lunes, 27 de octubre de 2014

Lucy (2014)

Desde la secuencia inaugural de Lucy, el más reciente filme dentro de la variopinta carrera del cineasta francés Luc Besson, se percibe una intencionalidad narrativa diferente a la mostrada por el cine tradicional de acción. Es en esos primeros instantes que nos enteramos que Scarlett Johansson (Lucy) se acuesta con el hombre equivocado y posteriormente este la fuerza a entregar un maletín de misterioso contenido a un peligroso jefe de la mafia taiwanesa. Simple. Sin embargo, la secuencia, brillantemente resumida y con un hábil manejo de la tensión narrativa, es ejecutada entre tomas que evocan los instintos de supervivencia y depredación contenidos en la psique humana, asociándolos a una herencia animal propia de gacelas o leopardos. Por más que intenta escapar, Scarlett cae en las garras del cartel taiwanés entre ágiles cortes de violencia animal, que impactan la pupila y activan simbolismos adicionales a la principal secuencia lineal de la acción. Besson quiere envolver al espectador desde el primer momento, quiere crear expectativas, quiere hacernos creer que tiene una intencionalidad más allá del mero entretenimiento.

Sin embargo, conforme avanza la historia de esa mujer que consigue, tras una fortuita sobredosis de un fármaco potentísimo, incrementar el uso de su cerebro de un 15% (porcentaje que según el filme y ciertas sectas new age utilizan los seres humanos) hasta un 100%, la base teórica de los elementos de ciencia ficción exhibidos se vuelve cada vez más risible y refutable. Esto no sería un error tan crucial si el filme no se esforzara de sobremanera por vanagloriarse de su inteligencia, situación que dificulta la posibilidad de pasar las ridiculeces de la cinta por alto para disfrutar su faceta de entretenimiento puro y duro. Curiosamente es esa intencionalidad narrativa adicional, mediante la que Besson pretende hacer un filme más allá del mero entretenimiento, lo que termina por hundir a Lucy.

Es de forma gradual que esa disfrutable primera mitad, en la que se acepta sin mayor problema, como quien acepta el conejo que sale del sombrero del mago, que una droga azul es capaz de incrementar la capacidad de utilización del cerebro, comienza a degradarse en un pandemonio de inconsistencias y complejidades pobremente resueltas en hora y media de metraje, que caricaturizan excesivamente la trama y la pierden por completo (véase la transición de máquina biológica avanzadísima a USB; véase el excesivo antropocentrismo de aquel que piensa que, al 100% de su capacidad, el cerebro es capaz de abarcar todos los misterios del universo; véase la absurda secuencia de la desintegración corpórea en el avión; véase cómo todas las laptops pueden funcionar a velocidades monstruosas si se pica el teclado lo suficientemente rápido; etc.)

Si se consigue dejar el sentido común en casa, Lucy es una cinta inteligentemente fotografiada por Thierry Arbogast, eterno colaborador de Besson, que además cuenta con secuencias de acción bien coreografiadas, una heroína potente y atractiva, malvados impregnados de esa faceta cool que sólo pueden tener los mafiosos asiáticos, y buenas dosis de persecuciones y violencia. Por desgracia, yo no pude dejar a mi sentido común encargado en ningún lado.

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