miércoles, 9 de agosto de 2017

The Beguiled (1971)

Pocas falacias tan recurrentes en la actualidad como la mal llamada "libertad de expresión". La idea generalizada de que vivimos en una época que respeta más que cualquier otra el derecho de exponer ante la opinión pública cualquier punto de vista, es una falsedad que ha inoculado de forma gradual pero persistente a toda la cultura occidental que, en un obsesivo esfuerzo por percibirse bondadosa, se ha colocado a sí misma las etiquetas de tolerante y diversa.

Para ejemplificar lo anterior no hace falta mas que comparar las temáticas del cine comercial de los años setenta con las del cine contemporáneo. Sí, en los setenta también había comedias románticas y pésimas producciones, sin embargo, al contemplar las apuestas más arriesgadas de los grandes estudios de aquella lejana década encontramos que no hay parangón con lo que hoy en día se ve en la gran pantalla. Cintas como Bring Me The Head of Alfredo Garcia, The Deer Hunter, A Clockwork Orange, Deliverance, y muchas más, hoy serían cintas infilmables, cuyas espinosas temáticas y su estilo fílmico sin concesión alguna para el espectador provocaría calificativos como "sexista", "machista", "racista", "ofensiva", y alejaría de inmediato a cualquier estudio medianamente grande del siglo XXI.

The Beguiled es precisamente una de esas bellísimas cintas que hoy serían infilmables. Dirigida por Don Siegel en el pico de sus habilidades directoriales –ese mismo año estrenaría la legendaria Dirty Harry, también de la mano de Clint Eastwood– el filme, ambientado en la Guerra Civil Estadounidense, relata la reclusión de un soldado de La Unión en un internado de mujeres dentro de territorio confederado, tras ser rescatado al borde de la muerte por una de las alumnas y curado en el interior del recinto.

El cónclave femenino, inicialmente dispuesto a entregar al soldado a las autoridades confederadas tras sanar sus heridas, reconsidera su posición al experimentar los encantos físicos del joven símbolo masculino, que interpretado por un encantador Clint Eastwood se convierte en objeto del deseo de maestras y discípulas por igual, despertando en ellas una posesividad sexual que inicia como un inocente juego pero que deviene en terrible brutalidad.

Siegel adapta la novela homónima de Thomas Cullinan en clave de brillante estudio de la manipulación sexual, presentando a un grupo de personajes femeninos que inicialmente se exhiben como inocentes arquetipos de la represión sexual, pero que gradualmente se adueñan del destino del soldado (que inicialmente se percibe como amo y señor de la situación) con un poderío y una perversidad vengativa que por momentos pareciera rayar en lo psicótico, pero que en ningún momento se presenta como un "trastorno histérico", sino más como una violenta y aterradora emancipación femenina.

Siegel construye a sus personajes con inusitada maestría –las actuaciones de Geraldine Page, Elizabeth Hartman y el propio Eastwood son dignas de guardarse en la memoria– y la atmósfera del filme está completamente construída en torno a una sexualidad prohibida, casi animal, capaz de excitar tanto a la decana del lugar como a la más pequeña de las alumnas, construyéndose a lo largo del metraje un discurso que parte de un machismo recalcitrante y termina en un violento manifiesto feminista. Inconcebible sería ahora una cinta con esa secuencia inicial en la que Eastwood, herido y al borde del colapso físico, encuentra a la pequeña de ¿13? ¿14? años que lo salva, y encendido por la cercanía de la muerte y la sexualidad del soldado que no ha visto a una mujer en meses comienza a besarla apasionadamente. Inconcebible sería también esbozar en esta época a un colectivo femenino con las características de esa maravillosa jauría irredenta comandada por Geraldine Page. ¡Maldito machista! gritarían algunos ¡maldito feminista! gritarían otros. Don Siegel nos volvería locos.

Ni qué decir de las virtudes de la banda sonora de Lalo Schifrin, o de la maravillosa fotografía de Bruce Surtees, que en su extraordinaria secuencia inicial pasa de los tonos sepia de las fotografías clásicas de la guerra civil al glorioso technicolor, para luego construir ese ambiente campirano de prístina pureza sexual, que gradualmente se ensombrece conforme avanza el metraje.

Después de ver esta pieza sobresaliente de cine resulta deprimente leer que pronto se estrenará un remake dirigido por Sofia Coppola. El cine hollywoodense descafeinado y deslactosado vuelve a hacer de las suyas. Esperemos lo mejor, pero temamos lo peor.

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