martes, 12 de agosto de 2014

Kaze tachinu (The Wind Rises) (2013)

El retiro definitivo y consciente es una de las declaraciones más dramáticas que puede hacer un cineasta. Ese duro golpe emocional, que representa el fin de una carrera antes de que esta se vea truncada de forma natural por la muerte, es lo que ha llevado a una gran cantidad de artistas a continuar con el proceso creativo mucho tiempo después de haber agotado su talento, convirtiéndose en penosas repeticiones de sí mismos o probando una y otra vez nuevos caminos fallidos de reinvención. Notables y poco frecuentes son los casos de aquellos que, habiendo identificado el pico definitivo de su carrera, deciden clausurar su producción intelectual con un último canto de cisne que termina por elevar su obra al estatus de la leyenda. Sin embargo, tras la pérdida del artista, un sentimiento de frustración se instala, no sólo de forma inevitable, sino comprensible, en ese sector del público que ve el potencial talento de sus ídolos completamente desperdiciado. ¿Quién no habría querido, por ejemplo, leer una segunda novela de Juan Rulfo?

Nunca sabremos si por desgracia o por fortuna, el ícono más importante del cine de animación japonés, Hayao Miyazaki, quien durante tres décadas fungió como cabeza del célebre estudio Ghibli, decidió finalmente retirarse de la creación cinematográfica con un último trabajo que, a diferencia de sus obras previas, construídas a partir del mito y la fantasía, se encuentra firmemente anclado en la realidad histórica del Japón de la primera mitad del siglo XX.

The Wind Rises narra la historia de Jirô Horikoshi, el ingeniero aeronáutico responsable de la creación de los principales aviones de guerra del ejército japonés durante la Segunda Guerra Mundial, incluyendo al famosísimo Zero, aeronave que durante los primeros años de la guerra se convirtió en una de las armas más letales del ejército nipón.

A pesar de lo que en un principio podría pensarse después de leer tan breve sinopsis, el filme de Miyazaki no es una obra de carácter puramente bélico, ya que sus intenciones son de una complejidad que va más allá de la condena burda que suele ejercitarse tan a menudo en cintas de este tipo. Por el contrario, Miyazaki se aleja lo más posible del juicio a priori para exponer la realidad desde un punto de vista mediador, situación que sin duda puede resultarle polémica al público que sigue regodeándose en ese maniqueísmo simplón donde ha quedado sumergida la herida de la Segunda Guerra Mundial.

Es la pasión el pilar central sobre el que descansa todo el filme de Miyazaki. Por un lado, esa pasión creativa que obsesiona al personaje principal, anclada en la más profunda racionalidad y potenciada tanto por la guerra como por la necesidad de un país desesperado por sobresalir, y por otro lado la pasión amorosa, irracional y desenfrenada, que el protagonista encuentra en los brazos de una chica a la que un casi sobrenatural destino coloca de forma incesante en su camino. Ambas emociones, contrapuestas en forma pero no en fondo, son los motores de ese personaje entrañable que Miyazaki modela a lo largo de dos horas con una hipersensibilidad extraordinaria, y mediante el que explora, de forma muy velada pero evidente, el polémico concepto del sacrificio general de la guerra en favor de un posterior avance tecnológico y social.

En cuanto al aspecto técnico de la animación, Miyazaki permanece en su zona de confort y no propone nada que no haya mostrado en obras anteriores, sin embargo, a pesar de la tonalidad histórica del filme, el director japonés se permite volver una vez más a esos universos oníricos preciosistas por los que es tan conocido, utilizando secuencias asociadas a sueños, que se convierten en los puntos estéticos más sobresalientes de la película, con excepción tal vez de la maravillosa e hipnótica secuencia del terremoto, que de inmediato se consolida como uno de los momentos dramáticos más refinados de toda su filmografía.

Sentida y potente despedida, The Wind Rises constituye un hito mayor dentro de la obra de Miyazaki, un último triunfo estético digno de lo mejor que el mundo de la animación tradicional puede otorgarle al espectador moderno, y un relato que a pesar de su extrema delicadeza narrativa plantea preguntas que involucran un arduo y doloroso proceso de reflexión. "¿Preferirías un mundo sin pirámides para evitar las masacres sobre las que fueron construídas?" Se pregunta en un momento clave uno de los personajes del filme. ¿Cómo se puede responder a eso?

Hasta siempre, Hayao.

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