jueves, 24 de noviembre de 2016

Goksung (The Wailing) (2016)

Pocos podrán negar que el inicio del siglo XXI se ha convertido en la época dorada de los thrillers surcoreanos. Obras magnas como Oldboy, Memories of Murder, Pieta o I Saw the Devil –por mencionar algunas– lograron transformarse en auténticos fenómenos culturales que opacaron a la gran mayoría de los descafeinados thrillers hollywoodenses.

Uno de los grandes exponentes de esa corriente surcoreana que combina historias de gran complejidad con tratamientos estéticos impecables y una sensibilidad narrativa sobresaliente, es Hong-jin Na, quien sorprendió a propios y extraños con su extraordinaria ópera prima The Chaser –filme sobre las vicisitudes de un ex policía corrupto que revive sus habilidades detectivescas para encontrar a un asesino de prostitutas– que hasta el día de hoy se alza como uno de los thrillers más notables dentro del movimiento fílmico coreano.

Tras la interesante mas no sobresaliente The Yellow Sea, Hong-jin regresa después de seis años de preparación con The Wailing –su tercer largometraje– en el que intenta reelaborar las pautas de un thriller policíaco convencional, insertándolo en una historia sobrenatural en la que los villanos están muy lejos de pertenecer al género humano.

Por desgracia, la maestría de Hong-jin en cuanto a crear atmósferas se pierde en una historia cuya longitud –casi tres horas de metraje– es inversamente proporcional a la complejidad de su narrativa, la cual está comandada por un cúmulo de personajes que a pesar de las palpables ambiciones del filme terminan siendo caricaturas monocromáticas de clichés: el demonio malvado, el fantasma bueno, el policía bonachón pero incompetente, etc.

Por si fuera poco, el guión –que suele ser el punto más sólido dentro de los filmes de Hong-jin– perfila un relato plagado de abismos lógicos insalvables, en el que un policía busca encontrar la causa de una serie de asesinatos masivos, aparentemente perpetrados por personas bajo el influjo de poderosos hongos alucinógenos. El resultado es un amasijo de insensateces que termina por desbocarse en un catártico final, donde la realidad se mezcla con el mundo de lo fantasmagórico para generar un "plot twist" predecible y –peor aún– intrascendente.

Ni siquiera los aspectos técnicos de la película son dignos de mención, ya que la fotografía de Kyung-pyo Hong –habitual colaborador del exitoso director Joon-ho Bong– se presenta como un elemento meramente utilitario, que actúa al servicio de la historia pero siempre desde lo ordinario y lo convencional –tal vez la única secuencia medianamente sobresaliente sea la del accidente carretero bajo la lluvia–.

Lo más frustrante del asunto es que a lo largo de todo el metraje se percibe el gran potencial desaprovechado de Hong-jin como director/guionista. Potencial que termina por desperdiciarse una, y otra, y otra vez, en círculos narrativos que conducen a ninguna parte. Tal vez sea hora de aceptar que la carrera de este director coreano será recordada como un one hit wonder.

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