miércoles, 19 de agosto de 2015

Gokudou daisensou (Yakuza Apocalypse) (2015)

Takashi Miike es un director que opera siempre en un plano superior a las expectativas de cualquier espectador. Más allá del bien y del mal, el director nipón –que a la fecha cuenta con más de cincuenta películas en su filmografía– tiene un rango de creación tan endemoniadamente amplio que en un año es capaz de dirigir un filme como 13 Assassins –cinta que podría exhibirse sin pena junto a algunas de las épicas más maravillosas de Kurosawa– y al mismo tiempo estrenar Zebraman 2, película que, como bien podrán adivinar, es protagonizada por un superhéroe vestido de cebra.

Es por esto que comprar boleto para un nuevo filme de Miike es asistir a un viaje incierto, que puede terminar en el descubrimiento de obras maravillosas del calibre de Audition o Hara-Kiri, o en la sufrida contemplación de auténticos infiernos audiovisuales –véase, o mejor no, la insoportable y ridícula Sukiyaki Western Django–.

Yakuza Apocalypse reunía en su sinopsis todos los elementos de un explosivo coctel fílmico ideal para Miike. ¿Quién podría rehusarse a ver una película protagonizada por una banda de vampiros yakuza? Vampiros que en su incontenible sed de sangre no sólo convierten a sus víctimas en voraces chupasangre, sino que además las dotan con todas las habilidades de los más salvajes guerreros yakuza, situación que les permite forjar un ejército para enfrentar a una especie de Van Helsing asiático que busca erradicarlos, quien a su vez trabaja para un fétido demonio japonés que está al servicio de un villano supremo que sólo la demencial mente de Miike podría haber concebido. Suena genial ¿no?

Por desgracia el resultado es bastante desigual. Por un lado Miike consigue, durante la primera mitad del filme, plantear una divertidísima historia que combina de forma inmejorable elementos de acción, comedia y gore, perfilados por el virtuosismo de un Miike que incluso intenta, dentro de ese complejo remix conceptual, mantener la solemnidad del arquetipo yakuza –véase incluso la estructura de la banda sonora en la primera mitad de la cinta, que a todas luces busca generar un efecto solemne en cada una de las secuencias– y tratar de reflexionar un poco sobre el papel de la mafia en la sociedad japonesa, valiéndose de la interesante metáfora que surge al transformar a todo un pueblo de gente humilde en agresivos yakuza: "No puede haber yakuzas sin un pueblo de ciudadanos que subyugar".

Sin embargo, en la segunda mitad del filme toda la narrativa se escabulle hacia terrenos de una demencialidad absoluta, cortesía del alucinante guion de Yoshitaka Yamaguchi, y de la desaforada puesta en escena de Miike. Lo que momentos antes era un equilibrio entre humor, acción y drama, estalla en un caleidoscopio de personajes salidos de un terrible viaje alucinógeno, los cuales desvían a la película por el camino del más completo descontrol narrativo, cumpliendo con la intención de concluir el metraje en el punto más alto de las montañas de la locura y el sinsentido, pero generando añoranza de lo que podría haber sido la cinta en caso de mantenerse el ritmo y el proceso narrativo iniciales.

En cuanto a los aspectos técnicos casi nada puede reclamársele a Miike, quien se rodeó de un equipo impecable compuesto por el poco experimentado pero efectivo fotógrafo Hajime Kanda; por su eterno colaborador en el departamento musical: Kôji Endô, y por un grupo de actores de primer nivel comandados por el joven Hayato Ichihara en el papel del nuevo líder del clan de vampiros yakuza; por Lily Frankie como el viejo chupasangre que gobernaba el pueblo; y finalmente por el cada vez más célebre Yayan Ruhian, actor indonesio experto en el arte marcial Pencak Silat, quien saltó a la fama por la exitosa saga de acción The Raid.

Dos horas trepidantes y entretenidas que no terminan por mostrar el potencial de Miike, Yakuza Apocalypse puede vanagloriarse al menos de ser una cinta irrestricta, cuya desbordante imaginación, aunque no del todo inteligente, intenta ir siempre por rumbos de lo inesperado y, en ocasiones, deja grandes secuencias para el recuerdo –véase la estupenda y profundamente atípica batalla final de Ichihara contra Ruhian–. Fanáticos de Miike: apúntenla en su lista de pendientes.

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