lunes, 5 de agosto de 2019

La casa lobo (2018)

Partamos de un hecho incontestable: la libertad absoluta de pensamiento, entendida como el proceso racional que se ejerce sin influencias externas al individuo, no existe. A lo largo de la vida un vasto cúmulo de ideologías personales y colectivas moldean nuestra forma de entender al mundo, y por tanto nuestra identidad, así como nuestra "libertad" intelectual, son producto de un sinfín de coerciones a veces flagrantes y a veces sutiles que nos definen sin siquiera darnos cuenta. Sin embargo, esa ilusión de libertad intelectual se reduce a su mínima expresión en las sociedades que construyen la defensa de su cultura a través del autoritarismo, y a través del castigo de cualquier manifestación intelectual que se oponga al discurso social imperante. Resulta ingenuo asumirnos libres, pero aún en la esclavitud existen niveles, y la esclavitud del fascismo es absoluta.

Anclada en ese imaginario terrorífico que caracteriza a la tradición clásica de los buenos cuentos infantiles, La casa lobo es un ejercicio fílmico de virtudes insondables tanto en fondo como en forma, que se vale de la animación cuadro por cuadro para introducir al espectador en la psique de una niña que huye de una colonia alemana agrícola ubicada al sur de Chile, para evitar el castigo por haber perdido a dos pequeños cerdos que estaban a su cargo.

La premisa no sonaría tan mal de no ser porque la aislada colonia de la que escapa la protagonista es la infame Colonia dignidad, un enclave alemán que se fundó después de la Segunda guerra mundial, y que se hizo famoso por haber funcionado como campo de torturas durante el golpe de estado de Pinochet, y por haberse fundado bajo el mando de Paul Schäfer, un fanático del nazismo que en el año 2006 fue sentenciado a 33 años de prisión por abusar sistemáticamente de los niños de la comunidad, que hasta ese momento había permanecido completamente aislada del resto de la sociedad chilena al más puro estilo de una secta religiosa.

Partiendo de esa atmósfera infantil ominosa, los directores León Cristóbal y Joaquín Cociña elaboran un filme que en gran medida reinventa las posibilidades del stop motion, utilizando como único set una pequeña cabaña en cuyas paredes se anima, a veces con delicadeza pincelar y otras con aterradora brocha gorda, el delirio de una niña horrorizada que intenta escapar de una violenta ideología social, materializada en la forma de un lobo que asedia la cabaña donde la pequeña ha conseguido refugiarse junto a los dos cerditos que había perdido.

Hipnótica en cuanto al virtuosismo de su planteamiento estético, que se construye a partir de un gigantesco plano secuencia cuya evolución parte de la bidimensionalidad de los muros de la cabaña, para terminar en la grotesca tridimensionalidad de unos personajes que mutan constantemente desde el más glorioso horror corporal, La casa lobo podría funcionar como una abstracción fílmica digna de las paredes de un museo, sin embargo, el asombro estético se complementa con el perturbador desarrollo emocional de la infantil protagonista, que a través de un perene flujo de conciencia entremezclado con vistosos destellos de imaginación, expone la maquinaria de valores sobre la que se fundamenta la sociedad de la que intenta escapar, evidenciando a través de su neurosis los estragos psíquicos que devienen de una sociedad que ha eliminado cualquier atisbo de libertad individual, y que procura la cohesión de sus ciudadanos mediante uno de los elementos de control más antiguos y efectivos de la historia: el terror.

Perturbador dispositivo de horror social, La casa lobo es una cinta que hiere al espectador a través de un planteamiento semiótico que, aún si no se consigue descifrar por completo, transmite en sus imágenes una crudeza por momentos casi insoportable. La crudeza asociada al terrible e ineludible destino de María, que anhela escapar pero en el fondo sabe que no puede, porque es una niña, y la niña está en la casa, la casa está en el bosque, el bosque está en el mundo, y el mundo es la boca del lobo.

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