martes, 4 de abril de 2017

Nocturama (2016)

A veces parecemos olvidar que el mundo es una jungla, e inmersos en ese olvido –que por momentos pareciera más bien un mecanismo de defensa mental– intentamos vernos como algo más que animales; como algo más que depredadores cuyo único propósito es devastar su entorno de la forma más óptima y placentera posible. Sin embargo, de vez en cuando la realidad se presenta ante nosotros de forma epifánica, y la idea del ser humano como catalizador supremo de belleza y bondad queda enterrada bajo el estruendo de los edificios que colapsan, bajo el poder de las bombas, y bajo los cuerpos de otros seres humanos que aullan y se apilan unos sobre otros en las pantallas HD de nuestras casas. Es ahí cuando por un instante nos redescubrimos en toda nuestra aterradora y gloriosa animalidad.

El problema es que estos impactos son temporales, y la humildad que deviene de la tragedia suele ser sustituida casi de inmediato por la furia bélica que ha alimentado a la humanidad desde tiempos inmemoriales. Lo interesante del asunto es que esa rabia animal predecible, que se ha repetido hasta el hartazgo en el proceso de fundación y consolidación de incontables civilizaciones, en las últimas décadas ha sufrido cambios profundos en cuanto a la forma en la que se engendra dentro de la juventud occidental, y en la forma en la que esa juventud la transforma en acciones.

El director y escritor francés Bertrand Bonello entiende ese cambio de paradigma generacional, en el que la ira social abandona el vehículo de los ideales para encarnarse en el completo nihilismo de una juventud cuyos motores principales son el consumo y el placer llevados al absurdo. Es este concepto filosófico el núcleo central de Nocturama: filme emocionalmente devastador que muestra las vivencias de un grupo de chicos durante la planeación y ejecución de un ataque terrorista en el corazón de París.

Parco en diálogos, el filme de Bonello utiliza la expresividad física de sus actores y una brillante puesta en escena para transmitir, con la sutileza que caracterizó al director francés en la inolvidable L'Apollonide, el complejo entramado social y cultural que se esconde bajo el resentimiento de toda una generación, construyendo a lo largo de poco más de dos horas de metraje un retrato generacional equiparable a obras fundamentales de la juventud "moderna" como La Haine o American History X.

Bonello intenta y consigue que los millennials terroristas que protagonizan su película funcionen como una alegoría convincente de la juventud francesa, extrayendo a cada personaje de un muy particular entorno cultural y socioeconómico, para engendrar un rico rompecabezas en el que cada pieza contrasta su origen cultural y lo enfrenta con sus a veces risibles, a veces terribles, y a veces incomprensibles motivaciones modernas.

Impecable resulta el tratamiento estético de Bonello y el fotógrafo Léo Hinstin, que parte de la magnificencia primermundista de un París luminoso, para luego encerrar a sus personajes en una atmósfera claustrofóbica y renegrida que, aderezada por un inmejorable soundtrack pop, los hace sucumbir ante la crueldad inaudita de la realidad, en un último acto que establece más de un paralelismo estético y narrativo con la conclusión de la terrible Salò o le 120 giornate di Sodoma, de Pier Paolo Pasolini.

Asqueados de la sociedad en la que viven, pero profundamente seducidos por los ideales más básicos de consumo y glamour, los protagonistas de Nocturama son cúmulos de contradicciones que colisionan en un caos que deviene en tragedia, pero no esa tragedia cargada de explosiones que acapara los noticieros, sino aquella que ocurre de forma lenta, silenciosa, y casi imperceptible, en la mente de la juventud.

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