lunes, 13 de noviembre de 2017

Manifesto (2017)

Visto como una declaración de intenciones, y llevado a la práctica como un manual rector del espíritu creador, la figura del manifiesto ha servido como carta de presentación –sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XIX– de los múltiples movimientos artísticos y sociales que han surgido alrededor del planeta. Desde el célebre manifiesto del partido comunista, emanado de la mente de Marx y Engels, hasta los diez mandamientos del cine Dogma, ideados por Lars von Trier y Thomas Vinterberg, los manifiestos han quedado como ladrillos sobre los que se erigen las paredes de buena parte de nuestra cultura.

Es en el espíritu de honrar a esos documentos fundamentales que el artista alemán Julian Rosefeldt desarrolló la idea detrás de Manifesto: una videoinstalación que eventualmente se transformó en un largometraje construido en torno a las capacidades histriónicas de Cate Blanchett, quien durante 90 minutos se dedica a recitar extractos de algunos de los manifiestos que dieron forma al siglo XX, encarnando durante dichas declamaciones a doce personajes distintos.

La concepción del filme, que en un principio suena interesante tanto para desenterrar algunos de los textos más trascendentes del siglo XX como para ver el rango actoral de Blanchett, termina evidenciándose como un rotundo fracaso. Por un lado, la selección y el maridaje que Rosefeldt hace de los textos en cada uno de los capítulos de la cinta naufraga en la inconexión de un cúmulo de ideas que ancladas a un contexto histórico y a un todo literario resultan brillantes, pero desconectadas y mezcladas en secuencias de diez minutos se perciben pretenciosas y vacías, como el balbuceo de un estudiante de primer semestre de Filosofía.

La poca pericia discursiva del remix de manifiestos compuesto por Rosefeldt sólo se ve superada en torpeza por las desbocadas representaciones dramáticas de Blanchett: una actriz que suelo admirar, pero que en esta ocasión anida a todos y cada uno de sus personajes en el melodrama desmesurado y artificial, que lejos de crear una multitud de seres lo único que consigue es evidenciar el drama de una actriz que quiere pero no puede humanizar a un grupo de caricaturas antropomorfas.

Lo único que salva a este catálogo de aforismos contradictorios es el brillante tratamiento estético que Rosefeldt concibe junto al fotógrafo Christoph Krauss, en un despliegue visual de gran inventiva que combate al tedio argumental con imágenes de hipnótica belleza industrial, que en más de una ocasión se transforman en planos secuencia dignos de enmarcar –véase la ígnea secuencia inaugural del filme (que tal vez sea la única que consigue combinar con éxito el material literario); el plano secuencia dentro de la casa de bolsa; o la escena del cuarto con el monolito kubrickiano.

En fin. Manifesto es una prueba más de que lo bello no necesariamente es brillante, y viceversa.

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