jueves, 13 de diciembre de 2018

First Reformed (2018)

La fe en su acepción de diálogo interminable con el silencio de un ser supremo me resulta incomprensible, pero a pesar de ello sería estúpido negar la utilidad de los mecanismos de consuelo emocional que derivan de ese personal ejercicio místico. Estamos solos, y en ese diálogo interno, ya sea con una deidad o con nosotros mismos, radica el último mecanismo de defensa contra las adversidades de la vida y contra nuestra abrumadora soledad humana.

Paul Schrader es un docto de la soledad. Su pluma ha dibujado las mentes de algunos de los solitarios más renombrados del cine estadounidense. ¿Cómo arrancar de la memoria el inexpugnable vacío existencial de Travis Bickle después de ver Taxi Driver, o el de Jake La Motta después de ver Raging Bull, o el de esa reinvención de Yukio Mishima con su belleza suicida? Es por esto que sus guiones y su cine no son de fácil digestión: el espejo que Schrader suele presentar frente a nosotros es desagradable y agresivo, pero de una franqueza ineludible. Por fortuna para sus adeptos, y para el cine en general, First Reformed, su más reciente esfuerzo guionístico y directorial, no sólo es una de las mejores cintas de su filmografía, sino también una de las películas más sobresalientes del año.

Doscientos cincuenta años cumple la iglesia reformada neoyorquina de Snowbridge, y el festejo del aniversario se anuncia con bombo y platillo como uno de los eventos más importantes de la pequeña comunidad circundante. La organización corre a cargo de Ernst Toller –Ethan Hawke en el que tal vez sea el papel más memorable de su carrera– un hombre solitario que tras perder a su único hijo en el conflicto bélico de Irak, y posteriormente su matrimonio como consecuencia de la tragedia, decide refugiarse en el último reducto de cordura que le queda: su fe; asumiendo el cargo de rector de la pequeña iglesia centenaria, e invirtiendo sus ratos libres en la alcohólica escritura de un diario donde se vacía a sí mismo noche tras noche.

El atormentado personaje protagónico, que no es otra cosa que un autorretrato fragmentado del propio Paul Schrader, funciona como un vehículo tanto del proceso creativo del director estadounidense (célebre por su método de escritura botella en mano) como de su desesperanzadora visión de los mecanismos sociopolíticos del mundo contemporáneo. Dicotomía que se representa mediante la meticulosa rutina literaria del protagonista, en donde sus sueños y anhelos se entremezclan de forma indistinguible con la realidad, y mediante el encuentro de éste con un activista ecológico propenso al terrorismo.

Guionista impecable que en esta ocasión nos demuestra el nivel de su virtuosismo narrativo, Schrader combina su pericia para crear diálogos brillantes con un tratamiento estético de insondables delicadezas, cortesía de la lente del joven pero efectivo Alexander Dynan, y de la habilidad del propio Schrader, que en conjunto con Dynan compone una serie de momentos oníricos y epifánicos que juegan con la fe del protagonista, pero también con la fe del espectador, que por momentos ignora si lo que está viendo en pantalla es real o solamente la proyección interna de una mente al borde del colapso.

Elegía de los ideales del mundo occidental, la narrativa de First Reformed es un lodazal de desesperanza, en el que un puñado de soñadores se debaten inútilmente por mantenerse a flote. El sacerdote, que lidia con las tragedias de sus bien intencionadas decisiones se convierte en una especie de moderno Nazarín, cuya psique, encaminada a la bondad, se fractura por el inevitable fracaso del mundo, un fracaso que él hace suyo, y que confirma a través de la destrucción de todos los ideales que lo rodean. El lodo es demasiado espeso y profundo. Los personajes de Schrader lo saben, pero aún así patalean, gritan y se impulsan, para finalmente hundirse al menos de la forma más bella posible, en una teatralidad espectacular pero inconsecuente. Maldito Schrader, me rompiste el corazón.

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