lunes, 13 de marzo de 2017

Neruda (2016)

Kill your idols
sonic death
it's the end of the world
your confusion is sex...
– Sonic Youth


Cuando terminé de ver Neruda –el biopic que el director chileno Pablo Larraín cocinó junto al escritor Guillermo Calderón sobre uno de los héroes nacionales de Chile y uno de los nombres más ilustres dentro de la poesía latinoamericana– lo primero que me vino a la cabeza fue esa confusa pero bellísima estrofa del grupo de noise-rock, Sonic Youth, que por azares del destino resume de forma inmejorable el desarrollo temático y atmosférico de este nuevo ejercicio cinematográfico, pletórico del brillante y atípico lirismo atmosférico con el que Larraín no deja de sorprendernos cinta tras cinta.

No se puede construir una obra de arte biográfica desde la ceguera de la admiración absoluta o desde la idolatrización del objeto de estudio. Larraín lo sabe y durante todo el metraje utiliza el machete desmitificador para asestar sendos golpes a la figura del laureado poeta Pablo Neruda: aquel que con ridícula voz fantasmagórica "de poeta" declamaba en las fiestas de la aristocracia de izquierdas (pocas aristocracias tan sibaritas como las de izquierda) el poema número veinte, escrito décadas atrás pero pedido una y otra vez por esa corte "intelectual" que lo acompañaba pero que de su obra sólo anhelaba los "versos más tristes", con su "noche inmensa", y con su también inmensa cursilería veinteañera que años después le valdría (en parte junto al Canto General) el Nobel de literatura; aquel hombre que se convirtió en senador e insignia del partido comunista "sin haber dormido una sola noche en el suelo"; aquel hombre que intuía sus contradicciones discursivas pero las enterraba bajo la visión dionisíaca del placer estético, volcando su flagrante confusión intelectual en las mieles del goce sexual.

Son esos elementos narrativos, brillantemente representados en el guión de Guillermo Calderón y plasmados con la sutil parquedad del cine de Larraín, los que equilibran y dan forma a un relato extraordinario sobre los días en que Neruda pasó de senador a perseguido político, dentro de una república que ya anticipaba los negros años de censura intelectual que vendrían bajo el mandato militar de Augusto Pinochet.

El asesinato del ídolo, perpetrado por la voz en off de Gael García que narra la historia desde el punto de vista de un detective al que el gobierno chileno contrata para encontrar a Neruda, se contrapone al también evidente virtuosismo de un hombre cuyo trabajo incansable y su sensibilidad (coherente o no) ante la lucha proletaria de América Latina, le permitió engendrar una obra del calibre del Canto General. Obra que se convertiría en himno de la fallida revolución obrera latinoamericana, y que décadas después queda como un vestigio melancólico del sueño de una utopía.

Un gran elenco comandado por el impecable Luis Gnecco en el papel de Neruda, y por Gael García como el policía literario (en más de un sentido), es el gran motor de Neruda, un filme que además de mostrarse virtuoso en su narrativa, también lo hace en su tratamiento estético: fabuloso resulta el leitmotiv de los discursos fragmentados que Larraín utiliza a lo largo de todo el metraje, y la presencia de lentes curvos y retroproyectores en la cinematografía de Sergio Armstrong, mediante los que se construye esa atmósfera reminiscente de la también extraordinaria El club.

Neruda es otro gran triunfo en la carrera de Pablo Larraín: un hombre que poco a poco se ha apoderado de uno de los pedestales más altos en el panorama fílmico latinoamericano. Haber estrenado en un año dos filmes de la talla de Jackie y Neruda no es poca cosa. Ahora sólo nos queda esperar que el director chileno sea un ídolo difícil de matar.

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