sábado, 2 de febrero de 2019

Isle of Dogs (2018)

Concebir un hito artístico no es cosa fácil, en primer lugar porque la celebridad en el mundo del arte está reservada para unos cuantos afortunados que combinan talento con suerte, y en segundo lugar porque continuar una carrera de creación artística tras la elaboración de un producto icónico e “insuperable”, viene de la mano precisamente con el terror de no poder superar esa obra celebrada de forma superlativa por el mundo. ¿Cómo pudo Rachmaninov seguir componiendo música tras su segundo concierto? ¿Cómo pudo Picasso seguir adelante después de pintar el Guernica? ¿Cómo puede Wes Anderson continuar su carrera una vez filmada The Grand Budapest Hotel: esa obra definitiva con la que finalmente sublimó las claves de su estilo neurótico y obsesionado por los detalles, mediante una historia que se ejecuta a partir de un planteamiento argumental brillante y desde la más entrañable delicadeza humorística? La respuesta es: tomando un respiro y aprendiendo a fracasar de nuevo.

Isle of Dogs, el anticipado regreso de Wes Anderson a la creación fílmica es una espectacular muestra de músculo estilístico, pero sobre todo presupuestal (65 millones de dólares que representan casi tres veces el presupuesto de The Grand Budapest Hotel). La historia, que sigue las aventuras de un chico que busca encontrar a su mascota en un Japón distópico donde los perros han sido declarados amenazas a la salud pública tras la aparición de una misteriosa gripe canina, reúne a lo largo de su metraje todas las capacidades neuróticas de Anderson: cada traje, cada personaje, cada set del filme es diseñado con la meticulosidad de un obsesivo patológico, y el resultado es, por decir lo menos, espectacular.

El problema radica en que Anderson intenta aplicar ese mismo barroquismo estético a su historia, multiplicando de forma caótica personajes, anécdotas y motivos, hasta volver completamente inviable la exposición de estos en apenas hora y media de metraje. El resultado es un filme que se percibe necio en su incapacidad de editar su historia, y que combate esa necedad con diálogos de metralleta que se emiten de la forma más antinatural posible, con la intención de rellenar los huecos argumentales que de todas formas abundan en un planteamiento narrativo que se resuelve con torpeza y premura en un clímax de cuatro minutos.

¿Vale la pena celebrar el atractivo maremagnum de superestrellas que pueblan la cinta? Tal vez sólo la inconfundible aparición de Harvey Keitel, y las mínimas pero hilarantes intervenciones de Jeff Goldblum sean dignas de mención en este guión obsesionado con tocarse en fast forward, cuya historia, maquillada por la hiperestilización visual de cada una de sus secuencias, está muy alejada de la calidad emotiva presente en los mejores trabajos del director de The Royal Tenenbaums.

Poco más puede decirse de este ejercicio inconsecuente, mas allá de reconocer que los interludios animados en la carrera de Anderson han servido como pequeños trozos de tofu diseñados para limpiar el paladar de los espectadores frente a un cambio de dirección creativa. Así ocurrió cuando la fallida Fantastic Mr. Fox cerró el ciclo “familiar” de la primera etapa de la filmografía de Anderson. Sólo espero que lo que nos depare el futuro andersoniano tras este nuevo tofu hermoso pero insípido valga la pena.
 

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