miércoles, 10 de agosto de 2016

Kumonosu-jô (Throne of Blood) (1957)

El cine, en su carácter multidisciplinario, es un arte que invariablemente emerge de la adaptación de un texto. Ya sea derivado de un escrito creado por el artista que dirige el filme, o desarrollado por alguien completamente ajeno a él, el cine en la mayoría de los casos no es más que la reelaboración de un texto mediante la edición de un conjunto de imágenes y sonidos. Resulta entonces impreciso hablar de las películas que adaptan obras literarias como si se tratase de un género independiente. Sin embargo, lo que sí es innegable es que la reacción del espectador que mira una película sin conocer el texto que la origina es radicalmente diferente a la reacción del que ha sido previamente expuesto al material literario. Para el primero, la película es el vehículo narrativo original, mientras que para el segundo, la película será una adaptación de las imágenes que el texto evocó tiempo atrás en su mente. El primero se sienta a disfrutar algo desconocido, el segundo a juzgar algo conocido.

Partiendo de lo anterior podemos concluir que la adaptación fílmica de un texto de renombre trae consigo una lista de ventajas, pero también de grandes desventajas. Ventajas como la de que el público fanático de la obra literaria muy probablemente quiera ver su adaptación a imágenes; y desventajas como la de que el impacto y la originalidad del texto se verán mermados en la experiencia cinematográfica dado el conocimiento previo del espectador.

Pocos autores se han mimetizado tanto en el imaginario colectivo occidental como William Shakespeare. Sus obras, de más de 400 años de antigüedad han sobrevivido intactas e incluso revitalizadas hasta nuestros días. De ahí que la adaptación de sus textos al cine conlleve un reto nada deleznable; reto que el director nipón Akira Kurosawa no dudó en encarar con Trono de sangre: una adaptación fílmica de Macbeth, ambientada en el japón feudal

Kurosawa no aborda la obra de Shakespeare con la reverencia usual de los artistas occidentales, sino que la despoja a un nivel casi profano de los celebrados diálogos del poeta del siglo XVI, para crear un producto artístico en el que se fusiona de forma brillante el esbozo general de la tragedia de Macbeth con el carácter social y las tradiciones del Japón feudal: una tierra donde los guerreros samurai, los espíritus nefandos, y el honor, fungían como pilares fundamentales del imaginario colectivo.

Es Toshiro Mifune el encargado de dar vida a Taketoki Washizu: un Macbeth samurai que verá sembrada en su interior la semilla de la ambición tras encontrarse con un espíritu adivino del bosque. Ambición que será cultivada cuidadosamente por su esposa –una impecable Isuzu Yamada– junto a la que Mifune construye el núcleo dramático del filme basándose, por órdenes de Kurosawa, en las técnicas de actuación del Noh: estilo teatral japonés desarrollado durante el siglo XIV, cuya transmisión del dramatismo mediante poderosos gestos faciales puede observarse con claridad en la actuación de Mifune, y cuya austeridad en los decorados influenció de igual forma la producción de la cinta, así como las proporciones de composición visual que el fotógrafo Asazaku Nakai utilizó para filmar la historia.

El minimalismo preciosista que Kurosawa le imprime a una historia que casi siempre se ha adaptado desde los códigos estéticos de la grandilocuencia de la guerra, genera un espectáculo que le otorga una potencia desmesurada a la mutación psíquica que sufre el protagonista: un hombre de honor –y para los japoneses el honor era muchísimo más importante que para los ingleses– que se ve obligado a traicionarse a sí mismo para convertirse en víctima de un destino que le es imposible rechazar.

No es sino hasta el final de la película que esa presa emocional y estética que Kurosawa construye en torno a sus personajes se derrumba para dar paso al caos; momento en que el espectador se vuelve testigo de una de las secuencias más memorables en la filmografía del director nipón. Cuenta la leyenda que en esa fortaleza que se construyó expresamente para el filme en las faldas del monte Fuji, Kurosawa ordenó para la secuencia final que un grupo de arqueros experimentados disparara flechas verdaderas contra Mifune, de forma que pudiera extraer del actor la expresión de horror que buscaba en ese Macbeth que finalmente se desmorona en la vergüenza del olvido.

Trono de sangre es una de las cúspides artísticas de Kurosawa; una muestra irrefutable de por qué la idolatría que le profesaban John Ford, Fellini, Coppola, y muchos otros, era completamente justificada.

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