lunes, 26 de febrero de 2018

Lady Bird (2017)

Vista con nostalgia y amor desde el futuro, pero sufrida con descomunal intensidad en el momento de su desarrollo, la adolescencia se ha convertido en un objeto fetiche del cine hollywoodense. Objeto que durante décadas se ha explotado en un rango que va desde el humor más ramplón –véase la saga de American Pie– hasta la sutileza entrañable –véase Boyhood, de Richard Linklater– pasando también en más de una ocasión por el drama cruel –véase Kids, de Larry Clark.

En cada una de esas encarnaciones narrativas, el tema de la adolescencia tiende a invocar viejos fantasmas en la mente del espectador. Fantasmas cuya universalidad (el primer triunfo/fracaso amoroso, los recurrentes dilemas existenciales, el profundo deseo de formar parte de algo, etc.) en caso de manejarse con inteligencia, puede funcionar como un potente catalizador del vínculo emocional entre película y audiencia. Truco que en más de una ocasión ha dado pie a la veneración de obras que no necesariamente cuentan con una gran calidad fílmica, pero consiguen manipular con astucia las emociones de su público.

Es en buena medida ese fenómeno de brillante manipulación emocional lo que ha convertido a Lady Bird –el debut como directora de la actriz y guionista Greta Gerwig– en una de las películas más queridas del 2017. La historia es simple: una chica ordinaria de Sacramento, California, busca entrar a un programa de arte universitario, mientras lidia con el descubrimiento de su sexualidad; con la incapacidad de comunicarse con su madre estricta y dominante; con el anhelo de la popularidad escolar; y con las restricciones económicas de la clase media. En definitiva: una chica ordinaria de Sacramento, California, vive tu adolescencia.

Gerwig ensambla a partir de los retazos de sus guiones pasados a sus personajes más entrañables hasta la fecha: arquetipos de una adolescencia autobiográfica (ella es también oriunda de Sacramento y vivió de primera mano los avatares de esa juventud noventera) que se dibujan desde un amor por los detalles y las sutilezas de esa psique contestataria, ilusionada e imbécil que todos experimentamos en nuestros primeros años de independencia intelectual. Bellísimo resulta por ejemplo el personaje del ahora venerado Timothée Chalamet: un joven pseudo anarquista y pseudo nihilista cuyo deporte es recitar, desde la más completa indefensión intelectual, compendios de lugares comunes para apantallar jovencitas; o el también impecable personaje de Lucas Hedges, quien pone a prueba su rango histriónico tras la intensidad de Manchester by the Sea, para interpretar al primer novio de Lady Bird: un chico sensible cuyo máximo placer es actuar en el grupo teatral de la escuela; y claro, todo esto hilado a través del personaje de Lady Bird, interpretado por Saoirse Ronan, quien se destapa como una de las actrices más virtuosas de su generación al construir a esta flaneur en cuyos poderes de reflexión converge toda la energía de ese Sacramento anónimo, que Gerwig reconstruye a partir de las cenizas del divino tesoro de su juventud.

Lady Bird no es una película centrada en un argumento, sino en la construcción de un conjunto de personajes y su interacción con las intrascendencias de lo cotidiano. Una hábil manipulación emocional que nos desdobla nuestra propia juventud a través de viñetas que, a pesar de no establecer una conexión contundente con el conjunto del filme, consiguen ser lo suficientemente potentes como para, una vez encendidas las luces de la sala de cine, desear abrazar a nuestras madres. Vamos, eso tampoco es poca cosa.

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