lunes, 13 de agosto de 2018

A Quiet Place (2018)

Una de las cosas que más disfruto del buen cine de horror es su habilidad para deconstruir aspectos fundamentales de la sociedad a partir del exceso. Es esa posibilidad de plantear universos que se rebelan contra las reglas más elementales de la lógica humana lo que le permite al horror y a la ciencia ficción –cuando se ejecutan con habilidad e inteligencia– poner en entredicho valores fundamentales del ser humano con una contundencia difícilmente alcanzable mediante el realismo dramático.

Por si fuera poco, mi gusto por el terror se ha visto recompensado por el hecho de que estamos viviendo una de las eras doradas del género, impulsada por cineastas visionarios que han decidido maridar al horror con la intencionalidad de un cine que aspira a mucho más que el entretenimiento fácil, y que mediante obras magistrales como The VVitch, It Follows, Only Lovers Left Alive, A Girl Walks Home Alone At Night, y muchas más, han conseguido enterrar aún más la burda noción de que el terror no puede concebirse como un género digno de respeto artístico.

La última gran sorpresa dentro del género terrorífico proviene de un derrotero inesperado: John Krasinski. Ese actor bonachón y entrañable que arrancó carcajadas con su papel de Jim en la magistral serie estadounidense The Office, inaugura su carrera de director cinematográfico con un filme de horror inventivo, minimalista y de gran ejecución.

Una familia es la única sociedad en kilómetros a la redonda de una ciudad devastada por un grupo de voraces aliens arácnidos. Madre, padre, hijo e hija coexisten dentro de una granja autosustentable rodeada por cámaras de vigilancia, llevando a cabo su rutina diaria en el más absoluto silencio debido al agudísimo oído de los depredadores extraterrestres. La familia ha logrado sobrevivir en una tiránica represión sonora durante más de un año, las rutinas se han establecido, y todo pareciera indicar que pueden seguir así para siempre. Pero claro, el pequeño problema es que la madre está embarazada y, como podrán recordar, los bebés silenciosos no existen.

Con una fotografía meramente utilitaria, la cinta dirigida, parcialmente escrita, y protagonizada por Krasinski sobresale por su brillante diseño de producción, desde la bellísima estructura de resonancia craneal alienígena, hasta la planeación de las contadas pero terroríficas secuencias de acción –véase la escena del silo o la de la bañera– que funcionan como pequeñas cátedras de suspenso, edición, e incluso actuación –véase el momento en que Krasinski contempla la bañera enrojecida– que dotan a la película de una atípica presencia de delicadeza en lo trepidante.

Por si fuera poco, la cinta explora con bastante buen tino la dinámica de una sociedad moderna que, al verse reducida a su mínima expresión, encuentra refugio en las más arcaicas estructuras heteropatriarcales de separación de tareas; estructuras tribales que contribuyen al orden, pero que al enfrentarse al caos se reorganizan en torno a sus pilares de fortaleza emocional: las mujeres (vaya papeles los que interpretan Emily Blunt y la pequeña Millicent Simmonds).

Sorpresa digna de enmarcar en ese nuevo cine de terror que enorgullece por su inventiva y su calidad narrativa, A Quiet Place pone a Krasinski en el mapa de los directores que habremos de seguir muy de cerca a partir de ahora, esperando que esta vez consiga, a pesar de los contados errores de continuidad de esta entrañable oda a los amores y rencores familiares, el reconocimiento de la academia estadounidense, no para que Krasinski tenga en su sala a un ídolo dorado, sino para que mucha más gente vea esta obra magna del horror.

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