lunes, 15 de enero de 2018

The Shape of Water (2017)

Año tras año acudo al cine para ver las películas de Guillermo del Toro, y mientras las luces se apagan invariablemente cruzo los dedos para que aquello que salga del proyector sea extraordinario; y a pesar de que Del Toro se ha esmerado con cintas tan fallidas como Pacific Rim o Crimson Peak para hacerme perder la fe en sus capacidades como narrador de historias, mis esperanzas se han mantenido intactas porque sé de lo que el director mexicano puede ser capaz –imposible olvidar a El laberinto del fauno– y porque no puedo evitar caer en las garras de la encantadora personalidad de ese erudito del cine de género, amante de Fulci, de Argento, y de todos aquellos freaks que forjaron desde la marginalidad al verdadero cine de terror.

Ganadora del Globo de Oro a mejor dirección y gran favorita para la estatuilla de los Oscar según la prensa "especializada", The Shape of Water anticipaba, cuando menos, a un Del Toro inspirado y alejado de los presupuestos multimillonarios que tanto daño le hicieron a sus dos últimas cintas. Sin embargo, los primeros minutos de la historia de amor entre un monstruo acuático sudamericano y la chica que limpia el habitáculo donde yace preso, son hasta cierto punto desastrosos.

Heredero flagrante de los filmes de Jeunet y Caro, el inicio de The Shape of Water presenta todos los elementos que me hicieron odiar la popular pero aberrante Amélie. Sin embargo, conforme avanza el metraje, el forzado afrancesamiento narrativo, musical y visual de la película comienza a balancear su ñoñería con una historia que despliega sus capas narrativas desde una inteligente e inesperada sensualidad, utilizando al máximo los poderes histriónicos de la triada dorada del filme: Sally Hawkins, Octavia Spencer, y el, por suerte, cada vez más famoso Michael Shannon.

Independientemente del virtuosismo visual de la cinta –que rinde homenaje evidente a la criatura de la laguna negra, pero al mismo tiempo se alimenta de una pasmosa multireferencialidad anclada en esa estética de decadencia vetusta pero hermosa que se ha convertido en la firma del director mexicano– Del Toro consigue algo verdaderamente brillante: hilar una historia cuyos niveles de cursilería rayan en el borde de lo tolerable (echándose con esto a la bolsa a todos aquellos que con lágrimas en los ojos repetirán que la cinta trata de "la belleza de lo diferente", de "atreverte a ser tú mismo", y de que "lo que importa está en el interior") y al mismo tiempo equilibrar dicha cursilería con buenas dosis de esa oscuridad inherente a Del Toro, cuya moraleja recurrente pero efectiva suele ser que no hay monstruo más perfecto y aterrador que el ser humano (echándose con esto a la bolsa a todos los amargados como yo), para finalmente cerrar la virtuosa ecuación blockbusteriana con una buena cantidad de esa politiquería correcta que enamora a casi todos, y que enfoca buena parte de sus esfuerzos narrativos en la celebración del amor diverso y las complicaciones que ese amor conlleva en las sociedades que gustan de censurar las diferencias.

Si no conociera a Del Toro (no lo conozco, pero me atrevo a intuir) pensaría que The Shape of Water es un filme brillante en su oportunismo. Sin embargo casi puedo asegurar que esta obra, lejos de estar calculada como una ecuación perversa para satisfacer a las audiencias del siglo XXI, es una pieza de cine que se hizo con la plena convicción emocional e intelectual de su creador. Un hombre que toda su vida ha celebrado a los freaks, y que a través de ellos se percibe como un marginal orgulloso de sus diferencias. No será mi película favorita de Del Toro, pero The Shape of Water está camino a convertirse en su opus magna. Lo celebro como celebré la bellísima secuencia final de este crescendo narrativo que parte del cliché pero termina con lo que mejor sabe hacer nuestro querido gordo: sumergirnos en el horror más abismante para luego ahí, con nuestros ojos extraviados en la penumbra, golpearnos de lleno con la belleza más inesperada.

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