lunes, 18 de febrero de 2019

Green Book (2018)

Existen dos formas de abordar el tema del racismo en una película: como si este fuera un problema vigente, o como si se tratara de un conflicto que ha quedado ya en el pasado. Los filmes que muestran al racismo como un problema vigente, si se ejecutan con inteligencia, resultan incómodos no sólo porque nos enfrentan a la pizzería incendiada de Do the Right Thing, a los dientes en la acera de American History X, o a la danza del ahorcado en 12 Years A Slave, sino porque además exhiben al espectador como parte activa de esos mecanismos que eventualmente devienen en actos de espeluznante violencia. Por el contrario, las cintas que analizan al racismo desde la ingenuidad moral de aquel que contempla la lucha de Martin Luther King como un evento del pasado, suelen ser cómodos, divertidos, y además le transmiten al espectador la paz emocional de pensar que aquellos conflictos han quedado saldados a través de símbolos políticos como la abolición de la esclavitud, o la erradicación de los asientos para negros en los autobuses. "¡Qué mal estaban los negros hace cincuenta años!", exclama el espectador mientras observa cómo el talentoso músico afroamericano, doctor en filosofía y artes litúrgicas, Don Shirley, se enfrenta a un mesero que no quiere darle mesa en un selecto restaurante sólo por el color de su piel. "¡Menos mal que ya estamos en el siglo XXI!" exclamará cuando la película concluya con un fraterno abrazo entre negros y blancos. Sí, por desgracia Green Book es esa película.

Peter Farrelly, director de obras como Dumb and Dumber o Me, Myself and Irene, se pone serio y aleccionador en Green Book, la más reciente fantasía racial feel-good-hollywoodense que adapta los dos meses de relación amistosa que sostuvieron el legendario músico afroamericano Don Shirley y su chofer –un racista furibundo que SPOILER ALERT aprenderá que el racismo es malo– durante la gira que el músico emprendió en los estados sureños de Estados Unidos a principios de la década de los sesenta.

Descaradamente diseñada para colgarse de alguna estatuilla dorada, Green Book fundamenta su narrativa en torno a una acaramelada fantasía que funciona como un greatest hits de los clichés del racismo en el cine estadounidense. Clichés que van desde el imprescindible racista converso hasta la exhibición del catálogo de prohibiciones que sufría la negritud afroamericana –cuantimás si, como en este caso, el afroamericano era homosexual– mediante las que se nulificaban sus derechos humanos esenciales. Prácticas tremendas que, por fortuna, ya no existen porque vivimos en el siglo XXI. ¡Fiuf!

Es precisamente por lo anterior que el éxito de Green Book es completamente entendible. Su probada estructura formulaica, su ágil narrativa, su balanceado melodrama, y su compendio de grandes histriones, dan como resultado un producto que no es otra cosa sino la definición de entretenimiento hollywoodense de calidad: una película cuyo objetivo primordial es complacer emocionalmente al espectador, y al mismo tiempo dejarlo con la sensación de que el filme es importante porque le ha descubierto una verdad ante la que había sido omiso toda su vida: que todos somos iguales ante los ojitos de Dios.

Poco más puede decirse de esta pieza de cine: una producción impecable; un tratamiento estético y musical que, supeditado a la historia, busca quedar en segundo plano; dos actores protagónicos de peso que funcionan bien en sus roles; y una historia que Farrelly nos permite descifrar por completo  en los primeros diez minutos de metraje para regalarnos tranquilidad y seguridad durante las dos horas restantes. Hollywood: es por esto que eres un monstruo invencible.

Por cierto, después de verla ya no se van a cruzar la calle cuando vean a un negro de dos metros caminando hacia ustedes. Ya estamos todos curados. ¿O no?

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