martes, 20 de febrero de 2018

The Killing of a Sacred Deer (2017)

La crueldad es uno de los mecanismos de la psique humana que más me interesa. Ya sea por venganza o por puro placer, ese flagrante y alevoso disfrute que deviene de causar dolor físico o mental a otro ser humano es un aspecto que solemos asociar a la parte más animal de nuestro subconsciente, sin embargo, dicho mecanismo está también profundamente ligado a esa refinada inteligencia que se ubica en las antípodas de lo bestial, cuyo principal atributo radica en descubrir atisbos de belleza en lo monstruoso y lo grotesco. Bien decía Nietzsche en Así habló Zaratustra: "El hombre es el animal más cruel. En las tragedias, corridas de toros y crucifixiones es en donde mejor se ha sentido sobre la tierra; y cuando inventó para sí mismo el infierno, mirad, descubrió que ese era su cielo".

Uno de los cineastas que más se ha avocado al estudio de la crueldad es el griego Yorgos Lanthimos, quien desde su notable adaptación nihilista de El castillo de la pureza, de Arturo Ripstein, en Kynodontas, hasta su magistral alegoría del sacrificio amoroso en The Lobster, ha intentado perfilar un tratado sobre la génesis y el ejercicio de esa crueldad que valida su brutalidad al disfrazarse de aceptado constructo social.

En ese tenor, The Killing of a Sacred Deer –el más reciente esfuerzo fílmico de Lanthimos, galardonado con el premio al mejor guión del festival de Cannes– es por mucho su película más cruel, pero por desgracia también uno de sus trabajos más inconsecuentes.

Construido en torno a una premisa brillante que emerge como una suerte de inesperado giro argumental casi a la mitad del filme (giro que por supuesto no revelaré), The Killing of a Sacred Deer es un ejercicio formalista en el que Lanthimos se dedica a ejercitar nuevas vías narrativas que deslumbran por su virtuosismo visual y sonoro, pero que fracasan al construir un grandilocuente caparazón en torno a una idea que se antoja extraordinaria, mas sin embargo termina derruyéndose entre la inconsecuencia y la idiotez disfrazada de crueldad.

Colin Farrel se confirma como el actor fetiche de Lanthimos, y junto a Nicole Kidman construye de nueva cuenta otro de los ya recurrentes microcosmos del director griego, protagonizado por humanos que son meros caparazones de emociones, y cuyo doliente pulular por un mundo que no alcanzan a comprender termina, en un último y desesperado intento por desentrañar el patrón de su violento azar, con la destrucción de todo y todos.

La intuición estética de Lanthimos y su inseparable director de fotografía, Thimios Bakatakis, llega en The Killing of a Sacred Deer a un punto notable, alcanzado mediante el ejercicio de una multiplicidad de técnicas que, lejos de mostrarse impostadas como en una tesis universitaria, se perciben en todo momento necesarias y efectivas. Situación que convierte a la película en una de esas raras paradojas donde un cúmulo de buenas actuaciones, una espectacular puesta en escena, y una idea argumental brillante conducen de forma inexplicable al desastre. A pesar de todo esto, Lanthimos continúa siendo uno de los directores más interesantes en activo, e incluso sus fracasos son espectáculos fílmicos dignos de contemplarse, en este caso aunque sea para ver la mejor secuencia inicial que nos dejó el 2017.

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