martes, 29 de mayo de 2018

You Were Never Really Here (2018)

Dentro de los deseos de fama, fortuna y reconocimiento que la modernidad ha implantado en la cabeza de los creadores cinematográficos a través de su star system, yace oculto el deseo de trascender; de ser recordados como innovadores, como grandes narradores, o como excéntricos genios de la lente. Sin embargo, la trascendencia está ligada casi de forma irremediable a la creación de una firma: un estilo indeleble que nos permite reconocer a cineastas como Bergman, Kubrick, Allen, Tarkovsky, Reygadas, etc. dada la composición o el estilo narrativo de una escena.

Crear un estilo que no remita al público a otro autor, o que a pesar de remitirnos a otro creador nos revele de inmediato al verdadero artífice de la secuencia, es una tarea de dificultades insondables. "No hay nada nuevo bajo el sol", rezaba el rey Salomón en el libro del Eclesiastés, sin embargo, a pesar de ello, la búsqueda incansable de un estilo propio funciona de forma inevitable como uno de los ejes rectores del proceso creativo.

Es por lo anterior que disfruto cada vez más seguir la poco prolífica carrera de la directora escocesa Lynne Ramsay, quien después de We Need to Talk About Kevin –cinta de la que desgraciadamente se habló mucho por la crudeza de su trama, y no por su brillante propuesta estético-narrativa– tardó casi siete años en presentarnos su nueva oda a la muerte del sueño americano: You Were Never Really Here.

La cinta, que inicia con un pequeño prólogo en el que de inmediato hace su aparición ese brillante maridaje de imágenes y música, casi sin diálogos, con el que Ramsay suele contar sus historias, y con el que ha formado un estilo que está a un paso de volverse ya marca de autor (qué gozada atestiguar el proceso de formación de un estilo genuino en un autor), narra la historia de un veterano de guerra que, alienado de la sociedad tras los horrores del conflicto afgano, decide reinsertarse en el país que lo utilizó como una especie de asesino a sueldo.

Es Joaquin Phoenix el encargado de dar vida a ese cascarón humano completamente vacío, cuyos únicos placeres son la autoasfixia y el cuidado de su anciana madre. Balance delicado pero estable que se quiebra cuando recibe el encargo de recuperar a la hija de un senador de las garras de un terrible círculo de prostitución infantil.

Ramsay nos regala un bellísimo thriller compuesto en clave de rompecabezas audiovisual, cuya parquedad dialoguística se equilibra con la brillante fragmentación de una historia que se cuenta, al más puro estilo del cinéma pur, mediante una consecución de imágenes que hablan por sí mismas, y que desenvuelven de forma eficiente y sutil una historia narrada a través de pequeñísimos guiños que reclaman toda la atención del espectador.

Punto y aparte merece la mención de la alucinante banda sonora de Johnny Greenwood, quien con lo hecho en los últimos cinco años, y con esta mezcla de sintetizadores ochenteros y demenciales momentos de cuerdas –que en los instantes más álgidos de la narrativa casi nos remiten al sonido de un tronco antiquísimo que se rasga– se ha convertido a mi gusto en uno de los tres mejores compositores de bandas sonoras en activo.

De mínima puesta en escena, You Were Never Really Here retrata los engranajes más negros de un país herido e insensibilizado por la guerra, traicionado por su clase política, y carente de cualquier ilusión vital más allá de la supervivencia. Para Ramsay el sueño americano ha muerto, y lo que queda somos nosotros, una raza de protohumanos que a pesar de tener destellos de bondad, en nuestra esencia hemos abandonado cualquier ideal de lucha por un bien común, devorando con crueldad y desesperación el cadáver del mundo. En los últimos segundos del metraje, Ramsay nos augura una remota posibilidad de redención, sin embargo, al repensarla una vez abandonada la sala de cine, esa redención se antoja imposible, recordándonos que, en más de una ocasión, los finales felices se encuentran revestidos con la promesa de un futuro horror.

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