miércoles, 4 de febrero de 2015

Leviafan (Leviathan) (2014)

Miseria apilada sobre miseria, apilada sobre más miseria. Una de las fórmulas más viejas para conseguir notoriedad en el circuito fílmico internacional es la de recurrir al nefando género conocido, de manera no oficial, como misery porn. Irredentas, deprimentes y desaforadamente dramáticas, las cintas que caen en esta categoría suelen recurrir a la creación de un personaje al que se encadenan, de la forma más inmisericorde posible, numerosas desgracias, cada una más devastadora que la anterior.

Hay misery porn tan extraordinario (Breaking the Waves, Irreversible, Cidade de Deus) como nefasto (Precious, The Notebook), ya que no es nada fácil equilibrar una película que por definición es un desbalance de desgracias cuya probabilidad de ocurrencia en la "realidad" es ínfima. Sin embargo, de lograrse el reto, la recompensa puede ser gigantesca (no es ningún secreto el eterno romance entre los premios y los dramas lacrimógenos).

El director ruso Andrey Zvyagintsev decidió tomar al toro por los cuernos y crear la que muy probablemente sea la película más deprimente del 2014: un retrato social desolador de los habitantes de una ciudad costera rusa, cuya rutina se mueve entre el alcoholismo rampante, la infidelidad y las más burdas prácticas de corrupción (vamos, más o menos como México). En dicho ambiente se desarrolla la historia de Kolya, personaje maravillosamente interpretado por Aleksey Serebryakov, sobre el que se cernirán, a lo largo de las dos horas y media de metraje, las peores desgracias imaginables.

Este moderno Job,  retratado por Zvyagintsev con una ternura y una melancolía inusitadas, además de luchar contra el corruptísimo alcalde que quiere derribar su casa/taller para construir un gran desarrollo, debe enfrentar la flagrante infidelidad de su mujer con su mejor amigo desde un perpetuo estado de embriaguez crónica, resultando todo esto en un estupendo maridaje entre el cúmulo de secuencias familiares entrañables que van hilando la historia, y los momentos dramáticos más álgidos y desgarradores que se hayan visto en una pantalla durante el 2014.

Visualmente impecable, Leviathan explora de la mano del fotógrafo Mikhail Krichman los inhóspitos parajes helados y eternamente húmedos de ese pequeño pueblo costero en medio de la nada, cuya desolación geográfica potencia la fuerza de esa arriesgada historia que, con un valor que debe ponerse en contexto dada la precaria defensa de la libertad de expresión en Rusia, exhibe al sistema jurídico ruso en toda su flamante corrupción, mostrando un tejido social carente de cualquier aspiración e inmerso en un cúmulo de vicios crónicos ineludibles.

El broche de oro es la modesta pero estupenda banda sonora compuesta por Philip Glass, que acompaña a este relato absolutamente irredento, que en algunos momentos cae en los vicios más recurrentes del misery porn, pero que a pesar de todo es un espectáculo notable que debe ser visto, difundido y premiado.

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