lunes, 2 de abril de 2018

Ready Player One (2018)

En el mundo de los blockbusters imbéciles, Spielberg es rey. Esta máxima, que me vino a la cabeza mientras veía la secuencia homenaje que el director de Jaws le compone a la obra más terrorífica de Stanley Kubrick en Ready Player One, tiene dos vertientes interesantes: la primera enfocada a la cada vez más innegable agonía del blockbuster moderno, cuyas constantes decepciones superheroicas han llevado a más de un fracaso en taquilla, y a la desconfianza de un público que se acerca cada vez con más escepticismo a las películas de presupuestos exorbitantes; y la segunda vertiente es la respuesta de Spielberg –nos guste o no, uno de los mejores directores de cine de aventuras de la historia– a esa crisis del entretenimiento contemporáneo, con una película futurista que se nutre de los paradigmas más innovadores de la cultura millennial, pero cuya narrativa se construye casi por completo a partir de las fórmulas probadas del cine de acción y aventura de los años ochenta. ¿Quién está más autorizado a usar esas reglas sino el tipo que las inventó?.

Basada en la exitosa novela homónima de Ernest Cline –quien también participó en el guión de la película– Ready Player One relata las aventuras de un joven que vive en un futuro distópico en el que la humanidad ha dejado de preocuparse por su entorno real, para refugiarse en un simulador de realidad virtual llamado Oasis. El simulador, que funciona como un gigantesco juego online, y en el que aparentemente están inscritos todos los seres humanos del planeta (por supuesto para Hollywood, Estados Unidos es todo el planeta) le permite a los usuarios, al más puro estilo de Final Fantasy y demás juegos similares, construir un avatar que represente todo lo que ellos desearían ser, e interactuar con sus congéneres a través de ese vistoso cascarón virtual.

El meollo de la trama se activa cuando el creador del juego muere, y en un último video deja estipulado que aquel que encuentre las tres llaves mágicas ocultas en el simulador recibirá control absoluto del juego, y por tanto se convertirá en el hombre más importante y poderoso del mundo. Ah, y por cierto, se me olvidaba decir que al ser un fanático empedernido de la cultura pop de los ochenta, el anciano geek creador del Oasis escondió sus llaves entre una miríada de pistas pop, especialmente diseñadas para hacer salivar a los fanáticos del ATARI 2600 y del DeLorean DMC-12.

Breve nota al pie: resulta por demás interesante que el dilema de la cinta no se centre en arreglar la cruel distopia de un mundo deshumanizado por la tecnología (SPOILER: al final del filme la humanidad sigue igual de jodida que en un principio, sólo que con nuevos capataces), sino en la lucha por mantener a un aberrante monopolio funcionando justo como siempre había funcionado. Esto dice mucho de la mentalidad ultraconservadora occidental y de la brillantez de Spielberg, que involuntariamente o no critica a sus espectadores al revelarles, de forma no tan velada, que ese deseo de que todo permanezca igual (entiéndase: la nostalgia que fundamenta toda la película y buena parte del entretenimiento del siglo XXI) es en gran medida lo que ha transformado al mundo en un basurero intelectual. En fin... Fin de la nota.

Spielberg adopta algunos aspectos de la estructura narrativa del blockbuster moderno, con su referencialidad obsesiva y sus momentos de desbocado frenetismo visual –véase la alucinante secuencia de la carrera de autos– pero sin embargo decide conservar en prácticamente todo el metraje la construcción clásica del cine de aventuras de la década de los ochenta, con una trama lineal de obstáculos que se superan uno tras otro; con personajes carentes de contextualización dramática que se vuelven entrañables por cosas tan simples como el uso del humor o la presencia de valores tan básicos como la amistad; y con una omnipresente atmósfera de ñoñería (en el mejor sentido de la palabra), que bordea en todo momento los límites de la cursilería y la gratuidad referencial, pero que sale avante gracias a la maestría de un director que conoce de memoria –a diferencia de todos los involucrados en el mundo DC, MARVEL, etc– los botones que debe presionar para generar una sensación de genuina diversión en su público.

Entretenida sucesión de clichés romántico-aventureros, Ready Player One es un filme que funciona porque en todo momento se niega a tomarse en serio, rechazando esa solemnidad barata y mal hecha que ha impregnado a buena parte de las películas sci-fi/superheroicas contemporáneas, y abrazando con fuerza los valores narrativos de ese cine de entretenimiento que al analizarse con lupa puede parecer idiota, pero que en su innegable estupidez (cuando se ejecuta de forma correcta) consigue despertar esa respuesta visceral de profunda felicidad que desatan joyas del entretenimiento puro y duro como The Goonies o la trilogía de Indiana Jones (olvidemos por un momento que existe una cuarta película).

¿Superficial?: sí. ¿Diseñada explicitamente para el éxito comercial?: por supuesto. Justo como una buena montaña rusa. ¿Y quién puede criticar una montaña rusa cuando hace justo lo que se espera de ella?

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