violencia y lo que ahora llamaríamos racismo velado, Coffy es una experiencia cinematográfica exagerada y divertida, poseedora de algunos de los momentos más icónicos dentro del cine blaxploitation (véase la pelea de Coffy contra las prostitutas de lujo, o la brillantísima secuencia inicial), que la convirtieron de inmediato en un filme de culto y encumbraron a Pam Grier como sex symbol y diosa definitiva del cine de acción afroamericano.

Con una banda sonora memorable compuesta por Roy Ayers, una fotografía convencional pero efectiva a cargo de Paul Lohmann y las memorables actuaciones de Booker Bradshaw como el novio político y mafioso de Coffy; el legendario Sid Haig como un matón despiadado; y Robert DoQui como un hilarante proxeneta con el mejor vestuario de la historia, Coffy es una película que vale la pena experimentar como una ventana a otros tiempos en los que la gente era capaz de entender la separación entre diversión y corrección política, tiempos que cada vez se antojan más lejanos y que, al día de hoy, no sé si podamos volver a vivir.

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