lunes, 19 de septiembre de 2016

Memories of Murder (2003)

El thriller clásico comparte muchas características formales con el cuento corto: sus personajes suelen ser arquetípicos, casi síntesis de una gran cualidad rectora: el incorruptible, el valiente, el malvado, el tonto, etc.; de igual forma, en la construcción de las atmósferas prima la simplicidad y la neutralidad visual, de modo que el espectador pueda concentrar su atención por completo en el meollo narrativo que –al igual que en el cuento corto– suele depender de un delicado engaño o de un jugueteo constante con las capacidades de anticipación del espectador, jugueteo que finalmente deviene, si de un thriller hábil se trata, en una resolución que se estrella cual puño inesperado en la psique del que observa la pantalla.

Este esquema, utilizado hasta el hartazgo por el cine occidental, ha sido revitalizado en los últimos quince años por el cine asiático, fungiendo Corea del Sur como el país que lidera la producción de thrillers contemporáneos sobresalientes, de la mano de directores como Chan-wook Park, Hong-jin Na, Jee-won Kim, Ki-duk Kim, o Joon-ho Bong –este último reconocido por obras extraordinarias como The Host o Mother, y cuyo salto inicial se dio con la filmación de uno de los thrillers más brillantes y delicados del siglo XXI: Memories of Murder–.

Un hombre encuentra a una chica violada y asesinada en una zanja cercana a un pueblo pequeño. Días después aparece otra en el centro de un prado, causando conmoción en el modesto departamento de policía de la localidad, que nunca había tenido que lidiar con un asesino serial. La falta de experiencia de los detectives locales los forza a recibir asistencia de un nuevo elemento proveniente de Seúl. Obsesionados con encontrar al responsable, y convencidos por corazonadas de saber quién lo hizo, el conjunto de investigadores comienza a recurrir a métodos primitivos de intimidación y a sembrar pruebas para justificar sus teorías. Sin embargo, eso no es suficiente para impedir que los cuerpos sigan apareciendo noche tras noche, ni para anestesiar el terrible sentimiento de culpa del grupo de detectives que fracasa una y otra vez en sus intentos por encontrar al asesino.

Es a partir de ese desarrollo argumental que Joon-ho construye un delicado entramado de sospechas, pistas y atrocidades, enmarcado en la modesta cultura de un pacífico pueblo agrícola que ve con horror la desaparición ritual de sus jóvenes, como si de una ancestral maldición se tratase.

Trepidante, violenta, y de una belleza inusitada, la película es una clase magistral sobre cómo crear tensión en un thriller, y al mismo tiempo dotar de un halo de demoledora realidad a todos esos clichés que hemos visto repetidos hasta el hartazgo en las cintas detectivescas de Hollywood.

Joon-ho consigue ensamblar una magnífica reelaboración de los códigos del cine noir, que funciona inicialmente como una película arquetípica del género, pero que conforme avanza su metraje muestra su desdén por el glamour noir de Humphrey Bogart o Lauren Bacall, y su amor por los hombres ordinarios que persisten en la búsqueda de logros extraordinarios. Hombres que, inmersos en el frenesí de la vida, fracasan una, y otra, y otra vez; como todos nosotros.

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