viernes, 7 de julio de 2017

It Comes at Night (2017)

Ves una mano tirada en el pavimento. Te horroriza pero no puedes apartar la vista. ¿Es real? ¿Es producto de un accidente? ¿Cuál es su historia? Estamos diseñados para obsesionarnos con la resolución de un buen misterio, y mientras más nos impacte más lo analizamos, diseccionando hasta el último detalle y elucubrando sobre las causas y los detonantes de aquella incógnita inasible. El aún vigente éxito del género policíaco en películas, en series o en novelas, lo avala: somos junkies de todo lo que no podemos entender.

It Comes at Night, la segunda cinta del joven director norteamericano Trey Edward Shults, quien ahora dirige bajo el cobijo de la cada vez más interesante casa productora A24 –cuyo afán por impulsar guiones atípicos ha dado lugar a filmes del calibre de Spring Breakers, Enemy, Under the Skin o The Lobster– es una cinta verdaderamente hábil en cuanto a la forma en la que se presenta frente al espectador.

Comencemos por el título y la campaña publicitaria, que de inmediato nos remiten a la presencia de un ser maligno, que como era de esperarse hace su aparición por las noches. Con esos datos, la mente del consumidor de cine casual se posiciona de inmediato en la idea de que se encuentra frente a una cinta clásica de terror, en la que un grupo de personas deberá sobrevivir a los ataques de un ser grotesco que los violentará por las noches. Nada más alejado de la verdad.

El engaño dramático de Shults va más allá del título, ya que la película arranca desde los caminos comunes del cine de horror genérico, para atrapar por completo a sus espectadores mediante la noción de misterio: planteando la historia de una familia (padre, madre e hijo) que vive aislada en medio del bosque tras lo que parece haber sido un evento apocalíptico desatado por un virus mortal. ¿Cómo llegaron ahí? ¿Por qué el padre es blanco y la madre y el hijo negros? ¿Hay zombies? ¿Qué será la cosa que viene de noche? Shults dedica un tercio de la cinta a enganchar y engañar a su público, y una vez que lo siente en la palma de su mano, lo conduce por un intenso e inesperado viaje al que el espectador promedio nunca habría querido asistir.

Shults construye una atmósfera opresiva que pone a prueba el virtuosismo del fotógrafo Drew Daniels, al estar filmada casi en su totalidad en los pasillos y recámaras de la casa familiar. Ese entorno opresivo y sumido en la penumbra actúa como un golpe directo al espectador, que terminará por ver sus nervios destrozados con los acordes de la estupenda banda sonora de Brian McOmber, que potencia la creciente incomodidad del filme hasta niveles casi intolerables.

Poco más se puede decir de la cinta sin arruinar los derroteros por los que sus giros narrativos conducen al espectador, sin embargo, lo que si se puede afirmar es que Shults construye en hora y media de metraje uno de los thrillers más devastadores que se hayan visto en fechas recientes. Planteando en un inicio casi con sonrisa malévola todos y cada uno de los valores que creemos nos hacen humanos, para luego demolerlos con implacable violencia al enfrentarlos a nuestro instinto animal de supervivencia. Siempre hemos sabido que la civilidad, la empatía y la bondad no son mas que lujos asociados a un mínimo estado de bienestar, pero aún sabiendo esto, la destrucción que Shults hace de la civilización occidental en ese pequeño y grotesco microcosmos boscoso, no deja de ser aterradora, insoportable y memorable.

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