lunes, 24 de septiembre de 2018

Mandy (2018)

Todos sabemos que Nicolas Cage es una de las herramientas más complejas y arriesgadas del cine contemporáneo. Su correcto uso puede devenir en la creación de obras magnas del calibre de Leaving Las Vegas, Bringing Out the Dead, Wild at Heart o Moonstruck, pero cuando la inherente tendencia a la sobreactuación del sobrino de Francis Ford Coppola escapa a las riendas de un buen director, los resultados pueden ser desastrosos –imposible, por ejemplo, discernir si el actor protagónico del remake de The Wicker Man es Nicolas Cage o Tommy Wiseau– y es precisamente por ese factor impredecible e incendiario que Cage ocupa un lugar especial en el corazón de muchos cinéfilos que genuinamente se emocionaron (corrijo: nos emocionamos) cuando prestaron oído a los planes del demencial director italocanadiense Panos Cosmatos para utilizar a Cage como protagonista de su más reciente creación. Bien dice el refrán: los locos hacen la fiesta, y los cuerdos gozan de ella.

La trama va así: un leñador pacífico, profundamente enamorado de su esposa, ve como ésta perece de forma violenta bajo las garras de los miembros de un oscuro culto religioso y, acto seguido, procede a vengar su muerte a través de una incontenible oleada de furia. ¿Les suena familiar? Tal vez sea porque esa es la premisa del sesenta (¿setenta? ¿ochenta?) por ciento de todas las cintas pertenecientes al género rape-revenge.

Repetir un argumento no es sinónimo de fracaso o poca inventiva. Desde Ingmar Bergman con su Virgin Spring, hasta Wes Craven con su Last House on the Left, los rape-revenge films parten de una premisa ordinaria que se conecta de forma violenta con las emociones más viscerales del espectador, pero en la aparente sencillez de su trama en más de una ocasión consiguen ensamblar derroteros argumentales innovadores o cuando menos sorprendentes. Sin embargo, en las poco más de dos horas de metraje de Mandy, Panos Cosmatos le apuesta una vez más al estilo por encima del fondo, y aunque su atípica visión artística resulta por momentos refrescante, conforme la escasa narrativa de la película avanza nos percatamos de que las habilidades estilísticas de Cosmatos no son lo suficientemente potentes –a diferencia por ejemplo de las de Nicolas Winding Refn, de quien calca en buena medida la vistosa propuesta neón del filme– como para extender durante dos horas una trama capaz de resumirse en un tuit.

A pesar de lo anterior, entiendo perfectamente por qué el estreno de Mandy ha causado un eufórico revuelo, ya que Cosmatos en todo momento ancla los mecanismos de impacto de su película a los resabios más orgiásticos del cine de acción de serie B ochentero, con lo que se permite compensar en buena medida la lentitud atmosférica del filme y el fracaso de esa atmósfera para perturbar a su público.

Sumergida en una eterna bruma neón que impide al encuadre alcanzar una profundidad de más de tres metros de distancia –propuesta estilística que más que minimalista da la impresión de pobre disfraz de un presupuesto insuficiente– Mandy se debate entre el caos guionístico de un alargado prólogo amoroso pobremente escrito (pero eso sí, multirreferencial para intentar complacer a los fans de Chips, Galactus, y el rock progresivo) y la demencial segunda parte donde Cosmatos sobrecarga la cinta con crowdpleasers gore, escritos específicamente para hacer salivar a los adultos que en su ñoñez adolescente llegaron a fantasear alguna vez con un duelo de esgrima con motosierras (sí, hay un duelo de esgrima con motosierras).

Al final, y retomando el argumento inicial, el único acierto verdaderamente notable de Mandy es la forma en la que Cosmatos encarrila a Nicolas Cage a través de una actuación que, a pesar de sus pobres diálogos y de las eventuales exageraciones que incluso caen bien dentro del tono de serie B de la película, le demanda una potencia física y expresiva que hacía mucho no le veíamos, bueno... eso y el estupendo soundtrack a cargo de Jóhann Jóhannsson, que tal vez sea lo más profundamente bello y ominoso del metraje.

En la secuencia más hermosa de Mandy, Nicolas Cage maneja su auto, completamente bañado en sangre, con la visión de su mujer a un lado. El semblante de Cage, completamente fuera de sí mientras contempla el cuerpo impoluto de su amada, bien vale el boleto de entrada a la cinta. Lo único que lamento es que la atmósfera de ese instante profundamente perturbador, que se ancla en una demencia que es mezcla de alegría, psicopatía y horror, no se ejecute con la misma brillantez durante el resto del filme. Ni modo.

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