miércoles, 16 de agosto de 2017

Der müde Tod (Destiny) (1921)

Chacal, esqueleto, parca, hombre siniestro o mujer hermosa, la muerte ha tenido tantas representaciones como culturas han poblado la Tierra, y es a través de esos arquetipos que el hombre a intentado dotar de sentido al mayor de sus temores: la desaparición del ser.

Esa compleja mitología metafísica, cuyo objetivo primordial es mitigar la angustia que deviene de imaginar la súbita transformación de nuestros cuerpos en composta, ha sido uno de los temas más recurrentes en la historia del arte. Este fenómeno resulta entendible dadas las infinitas posibilidades estéticas de ese más allá que nadie ha visto, y también porque a través del arte buscamos combatir al segundo gran temor del ser humano después de la muerte: el olvido. Sentimiento encarnado en la idea (bastante probable) de que en un siglo nadie nos recordará, y de que nuestro paso por esta vida será a la vez tan importante y tan intrascendente como el de un minúsculo engrane en una maquinaria monstruosa.

Es la muerte en toda su funesta magnificencia el tema central de Der müde Tod, el primer filme verdaderamente trascendente en la carrera del director austriaco Fritz Lang, que coescribió junto a su esposa Thea von Harbou (antes de separarse de ella tras su conversión al fascismo), y que protagonizó Bernhard Goetzke: una de las caras más potentes del cine alemán silente.

La visión de Lang, que se ancla en el mito germánico tradicional de la muerte representada como un hombre lúgubre y silencioso, tiene la particularidad de mostrar al famoso recolector de almas como un ser agobiado por su trabajo y por la brutalidad con la que debe ejecutarlo, encontrando en la protagonista del filme –una mujer felizmente enamorada que sufre la inesperada muerte de su prometido– la excusa perfecta para relajar sus reglas inquebrantables, prometiéndole el regreso del ser amado con la condición de que consiga evitar el fallecimiento de una de las próximas tres personas que morirán alrededor del mundo.

Es entonces que la cinta se transforma en un bellísimo tríptico en el que Lang se desplaza a Medio Oriente, a Venecia y finalmente a China, construyendo en cada locación un idilio romántico que irremediablemente termina con el triunfo de la muerte y con la devastación emocional de la protagonista.

Más allá de los meticulosos sets en los que Lang reconstruye con obsesividad milimétrica las atmósferas predominantes de cada una de las ciudades y culturas que aborda, y más allá de la riqueza de cada uno de los microrrelatos, que se ensamblan desde la poética del deseo y que a pesar de construirse en torno al romanticismo se alejan por completo de los clichés típicos del género, lo verdaderamente sobresaliente del filme es reconocer la profunda influencia que tuvo en la representación de la muerte dentro de cintas que se verían décadas después: ahí tenemos a Bernhard Goetzke como un antecedente innegable de la célebre muerte bergmaniana de The Seventh Seal; ahí tenemos también a la mítica cueva de Macario, repleta de tantas velas como almas, que filmaría con virtuosismo Gabriel Figueroa cuarenta años después; e incluso efectos especiales como el de la alfombra voladora, que tres años más tarde se haría famoso en The Thief of Bagdad, son aspectos que Lang antecede en esta cinta verdaderamente epifánica.

Película fundacional para la carrera de Fritz Lang y para el cine en general, Der müde Tod es una de esas cintas que no goza de la fama que debería tener, tal vez por la desmedida cantidad de obras maestras en la filmografía de su creador, o por esos golpes del destino que convierten al juicio artístico en un verdadero misterio. Sea como sea, esta obra es obligada para cualquier amante, no del cine, sino de la belleza en general.

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