martes, 4 de septiembre de 2018

Tiempo compartido (2018)

"What has always made the state
a Hell on Earth has been precisely that man
 has tried to make it Heaven"
–Friedrich Hölderlin

Los hombres-engrane, los grises, los olvidados que operan desde el subsuelo esos mecanismos que hacen girar la ciudad, los anónimos, las sombras que con nombre pero sin identidad recorren calles anónimas, esos son los personajes sobre los que el director mexicano Sebastián Hofmann ha fundamentado las atípicas narrativas de su incipiente pero interesante filmografía.

Si hace seis años nos mostrábamos sorprendidos frente al demoledor retrato de ese policía de gimnasio convertido en zombi, que pululaba y se derretía por las calles de la Ciudad de México en la pieza de body-horror-mexa Halley, ahora Hofmann recurre a las entrañas de la lavandería de un rimbombante complejo hotelero para perfilar al personaje más interesante de su Tiempo compartido: un hombre que tras perder a su hijo pequeño es absorbido junto a su pareja por el negocio de la venta falaz de un supuesto paraíso.

La profunda infelicidad que deviene de la infernal búsqueda del paraíso y la vida perfecta en la era del Instagram, funge como núcleo narrativo sobre el que se dibuja esta historia de desencuentros emocionales; de parejas que disueltas en el tedio buscan probarse a si mismas que pueden seguir disolviéndose hasta el infinito; de animadores de alberca que lloran segundos antes de salir eufóricos a su escenario; y de una humanidad moderna que cree merecerlo todo pero en el fondo lucha desde su nacimiento frente a la tajante prohibición mediática de la infelicidad.

La historia de un padre que debe combatir la invasión de su tiempo compartido por unos extraños que dicen tener la misma reservación que él y su familia, se mezcla con la de un dostoievskiano habitante del subsuelo (estupendo Miguel Rodarte), cuya salud mental, además de pender de un hilo, es la principal amenaza del culto hotelero cuasireligioso que entrena a sus empleados para manipular de formas inimaginables los anhelos vitales de sus huéspedes.

Por desgracia, y a pesar de sus virtudes, Tiempo compartido adolece del mismo problema que Halley: una trama que se construye con paciencia y buen oficio cinematográfico, que eventualmente desemboca en la ambigüedad de un abismo de ideas desperdiciadas. Del mismo modo que el protagonista de Halley se retira –a la monstruo de Frankenstein– en un apresurado e inexplicable viaje polar, los personajes de Tiempo compartido resuelven toda la tensión que Hofmann construye con habilidad durante poco más de una hora de metraje en una catársis que le prende fuego de forma inmisericorde a las ideas más interesantes de su narrativa. Cierto, es más fácil plantear situaciones que resolverlas (y si no pregúntenle a los guionistas de Lost), sin embargo la ventaja de Hofmann es su gran habilidad para construir situaciones atípicas e interesantes. Ya sólo le queda pendiente el último paso. Esperemos que, ahora sí, la tercera sea la vencida.

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