viernes, 19 de octubre de 2018

Assassination Nation (2018)

En 1982 el cineasta canadiense David Cronenberg proclamaba en su Videodrome que "the television screen is the retina of the mind's eye". Casi cuatro décadas después del estreno de ese prodigioso y clarividente ensayo sobre el control mediático de la mente, la televisión ha sido sustituida por ese conglomerado de artilugios que englobamos en la palabra smartphone, y que, equiparado a las fantasías biológicas más retorcidas de Cronenberg se ha transformado en un órgano externo del cuerpo humano. Un órgano que, palpitante en nuestras manos, funciona ya como una extensión de nuestra cada vez más atrofiada memoria, y como receptáculo de nuestras aspiraciones intelectuales, nuestros vínculos sociales, y nuestras más ocultas fantasías.

Órgano multisensorial que las generaciones más jóvenes han convertido en el supremo intérprete de la realidad, el smartphone nos ha hecho devenir en modernos cyborgs, cuyas interacciones sociales materializan finalmente las fantasías sci-fi de autores como J.G. Ballard, quien llegó a declarar que "la sexualidad orgánica, cuerpo a cuerpo, piel con piel, se ésta haciendo impracticable... simplemente parece que nada puede tener sentido para nosotros fuera de los valores y de las experiencias del paisaje mediatico". Mas no es sólo en el ámbito social que ese órgano omnipresente ha modificado nuestro actuar, ya que el uso de los smartphones ha cambiado de forma radical el ritmo de absorción de información de los seres humanos, y ese frenetismo a su vez ha impactado de lleno al mundo del arte, modificando ritmos y estilos tanto en terrenos musicales como teatrales, pictóricos y cinematográficos.

Assassination Nation es, tanto en forma como en fondo, una clara muestra de ese fenómeno. Su construcción narrativa gira entorno a una distopia que ya está entre nosotros; un mundo que gira entorno a las relaciones personales construidas a través de la tecnología, y entorno a las máscaras que esa proyección tecnológica nos ha permitido crear. Máscaras que cada vez con más frecuencia despojamos de su condición de caretas ficticias para asumirlas como parte de nuestra propia identidad, declarando día tras día: yo soy la belleza de mi Instagram; yo soy la infinita felicidad de mi Facebook.

Estructurada a partir de una atmósfera frenética que se desdobla con inusitada vertiginosidad, la segunda cinta del director y guionista Sam Levinson sigue la caída en desgracia de un grupo de chicas que, tras verse involucradas en un escándalo de hackeo que expone el contenido de todos los teléfonos celulares de su pequeño poblado, deben pelear por sus vidas frente a una horda de ciudadanos que, al verse despojados de sus máscaras políticamente/hipócritamente correctas, devienen en monstruos que buscan recuperar sus vidas a través del establecimiento de un caos social motivado por la venganza.

El interesante estilo visual de Levinson mezcla rápidos cortes videocliperos, que de inmediato nos remiten a la saturación audiovisual propia de las redes sociales, con vistosos planos secuencia que en ningún momento mitigan el intenso ritmo narrativo del filme, pero permiten el lucimiento de complejas puestas en escena y de brillantes movimientos de cámara, cortesía del talentoso fotógrafo húngaro Marcell Rév. Todo esto aderezado con la impactante banda sonora de Ian Hultquist, que contribuye de forma inmejorable al abrumador dramatismo de ciertas secuencias, recordándonos una y otra vez que esta cinta debería verse siempre en una sala de cine con un sistema de sonido monumental.

Es de destacar también el acertado cast de actrices que componen esta cinta profundamente femenina, que en todo momento intenta presentar a sus protagonistas como adolescentes "ordinarias", con imperfecciones físicas y éticas que las alejan de los cánones clásicos del forzado embellecimiento hollywoodense.

Pero lo que más resalta del interesante ejercicio fílmico de Levinson es su cuidada ideología millennial (término burdamente vilipendiado por los idealizadores de tiempos pasados), que responde no sólo al salvaje renacimiento de los linchamientos públicos (no es casualidad que el pueblo donde se desarrolla la historia lleve por nombre Salem), sino a la falacia de nuestra supuesta evolución sociocultural, que creemos va de la mano con nuestra evolución tecnológica, sin percatarnos de que en realidad nuestro actuar sigue motivado por los instintos primarios que han guiado a la humanidad durante milenios. La tecnología para Levinson es una máscara más para disfrazar y canalizar nuestra brutalidad. Al final del día somos los mismos hombres de las cavernas pero con mejores porras y acceso a Internet.

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