miércoles, 19 de diciembre de 2018

Beoning (Burning) (2018)

Nunca he conectado con la literatura de Haruki Murakami. Dos veces caí en sus garras y dos veces me encontré con narrativas acarameladas que se esforzaban demasiado en fingir la complejidad emotiva que a los grandes escritores les es innata. Tal vez tuve mala suerte y el talento del escritor asiático radica en las obras que no le he leído, pero ni modo, la vida es demasiado corta para terceras oportunidades. Digo todo esto porque cuando me enteré de que la nueva película del extraordinario director coreano Chang-dong Lee, con la que reaparecía tras ocho años de inactividad, era la adaptación de una historia corta de Murakami, sentí cierto pesar. Por fortuna tiempo después mi emoción renació al ver la euforia desatada por Burning en el festival de Cannes, y recordé el viejo adagio que reza: un buen guión en manos de un mal director está perdido, mientras que un mal guión en manos de un gran director puede ser extraordinario.

Un joven coreano desempleado se reencuentra con una conocida de su infancia en un despliegue de casualidad (qué bello ese plano secuencia inicial), y a pesar de no recordarla establece de inmediato una potente relación sentimental con ella. La chica, una bailarina que vive de amenizar eventos publicitarios, decide irse a África unas semanas y al volver regresa de la mano de un misterioso bon vivant que adopta como mascotas a los dos protagonistas, insertándolos en el elevado círculo social del barrio de Gangnam. Sin embargo, el interés del risueño joven acaudalado por procurar la amistad de los dos chicos desposeídos se tornará cada vez más siniestro conforme avanza el metraje.

Burning es un claro ejemplo de por qué Chang-dong Lee no ha tenido el mismo éxito internacional que sus compatriotas Chan-wok Park, o Joon-ho Bong, a pesar de tener un talento equiparable. Su completo desdén por las reglas narrativas del thriller tradicional convierten al filme en un producto dificilmente vendible o clasificable: un metraje de dos horas y media que durante noventa minutos construye una delicada historia de amor, para luego mutarla de golpe en un desbordante thriller perfectamente ejecutado. Dos secciones fílmicas muy marcadas que incluso podrían funcionar de forma independiente, pero que en su conjunto devienen en un producto prácticamente invendible en una era (la era NETFLIX) en la que el espectador se niega a ver algo que tarde más de veinte minutos en arrancar con potencia, o cuando menos en definir sus objetivos con claridad.

Por fortuna, la libertad creativa de Chang-dong se sostiene a pesar de todo para entregarnos una película que, aunque adolece de ciertos manierismos melcochosos muy propios de Murakami –véase la secuencia de la luz que entra por la ventana durante el encuentro sexual, o la de esa forzadísima danza a ritmo de jazz en la granja– consigue construir, sobre todo en la segunda mitad del filme, una sutil atmósfera ominosa que se espesa con cada minuto de metraje, hasta eventualmente estallar en una magnífica catarsis final muy propia del canon coreano.

Notables resultan la fotografía de Kyung-pyo Hong (habitual colaborador de Joon-ho Bong), cuyo dominio de cámara le permite lucirse en un par de planos secuencia fantásticos, y la banda sonora de Mowg, que en todo momento contribuye a la perenne noción de que, a pesar de la contención emocional que manifiestan los personajes del filme, el desastre está a la vuelta de la esquina.

Burning podría resumirse como un thriller sobre el desaforado desprecio por la humanidad que la lucha de clases ha engendrado en los estratos más altos de la sociedad, sin embargo, en sus cimientos es también un relato sobre la profunda soledad de los núcleos urbanos modernos. Soledad engendrada por una apatía vital que golpea a ricos y pobres por igual, y que se alimenta de las exhaustivas dinámicas de trabajo, de la sobredosis de impulsos tecnológicos, y del obsesivo anhelo por llegar a ser alguien en la vida. El protagonista del filme desea todo lo que su rico compañero ostenta, sin embargo, el rico, al no poder desear nada más, lo único que anhela es incinerarlo todo. La autodestrucción como última meta vital del ser humano es la filosofía de esta opus que confirma lo que ya sabíamos, Chang-dong Lee es uno de los grandes.

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