miércoles, 21 de noviembre de 2018

The House That Jack Built (2018)

Si las pulsiones sexuales y homicidas no fueran, en ese orden, los ejes rectores de las fantasías masculinas, sería imposible explicar la producción cinematográfica y televisiva del siglo XXI, así como prácticamente todo el corpus artístico de la humanidad. Amor y muerte; sexualidad y homicidio, han sido dicotomías sobre las que se erigen las grandes epopeyas literarias del pasado y el presente, y es en su papel de síntesis arquetípica de esa antigüa dicotomía, que el asesino serial se ha alzado como el gran tótem de la masculinidad del siglo XXI, acaparando con fuerza las ramas más diversas de la creación cinematográfica –desde la comedia hasta el horror más puro– y haciendo las delicias de todos aquellos que se sueñan tan seductores como Hannibal y tan peligrosos como Ted Bundy.

El estereotipo del asesino serial moderno es tal vez uno de los dispositivos narrativos más eficaces y seductores de la cultura pop contemporánea, por lo que no resulta sorprendente que el director danés Lars von Trier utilice precisamente esa figura discursiva para burlarse del establishment cinematográfico, y de sí mismo, en The House That Jack Built: su más reciente largometraje, y tal vez el triunfo cinematográfico más evidente de su filmografía desde la menospreciada pero sublime Antichrist.

Inserto en la añeja tradición larsvontrieresca de dividir sus películas en capítulos, el filme narra la progresión emocional e ideológica de un asesino serial –estupendo Matt Dillon– a lo largo de cinco episodios iniciáticos que marcan diversos parteaguas en su prolífica cadaverografía. Episodios que le sirven a Von Trier para exhibir el verdadero núcleo teórico del filme: un manifiesto artístico donde el director danés habla a través de su monstruo, para pintar un autorretrato ideológico que encumbra a la muerte como el cenit de la expresión artística. Una muerte que en su interior oculta el placer por la destrucción de lo sagrado (la vida) y que se sublima y trasciende mediante un violento acto creador/destructor (el homicidio). No es de sorprender que el psicópata de Lars sea, a diferencia del arquetipo hollywoodense, un hombre asexual que incluso se antoja impotente. Su erotismo es del cuerpo pero no es humano. Su erotismo es puramente intelectual: la fantasía de la destrucción corporal; la fantasía de la destrucción de la belleza.

Es atípico y francamente gozoso ver a un cineasta haciendo lo que le da la gana sin el más mínimo recato y sin la más mínima condescendencia por el espectador. A lo largo de dos horas y media Von Trier presenta un filme casi onanista en el que conversa consigo mismo, enfrentando su lado más monstruoso (Jack) con su antítesis cerebral (el magnífico Bruno Ganz en la piel de Virgilio: guía espiritual de Jack, autor de la Eneida y monstruólogo por excelencia) en una exposición de motivos que durante sus momentos más narcisistas nunca deja de ser interesante, y en sus momentos más inspirados exhibe una lucidez crítica y estética abrumadora.

A través de los cinco episodios y el demencial epílogo (qué huevos de meter ese epílogo tan al límite de lo kitsch, la verdad, mis respetos) que componen The House That Jack Built, el fotógrafo chileno Manuel Alberto Claro juega con todas las cartas estéticas posibles, desde la cámara en mano al más puro estilo Dogma, hasta la hiperestilización de los retablos plásticos en cámara lenta que han adornado las últimas películas del director danés, para conseguir un filme estéticamente notable, en el que se intercala con frenetismo la búsqueda intencionada de la toma desagradable –véase el alucinante descenso punk a los infiernos con una toma que casi parece sacada de una GoPro– con auténticos portentos de composición –véase toda la secuencia de la infancia de Jack, o los diversos retablos cadavéricos.

Pieza mayor de cine que confronta con valentía y brillantez a los detractores de Von Trier, The House That Jack Built presenta en partes iguales a su autor como visionario, pero también como un payaso autoconsciente y orgulloso de su histrionismo irrestricto; un hombre que acepta y expone de frente sus inconsistencias, mientras ironiza sobre la incongruencia de los fetiches perpetuadores de violencia arraigados en aquellos que se presumen políticamente correctos, y por si fuera poco, tomándose además la licencia de hacerlos reír con todos aquellos tópicos que en tiempos recientes se han intentado prohibir de las rutinas humorísticas –véase el chiste del niño muerto o los numerosos elementos cómico-misóginos.

Lars gana este nuevo asalto de la forma en que mejor sabe hacerlo: provocando y manipulando a su audiencia. Y, nos guste o no, con esta comedia renegrida el maldito tocó la flauta, y nosotros bailamos justo como él quería que lo hiciéramos. Respect.

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