martes, 19 de marzo de 2019

Leaving Neverland (2019)

Todo se consume en dinero,
el dinerodinerodinerodinerodinero
aprende algo, dinero.
–MC Dinero

Sin afán de herir sensibilidades pienso en las que a mi parecer son dos grandes ingenuidades del hombre moderno: creer en la existencia de un dios, y creer en la existencia de la verdad. La creencia en un dios o Dios (con mayúscula) es debatible, y la discusión inevitablemente desemboca en ese salto de fe irresoluble pero al mismo tiempo también irrefutable con el que los feligreses pueden siempre dar jaque mate a cualquier ateo necio (como yo). Por el contrario, la inexistencia de la verdad como paradigma absoluto es más fácilmente comprobable y evidente, ya que en su carácter histórico la verdad ha sido siempre la síntesis del pensamiento vencedor; la reinterpretación de un pasado objetivo a través de los filtros de una humanidad biológicamente imposibilitada para mostrarse objetiva. La verdad depurada en los libros de historia, en los periódicos, y en las revistas de chismes del corazón muta a conveniencia de aquel que la narra, y a conveniencia del régimen político y social que la esgrime. Ignoro si Dios ha muerto, pero la verdad, esa sí, nunca ha existido.

Es por lo anterior que resulta ingenuo catalogar al ahora tan popular género documental como un bastión mediático de la verdad, ya que es precisamente este género cinematográfico uno de los más propensos a cargar ideologías, agendas e intereses adoctrinadores, que buscan (en el mejor de los casos) doblar y maquillar la verdad para hacerla más interesante, más escandalosa, y por ende más vendible –véase como ejemplo el amplísimo catálogo de documentales extravagantes que acaparan buena parte de los clics de NETFLIX.

¿Hay acaso alguien que crea genuinamente que Leaving Neverland, el más reciente documental de HBO sobre las tropelías de Michael Jackson fue filmado, producido y editado con el fin de hacer justicia a las decenas o centenas de niños supuestamente abusados por el otrora rey del pop? (Inserte aquí sonido de caja registradora abriéndose). Y digo esto no porque sea partidario de un personaje que genuinamente creo abusó con flagrancia de un sinfín de adolescentes y niños. Digo esto para que no olvidemos que siempre se debe abordar un producto mediático con la suspicacia del que asume que todo puede ser falso, y con el conocimiento de que la edición, la música, y la atmósfera de un documental son capaces de villanizar o canonizar superficialmente a cualquiera. Debemos aprender a leer entre líneas lo que se presenta en pantalla, recordando el hecho incontestable de que todo, absolutamente todo, es un negocio.

Desde el estreno de Leaving Neverland en el festival de Sundance, el escándalo planeado y fomentado por HBO se desarrolló a pedir de boca: proyectado con la presencia de psicólogos en el lobby del cine para atender a todos los que resultaran "afectados emocionalmente" por el detallado relato de Wade Robson y James Safechuck –dos adultos que veinte años después deciden contar absolutamente todo sobre su relación con Michael Jackson– la película se convirtió rápidamente en el suceso más publicitado del festival, gracias a una oleada de comentarios en redes sociales que se escandalizaban por la violencia narrativa del filme, y por el hecho de que ahora sí, ahora sí, ahoooora sí, nos encontrábamos frente a la prueba definitiva de la culpabilidad de Jackson. Sin embargo, las cuatro horas que componen la cinta son interesantes precisamente por todo lo contrario.

Una vez concluidos los demoledores testimonios de esos dos hombres radicalmente diferentes entre sí –un niño imitador de Jackson cuya vida se destruye tras el encuentro con el ídolo, y un niño bailarín cuya vida de éxitos profesionales se desprende precisamente de su abuso– que se suben a la máquina del tiempo para detallar con lujo de detalle caricias, masturbaciones, penetraciones y eyaculaciones junto al que en ese entonces era considerado por el público en general como el mayor aliado y benefactor infantil del siglo XX, lo único sobre lo que se puede reflexionar con algo de certeza es sobre el poder casi omnipotente del dinero, sobre el seductor espejismo de la fama, y sobre la estupidez, rayana en lo criminal, de los padres de esos niños violentados que fueron utilizados, al igual que otros actores y celebridades infantiles, como vulgares monedas de cambio.

¿Hay acaso alguna otra razón para que estos testimonios salgan a la luz más allá de la oportunidad monetaria de hacer un documental exitoso/escandaloso, y al mismo tiempo revivir las demandas que ambos personajes interpusieron y perdieron contra el patrimonio de Jackson porque... ups... defendieron en un juicio a su agresor años atrás bajo juramento de decir verdad? Lo dudo. Y al final del día ese es precisamente el gran problema del documental, ya que detrás de ese fascinante retrato de un pedófilo que es capaz de seducir sistemáticamente a los padres de sus víctimas para luego asumir con cada niño el rol de padre, amante y compañero de juegos (tremendo, sí), yace la sensación de que la narración de esos dos personajes no sólo es inútil –¿sirve de algo escupirle a un cadáver?– sino que además está motivada precisamente por la misma razón por la que sus padres los encamaron con un monstruo: dinero. La cloaca social destapada en todo su esplendor durante cuatro horas. En fin... véanlo.


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