lunes, 27 de noviembre de 2017

The Square (2017)

The job of the artist is always
to deepen the mystery
–Francis Bacon

Uno de los leitmotivs más recurrentes dentro del discurso del ciudadano occidental promedio es la descalificación del arte contemporáneo. Blanco fácil de todo aquel que haya cruzado las puertas de un museo, el arte vanguardista suele catalizar sentimientos de odio y desdén en los espectadores que ven como una estafa la transformación de su dinero en la experiencia de ver una obra que les resulta ininteligible. Los sentimientos de aversión que el ahora venerado Jackson Pollock generó con su dripping en la década de los cuarenta son replicados de igual manera –con todo y el clásico "yo también podría hacer eso"– por los millones de espectadores que recorren anualmente los pasillos museísticos, transformando la frustración de no encontrar algo conocido y familiar en la inmediata descalificación del compendio de todo el arte contemporáneo.

Dicha descalificación no es del todo infundada, ya que la multiplicidad de espacios de exhibición demanda una producción artística que resulta imposible satisfacer con arte trascendente. La ecuación es sencilla: el número de museos, galerías y centros de exhibición de arte contemporáneo es siempre mayor que el número de artistas que pasarán a la historia. Por ende, la posibilidad de encontrar arte intrascendente en una galería es altísima, sin embargo, asumir que todo el arte contemporáneo es basura sólo porque nos horrorizamos una vez al año con lo expuesto en Zona Maco o cualquier otra feria de arte, es una simplificación ramplona que cada vez tiene más adeptos.

Ruben Östlund, autor de la extraordinaria Force Majeure, se une al popular discurso de ataque al arte contemporáneo pero sustituyendo el lugar común del desdén fácil por una brillante exposición de situaciones que, desde la inteligencia que caracteriza al realizador sueco, desmenuzan y tratan de darle sentido a buena parte del clamor popular que se alza contra ese mundo regido por la élite económica del mundo, cuyos resultados estéticos yacen irremediablemente anclados a una teoría artística de complejidades insondables que terminan por alienar el goce del espectador promedio.

Estructurado en torno a un conjunto de viñetas cuyo centro es la cotidianidad del curador en jefe de un museo en Estocolmo, The Square es un relato profundamente ambicioso que por momentos bordea la caricaturización de sus personajes (especialmente los femeninos), pero que casi siempre sale avante debido a su efectivo uso del humor negro, y al original planteamiento de las ideas centrales que Östlund implanta durante casi tres horas en la mente del espectador.

Con paciencia pero ritmo impecable The Square construye una complejísima red narrativa que extrapola los males del arte contemporáneo a la dinámica social sueca, para resolver con brillantez una descomunal cantidad de frentes de ataque que van desde la xenofobia europea hasta las inconsistencias discursivas del arte conceptual, lanzándose a la yugular de lo políticamente correcto y creando una de las experiencias cinematográficas más gloriosamente incómodas que se hayan visto en tiempos recientes.

Todo en The Square está delicadamente planeado para incomodar al espectador, desde el virtuoso manejo de cámara de Fredrik Wenzel hasta la hiriente edición sonora de la cinta, que Östlund utiliza para convertirse en el artífice de un bellísimo festival de la incomodidad –véase la fantástica secuencia inaugural con la estatua ecuestre; la secuencia del Tesla; el reencuentro desamoroso junto a la instalación de las sillas; o el performance del hombre-simio, donde la pregunta de los límites del arte queda maravillosamente irresoluta.

La tarea que Östlund asume no es la de resolver, sino la de plantear un cúmulo de preguntas capaces de sobrevivir días, semanas o años en la mente del espectador, contribuyendo a acrecentar el inasible misterio del arte, pero estableciendo de forma velada uno de los manifiestos cinematográficos más potentes que se han filmado sobre los mecanismos que hacen girar al engranaje de esa gigantesca maquinaria que decide, entre gemidos, alaridos y carretadas de billetes lo que es bello y lo que no lo es.

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