lunes, 5 de septiembre de 2016

Los 56 magníficos



Este artículo fue escrito para la revista Letras Libres, y publicado el 5 de septiembre del 2016.

Quien diga que todo ha sido ya pensado, o que la originalidad no existe, estará repitiendo uno de los cánticos más antiguos de la humanidad: ya Platón decía hace 2,400 años que todo el conocimiento es recuerdo, del mismo modo que el libro del Eclesiastés, escrito hace casi tres mil años por el rey Salomón, rezaba “Lo que fue, eso será. Y lo que se hizo, eso se hará. No hay nada nuevo bajo el sol”. Incluso el poeta griego Baquílides, muerto poco antes del nacimiento de Platón, llegó a declarar “Un autor hurta lo mejor de otro y lo llama tradición”.

Esa antigua clarividencia, que acepta sin pudor alguno la noción de que todo pensamiento o producto artístico es una mera adaptación de algo previamente elaborado, en cuestiones cinematográficas nos remite de inmediato a la socorrida figura del remake contemporáneo. Solo hace falta echar un vistazo a la cartelera de este año (Ben-Hur, Pete’s Dragon, etc.) para notar la cantidad de remakes: esa práctica que toma el tema central de una película previamente filmada, y lo adapta a un nuevo contexto temporal, a un nuevo contexto social –en caso de ser una película filmada fuera de Estados Unidos– o a un presupuesto mucho más ambicioso –en caso de tratarse de una película independiente–, de forma que una historia previamente ejecutada con éxito pueda presentarse ante un público renovado o distinto.

Es precisamente ese el modelo de negocio que en pleno 2016 motiva el estreno de una nueva versión de The Magnificent Seven: la historia de un pueblo en desgracia que contrata a siete justicieros para evitar ser arrasado por una banda de peligrosos maleantes. ¿Acaso necesitamos una nueva versión de la película que inmortalizó en 1960 a Yul Brynner como la cara de la justicia implacable? La respuesta afirmativa por parte de Hollywood vuelve a comprobar que el cine del siglo XXI está obsesionado con la figura del remake. Sin embargo, esta práctica no es en absoluto exclusiva de nuestro tiempo, y los siete magníficos a los que les colgamos el adjetivo de “originales” no son sino una copia de otros siete guerreros... (haz clic aquí para continuar leyendo)

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