miércoles, 8 de marzo de 2017

Paul Hamy: en busca de aves del mismo sexo.

Este artículo aparece íntegro en el número 149 de la revista MARVIN (pgs 56-57)


“Me resulta imposible filmar a un actor si no lo deseo”, declaraba el cineasta portugués João Pedro Rodrigues en el festival de Locarno con motivo del estreno de O Ornitólogo: la extraordinaria reinvención fílmica, mística y homoerótica de la vida del santo patrono de las ciudades de Padua y Lisboa: Antonio de Padua, cuya carga dramática recae casi por completo en la ancha espalda del actor francés Paul Hamy.

El deseo de João Pedro por su protagonista no es infundado. No hace falta mas que ver el corte físico del actor galo –que bien podría haber surgido de una mezcla de material genético de Tom Hardy y Jason Statham– para entender que está biológicamente predispuesto a triunfar en ese Hollywood contemporáneo obsesionado con encontrar al nuevo héroe de acción perfecto: ente abstracto que usualmente se construye en torno a un delicado balance de bestialidad física y facciones que proyecten la dosis adecuada de inteligencia y malicia.

Pero claro, si Hamy fuera el nuevo Statham no estaríamos hablando de él, ya que lo verdaderamente interesante de este joven actor han sido sus atípicas decisiones artísticas, que al día de hoy prácticamente le imposibilitan entrar en el ultraconservador mundo de las franquicias y los blockbusters estadounidenses, ¿o acaso creen que Chris Hemsworth habría conseguido el papel de esa descafeinada versión hollywoodense del dios Thor si años atrás, en una película portuguesa, le hubiera hecho el amor a Cristo en una tierna escena homosexual? Buena suerte tocando puertas en Los Ángeles con eso a cuestas.

Pero a Hamy esto le importa más bien poco, y si de algo no se le puede acusar es de ingenuidad, ya que el “joven” de 34 años se inició a los dieciséis en el salvaje y caníbal mundo del modelaje –véase The Neon Demon para mayores referencias conceptuales– para posteriormente combinar el placer egotista de las pasarelas y los anuncios con el artístico de la escultura, disciplina que hasta el día de hoy continúa ejercitando como su verdadera pasión, y gracias a la que pudo montarse su propia galería de arte.

Con estos antecedentes resulta entendible que “el nuevo chico malo del cine francés”, como muchos lo llamaron en sus inicios histriónicos, o “el actor más prometedor de Francia” cuando la crítica lo vio en Suzanne, haya preferido salir en una película del siempre polémico João Pedro Rodrigues, y bautizarse en pantalla con la orina de un chamán pagano en vez de mudarse a Hollywood para filmar su primera comedia romántica junto a alguna sucedánea genérica de Scarlett Johansson.

Es de esa forma que, alejado de cualquier atisbo de los roles para los que su cuerpo podría predisponerlo, Hamy se ha forjado en los últimos tres años una peculiar carrera centrada en notables papeles secundarios dentro del cine francés de autor, estrenándose en la pantalla grande como amante de Catherine Deneuve en la tercer película de la directora y actriz francesa Emmanuelle Bercot, para también ese mismo año participar bajo las órdenes de otra mano femenina en Suzanne, cinta escrita y dirigida por la marfileña Katell Quillévéré, en la que Hamy interpreta al gángster bajo cuya influencia cae una joven madre, que verá cómo su vida se escurre irremediablemente por las alcantarillas de la vida.

El filme, que conquistó tres premios en el festival de Tesalónica y un premio César (los Oscar franceses) a mejor actriz de reparto, lanzó a Hamy a los reflectores de la prensa gala tras su nominación a “Meilleur espoir masculin” (actor más prometedor del año), apareciendo en un sinfín de tabloides que querían en su portada la cara del nuevo chico dorado del cine francés.

Sin embargo, la integridad artística de Hamy, que tal vez sea su mayor atractivo en un mundo repleto de caras perfectamente esculpidas, lo mantuvo en papeles de gran intensidad dramática evitando que se convirtiera en un poster-boy desechable, invirtiendo todo un año tras el éxito de Suzanne en la elaboración de cortometrajes de poca o nula distribución comercial, y reactivándose en el 2015 con un papel modesto en la elogiada Mon Roi –cinta dirigida por Maïwenn y protagonizada por Vincent Cassell y Emmanuelle Bercot–, así como con una aparición secundaria pero un poco más vistosa en el thriller Disorder, de Alice Winocour, y finalmente con una breve pero notable participación en el proyecto Lettres Grandes, donde desde su estudio de escultor realiza una extraordinaria lectura de una de las cartas más emotivas que Vincent van Gogh le escribió a su hermano Theo.

Sin embargo, el gran retorno de Hamy, y el primer papel verdaderamente protagónico en su aún cortísima carrera ocurre en O Ornitólogo: película cuya atípica narrativa lo coloca en los zapatos de Fernando: un ornitólogo portugués (los escasos diálogos que Hamy espeta a lo largo del metraje son doblados por la voz del director João Pedro Rodrigues, quien a su vez tiene un papel tan breve como crucial/demencial en los últimos minutos del filme) que tras ser arrastrado por una violenta corriente fluvial es rescatado por dos turistas chinas que han perdido el camino en su peregrinación a Santiago de Compostela.

Poco dinamismo podría esperarse de una película cuyo protagonista profesa uno de los oficios más pasivos que pueden encontrarse en la actualidad, sin embargo, tras los primeros veinte minutos de hipnótica contemplación avícola, filmados por la virtuosa cámara de Rui Poças –fotógrafo de cabecera de João Pedro Rodrigues–, la narrativa del filme comienza a salirse de control en un extraordinario viaje iniciático, donde el protagonista comienza a enfrentarse a situaciones muy similares a las vividas siglos atrás por San Antonio de Padua –con quien además comparte el nombre bautismal de Fernando– para luego experimentar, a través de varios episodios cargados de un extraordinario manejo de la semiótica católica y la blasfemia más exquisita, una gradual transformación que lo hace pasar de ese hombre contemplativo que ha negado su corporeidad en pos de la admiración de la naturaleza, a un hombre que descubre el complejo universo de la sensualidad corpórea, y la potente relación que ésta mantiene con la amoralidad de esa naturaleza en la que el amor y el odio, el sexo y el asesinato, coexisten como manifestaciones ineludibles de la vida.

“Si uno quiere estar vivo no debe tener miedo a hacer cosas erróneas; a equivocarse. Muchos piensan que el camino para ser bueno está en nunca dañar a nadie. Eso es una mentira que conduce al estancamiento y a la mediocridad. Cuando veas un lienzo en blanco retándote con su imbecilidad, simplemente atácalo…” Las palabras de van Gogh brotan de la garganta de Hamy y rebotan en las paredes que encierran esa exhibición de atrocidades y bellezas que es su estudio escultórico. Poseído por van Gogh, Hamy habla del valor del artista y, de forma tal vez fortuita, describe lo que ha sido su carrera como actor y creador: una poderosa rebeldía contra lo esperado, y un constante desprecio a la decisión fácil, a la opción segura. En este momento de su carrera Hamy se balancea en la cuerda que el virtuosismo suele tender sobre el abismo del olvido. De momento ha logrado mantener el equilibrio. Ahora sólo queda esperar que cuando volvamos a abrir los ojos, el mal llamado nuevo chico malo del cine francés siga ahí.

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