viernes, 6 de noviembre de 2015

To Kill a Mockingbird (1962)

Pocas tareas tan complejas como la de llevar un libro exitoso a la pantalla grande. Reducir una novela de más de trescientas páginas a dos horas de metraje audiovisual es un verdadero reto que involucra, de forma ineludible, la penosa tarea de masacrar al texto literario. El delicado balance que el autor construye durante meses o años es atacado con furia por las tijeras del adaptador que decapita y cercena los pasajes que considera intrascendentes, despojando casi siempre a la historia central de todos aquellos elementos ornamentales que definen la atmósfera dramática, para proyectar en pantalla el esqueleto de lo narrativamente imprescindible.

Es muchas veces la habilidad quirúrgica de dichos cortes la que permiten que una adaptación fílmica llegue a buen puerto, construyendo el guionista un delicado equilibrio entre cantidad de información y construcción de atmósfera –sobran los ejemplos de adaptaciones que, en su obsesión por ser lo más fieles posibles a la novela, desarrollan un ritmo apresurado y poco natural en pantalla–. Dicha complejidad se agrava cuando la novela es ampliamente conocida y las comparaciones entre texto y filme se vuelven inevitables, sin embargo, como bien pueden atestiguar Coppola, Kubrick, y muchos más, la tarea no es imposible, y tal vez uno de los mejores ejemplos de ello sea To Kill a Mockingbird: la adaptación que el cineasta Robert Mulligan hizo del relato homónimo escrito por la poco prolífica novelista norteamericana Harper Lee.

Entrañable crónica del juicio de un hombre negro acusado de violación en un pueblo ficticio de Estados Unidos durante la época de la depresión, To Kill a Mockingbird es un deleite audiovisual que da cátedra acerca de cómo debe construirse la adaptación fílmica de una novela.

En cuestiones de estructura narrativa, Horton Foote, encargado de transformar la novela de Lee en guión cinematográfico, decide prescindir de los pasajes correctos –dentro de los que destacan por su trascendencia en el libro el de la casa en llamas, el de las tardes de lectura de Jem con la anciana moribunda, y el de las relaciones familiares de Atticus– para poder reproducir de forma satisfactoria la historia principal del libro, sin perder el desarrollo emocional de los personajes y sus anécdotas formativas.

Por si fuera poco, el director Robert Mulligan reúne a un elenco impecable comandado por un insuperable Gregory Peck en el papel del abogado Atticus, quien debe defender al negro Tom Robinson –un parco pero imponente Brock Peters– de las acusaciones que se le imputan y del repudio de todo el pueblo que las cree de facto simplemente por el color de su piel –recordemos que no es sino hasta 1955 que Rosa Parks se niega a cederle su asiento a un hombre blanco–. Impecables resultan también las actuaciones de los dos infantes que interpretan a los hijos de Atticus y la pequeña pero maravillosa interpretación de un jovencísimo Robert Duvall en el papel de Boo Radley.

Relato ejemplar de la lucha aún inconclusa contra el racismo en los Estados Unidos, To Kill a Mocking Bird nos recuerda el poco tiempo que llevan los derechos humanos en activo, y la forma en la que el ser humano tiende a rechazar y atacar lo que siente como ajeno; ya sea por ignorancia, o por plena y natural maldad.

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