lunes, 12 de junio de 2017

Possession (1981)

Entonces, oh belleza mía, di a los gusanos
que te comerán a besos,
¡que he guardado la forma y la esencia divina 
de mis amores descompuestos!

Una carroña - Charles Baudelaire


Un subgénero del horror que siempre me ha fascinado es aquel que se construye en torno a la histeria femenina: ese mítico término acuñado en el siglo XIX durante los albores del psicoanálisis, que englobaba todos los padecimientos asociados a las neurosis femeninas de carácter sexual. La palabra "histeria", que posteriormente se utilizaría de forma coloquial y errónea como una etiqueta que el sexo masculino asignaría a todos los comportamientos femeninos que escapan a su comprensión, está dotada de un cierto misterio y una cierta violencia, que emanan del temor masculino a la irrestricción psicosexual de un género tradicionalmente subyugado y sumiso. ¿Y qué es el cine de terror sino misterio y violencia?

El director polaco Andrzej Zulawski, discípulo del legendario Andrzej Wajda, retoma en Possession los perturbadores códigos histéricos orientados al horror que Polanski explotó en Repulsion, para combinarlos con una brillante narrativa dramático-neurótica reminiscente de A Woman Under the Influence, de John Cassavetes, y finalmente mezclar esos ingredientes en un ambiente de surrealismo cronenbergiano a la Videodrome. ¿El resultado?: un coctel conceptual verdaderamente explosivo y una de las mejores películas de terror de la historia.

Un espía regresa a casa tras verse envuelto en una compleja misión y descubre que su esposa ha decidido abandonarlo. Obsesionado por las causas detrás de lo que considera una decisión inexplicable, el protagonista decide emprender una investigación para encontrar al amante que trastornó la mente de su esposa, sin sospechar que los motivos que se esconden tras la ruptura y tras el comportamiento cada vez más errático de su cónyuge son tan inesperados como grotescos.

Escrito por Zulawski durante su divorcio, el guión de Possession es un glorioso compendio de géneros, con elementos que van desde el gore asociado al cine de explotación hasta las complejidades filosóficas derivadas del más depurado cine de autor, exhibidas mediante una truculenta maquinaria narrativa que funciona gracias a las extraordinarias actuaciones de Sam Neill e Isabelle Adjani, quienes dan vida a una de las parejas más disfuncionales y perturbadoras que engendró el cine de la segunda mitad del siglo XX.

La potencia física del rol de Adjani –a la que el calificativo de salvaje le queda corto– es una de las interpretaciones más memorables que ha dado el cine de terror en toda su historia. Actuación que le valió el premio a la mejor actriz del festival de Cannes, y que la sumió en una crisis psíquica de la que, según palabras de la propia Adjani, jamás consiguió recuperarse del todo.

En cuanto a los aspectos técnicos de la cinta, la renegrida atmósfera del filme es cortesía de la lente azulada y verdosa del fotógrafo Bruno Nuytten, así como del brillante trabajo de Carlo Rambaldi –experto en efectos especiales que ganaría por esas fechas dos premios Oscar, el primero por Alien y el segundo por E.T.–.

Automutilaciones, asesinatos, una sexualidad rallana en lo sci-fi, y muchos fluidos, son los adornos de una historia que en su núcleo habla de los horrores del amor y de la patológica manía con la que el ser humano toma posesión de una pareja. El hombre para Zulawski es un ser obsesionado con la pertenencia, que en su incapacidad de abandonar lo que percibe como suyo termina consumiendo compulsivamente al otro, sin importar lo violento que pueda resultar el proceso. El hombre para Zulawski es un animal que prefiere incendiar a abandonar. Lo más aterrador del asunto es que, por momentos, dentro de esa narrativa descabellada y violenta encontramos atisbos de nosotros mismos. Flashazos fugaces en los que reconocemos nuestra cara, plantada ahí, en el centro de toda esa cacofonía de alaridos.

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