lunes, 8 de abril de 2019

Alucarda (1977)

Incipiente en algunas décadas e inexistente en otras, el cine mexicano de terror ha forjado sus más grandes éxitos con la valentía de algunos ¿genios? que, haciendo gala de necedad y locura, se atrevieron a jugar con un género casi prohibido en la tradición cinematográfica de un país cuyas cartas fuertes siempre han sido los melodramas desgarradores y la comedia. Es por esto que no sorprende que algunos de los esfuerzos más legendarios dentro del horror mexicano sean combinaciones, hasta cierto punto exitosas, de terror con comedia y acción –véase la descomunal avalancha de películas en las que El Santo enfrenta a monstruos/momias/vampiros, o la interminable saga de cintas de horror protagonizadas por cómicos de la talla de Capulina, Tin-Tán, Chabelo, etc.

La exitosa muletilla de utilizar al horror como un vehículo del humor, o como un accesorio para cimentar la leyenda de los grandes héroes de acción mexicanos, devino en la poca presencia de autores que buscaran explorar al terror como un género serio. Nombres casi olvidados como los de Carlos Enrique Taboada, Fernando Méndez o Juan López Moctezuma, pavimentaron el camino para autores contemporáneos como Jorge Michel Grau, Isaac Ezban, y Guillermo del Toro, que hoy se celebran como puntas de lanza del revival del horror mexicano moderno.

Maldito entre los malditos, tal vez sea Juan López Moctezuma el cineasta de horror más apasionado que haya dado México en toda su historia. Director, actor y locutor, López Moctezuma tuvo una vida intensa y azarosa que lo llevó a pasar sus últimos días internado en un hospital psiquiátrico –véase el delirante documental Alucardos, retrato de un vampiro– pero que también lo llevó a filmar la que tal vez sea la película de terror más aventurada, valiente, innovadora y aguerrida de la historia del cine mexicano: Alucarda.

Remix anómalo de las influencias estéticas que López Moctezuma adquirió mientras trabajaba con Alejandro Jodorowsky en Fando y Lis, y posteriormente en El topo, Alucarda es un filme que antes que nada confía en la riqueza de su semiótica y en la potencia de su intencionalidad visual, para construir una magnífica serie de impactos estéticos que se hilan a través de una historia que funciona como una audaz mezcla entre la Carrie de Brian de Palma, la magistral The Devils, de Ken Russell, y la hipersensual Vampyros Lesbos de Jess Franco.

Dos adolescentes se conocen en un orfanato regido por monjas. La primera, Justine (el paradigma de Sade) es la inocencia encarnada, y la segunda, Alucarda, es el arquetipo de la sensualidad irrestricta que habita en cada rincón de la naturaleza. Ambas forjan una amistad indestructible que eventualmente, gracias al descubrimiento sexual de las dos protagonistas, se transforma en un amor blasfemo que las monjas y la iglesia tratarán de suprimir con la violencia característica de la represión religiosa católica.

López Moctezuma crea una atmósfera profundamente opresiva y violenta, exhibiendo a la religión católica como un culto decadente centrado en la manipulación mental y en la represión fascistoide de los sentidos, mientras que los villanos blasfemos de la religión terminan mostrándose como verdaderos héroes humanistas que buscan, de la forma más revolucionaria y radical posible (¿qué es un vampiro sino el máximo sibarita de los sentidos?) llevar el placer corporal hasta sus últimas consecuencias. Todo esto aderezado con las impecables actuaciones de Claudio Brook en el doble papel de gitano/médico ateo, y de la ahora legendaria Tina Romero, en ese papel protagónico que más que vampira o telépata es de gloriosa madre naturaleza.

El resultado es una película que, a pesar de estar construida sobre retazos de algunas de las cintas más icónicas del horror setentero, consigue generar una identidad y un estilo propios que, como suele ocurrir con los filmes adelantados a su época y a la sociedad en la que se producen, al momento de su estreno dieron como resultado un moderado escándalo (la cinta tenía "viejas encueradas y lesbianismo"), para luego desaparecer con rapidez en el olvido. Por fortuna la vida latente que tuvo como película de culto y la posterior revalorización que en años recientes se hizo de su metraje gracias a elogios de cineastas como Guillermo del Toro, y a las reseñas de críticos estadounidenses que se enfrentaron a ella por primera vez, ha impulsado el estatus de la película como filme mexicano indispensable.

En fin, tal vez no sea demasiado tarde para correr a la tumba de Juan López Moctezuma y decirle que no todo fue en vano.


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